La Costa

El extraño y lamentable caso de los supositorios asesinos

El extraño y lamentable caso de los supositorios asesinos

El extraño y lamentable caso de los supositorios asesinos

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Cristian Antonio Cooz

Todo comenzó el pasado mes de marzo cuando un adinerado hombre de negocios conocido como "Trino", de 50 años, empezó a sentir fuertes dolores abdominales mientras se encontraba en su empresa ubicada en la Zona Industrial Carabobo. 

Fue tan intenso el dolor, que lo trasladaron a una clínica privada. Los médicos lo diagnosticaron con "abdomen agudo" o algo así. Lo que quería decir que tenía contracción de los músculos abdominales que le impedían moverse,  comer o evacuar. Pero aún estaban estudiando las causas de la afección. 

Mientras estaba en observación, fue visitado por muchas personas. Pero los más viles eran la hija, el hijo y la esposa, quienes comentaban sin tapujos: "cuando el viejo se pele, me voy con mis amigas a París", "nomás estire la pata ese HDP, me largo a Miami", "me lo he calado todos estos años, pero ahora me voy a vivir a Praga".

Hienas venenosas

Por otra parte, arrinconados en una esquina, estaban Pablo y Chúo, los dos hermanastros septuagenarios de Trino. Los únicos que no celebraban como lo hacían "las hienas venenosas" de sus hijos y su mujer. 

Estos hermanastros habían venido desde los confines de su finca en el estado Apure, de donde salió el mismo Trino para ahora ser lo que era. La malvada mujer y los malos hijos de Trino les habían permitido estar ahí porque no iban a pedir nada de la herencia, pero si lo hacían, "iban a destrozarlos". Parecían ser los únicos que estaban ahí de manera desinteresada. 

Pronto llegó otra actriz en aquel drama. Era Blanca, la amante de Trino, la más despreciada por "las hienas", pero contra quien nada podían hacer, dado que en salud, Trino les había amenazado con dejarle todo a ella si la acosaban. Hasta aquí, esto no podría haber pasado de ser más que un mero "culebrón mexicano", de no haber sido porque la tragedia y la muerte también estaban en la sala de espera. 

La primera noche todo mundo se fue a dormir, excepto los hermanastros de Trino. Ellos, muy preocupados, vieron toda la noche entrar y salir enfermeras de la habitación del paciente. A la mañana siguiente les informaron que Trino había muerto.

La malvada alegría de las hienas contrastaba con el aparente dolor de los hermanastros. Todo habría quedado sepultado en la tumba de Trino, de no haber sido porque estos últimos se fueron a la delegación del Cicpc e interpusieron una denuncia, ¡por asesinato!

Una averiguaciónde muerte

Habiéndose puesto de ese color las cosas, los agentes para casos especiales del Cicpc Carlos Salinas y Mario Pinto fueron asignados a la investigación. Lo primero que hicieron fue interrogar a los familiares y la mayoría de los sospechosos (que presuntamente eran todos) no hacían el más mínimo esfuerzo por aparentar dolor. Lo único que les importaba era el testamento. 

La esposa obtendría 50 millones de dólares, un yate, una avioneta y varias propiedades en Venezuela, EE.UU. y la República Checa. La hija y el hijo, 30 millones cada uno, edificios en Chichiriviche y otras propiedades que incluían hoteles en Panamá. La amante solo recibiría un automóvil Mazda "de paquete" y una quinta en una exclusiva urbanización del norte de Valencia. Los hermanastros Pablo y Chúo no recibirían nada. 

Basados en esa distribución de la riqueza, los agentes supieron que cualquiera pudo haber deseado asesinarlo. Aunque los dolientes estaban "atorados" por meter el cadáver tres metros bajo tierra, el cuerpo fue enviado al departamento de patología forense. Los análisis arrojaron la presencia de polvo de semillas de ricina en el estómago de la víctima, prueba irrefutable de que estaba siendo envenenado desde hacía días. Como también se consiguió polvo en el recto, se determinó que habían sido introducidas por esa vía. ¿Pero cómo?

Balas de supositorio

Entre los objetos que habían recogido los investigadores de la habitación del ahora fallecido, había una cajita de supositorios. Estaba en la repisa del baño y aún contenía un supositorio de glicerina con forma de ojiva y del tamaño y forma aproximado de una bala de 9 mm. Al ser analizado, mostró estar impregnado de un polvo blanco inodoro. Era la venenosa ricina. Los médicos no habían prescrito estos supositorios de glicerina al paciente, pero aun así, alguien se los había colocado. 

La cajita también estaba impregnada de una mancha aceitosa, que los expertos determinaron estaba formada por aceite vegetal comestible, restos de harina de maíz amarillo, sal, algo de azúcar y queso. ¡Una mezcla para empanadas! 

Entre los sospechosos, la única que se ganaba la vida haciendo empanadas era Blanca, la amante de Trino. Al ser interrogada, se negó. Pero al aclararle que al secarse la mancha grasienta en la cajita de supositorios envenenados su huella había quedado estampada, se desplomó y contó la verdad.  

Trino iba a dejarla y para despacharla, le depositó 100 mil bolívares a su cuenta. Le dijo que cuando muriera, en su testamento le iba a dejar un carro del año (podían pasar muchos años) y una quinta, pero el resto era para su familia, pese a que no sirvieran para nada.

Blanca se tragó su indignación y fingió que aceptaba, pero comenzó a planear su muerte. Encargó el polvo de ricina a unos delincuentes que tenían contactos fronterizos y al tenerlo en sus manos no dudó en usarlo. 

Luego, al saber que Trino estaba moribundo, fue a visitarlo. Le dijo al oído que ésa era su venganza por haberla despreciado y "que ahora quería la quinta y el carro que dijo en su testamento". 

Blanca pagó 10 mil bolívares a una enfermera para que pusiera los supositorios al paciente. La mujer primero se negó, porque eso no lo había prescrito el médico. Blanca le rogó, "pues eso no le haría daño" y que era para que evacuara, dado que le dolía verlo sufrir mientras esos tiburones de la familia gozaban. Sea por compasión o por los 10 mil, la enfermera le puso los supositorios a Trino y en su susto, abandonó la cajita en la repisa del baño con la mortal prueba de ricina. Todo habría salido bien para Blanca, si no hubiera sido por las sospechas de los espíritus sencillos de los hermanastros de Trino, quienes volvieron a Apure solo con el dolor de haber perdido a su hermano. Caso resuelto.