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Margarita: aeternitas

Marisol Pradas (Especial/Notitarde)

Margarita: aeternitas

Marisol Pradas

La isla de Margarita mágica, no lo ha dejado de ser. Pese a todas sus circunstancias y todas las polémicas desatadas en las redes, defensores y detractores, saben que allí se aprieta la luna y se dispara el sol.

La libertad de recorrerla en dos ruedas, fungida de salitre, mañana, tarde y noche temprana, hizo sentir el pellizco de un hechizo, de saber que el tiempo no existe, que las pesadillas pasan y los sueños se reencarnan en donde se quiera.

Las colas son interminables, la distribución de los alimentos precarias porque los ferrys son escasos y todo se aglutina en lugares en los que se concentran personas -las largas filas, las temibles, las que asustan- desde dentro y desde fuera, con todo su alrededor estrambótico, la aceptación y la negación, río por igual de inexactitudes.

Pero los margariteños tienen una esencia maravillosa. Solidaridad extraordinaria. A veces se come porque la vecina te da de comer. Así de sencillo. A veces ellos comen porque alguno, así no más, dio algo con qué poder rellenar la arepa que llegó a la mesa porque, sin importar el precio del bachaquero, la masa une corazones y estomago, alrededor de un compartir.

Antes de las siete de la mañana por el valle de Pedro González, por esas playas placidas y encantadas, llegaron los pescadores cargados de sardinas. Impresiona la faena, todo un ritual. Llegan y acolchan las arenas de la orilla para poder dejar sus peñeros. Llevan los motores a lugar seguro, al igual que equipos especiales si los trasladan, y empieza la repartición. Primero se llenan los camiones cava que esperan pacientemente su llegada, y luego los pescadores regalan a quienes estén por el lugar, el valioso tesoro que han traído del calado.

El acto es de un desapego tan extraordinario que lo que queda es seguir amando esta tierra extraordinaria de hombres y mujeres capaces de compartir lo que también entienden se les da por la generosidad del mar y de la vida.

Ocurre en esta bien llamada Perla del Caribe, con sus montículos de tierra elevados en la que los guaiqueríes dejaron profundas comunicaciones ancestrales, el tiempo corre como la neblina de sal y viento; para arrancarlo y hacerlo desaparecer de un tajo. Esa liberación cuesta mucho de remontar porque la embriaguez de la aeternitas, sensibiliza la piel y la forma de entender el mundo.

El viento que se bebe a bordo de una moto permite también entender el lado más salvaje de la isla. Tienen fuego sus playas. Sus rincones son ceremoniosos y todavía se puede encontrar la magnificencia que me contó un chef argentino que repetirá estadía, según prometió, para el año que viene, porque estando en playa El Yaque, uno de los muchachos que trabajaba en uno de los restaurantes, lo invitó, a él y el grupo que lo acompañaba, a su casa el día que tenía libre, para brindarles langosta, paseo por La Restinga y una experiencia que jamás olvidará.

El salitre hace encantos prodigiosos y entona a las mujeres a hacer dulces que se van descubriendo en los pequeños anuncios que cuelgan en las fachadas de sus casitas, casi siempre iluminadas con la luz de la fe. La escasez del azúcar se ha vuelto un problema pero hay mucha inventiva alrededor de continuar con estas tradiciones que rompen el reino de la sal.

En cualquier rincón de Paraguachoa existe una verdadera devoción que une y ella es la Virgen del Valle. Desde la sencillez se venera y siempre hay un resguardo para ella: pequeñas capillas que revelan al mundo la gratitud y el amor, desde sus trajes, sus flores; manifestación sincera de la voz que abre la mar a través de las lanchas, que le cantan al cielo su amor por todo lo recibido, que es mucho, a través del tiempo.

Da gusto ver  tanto en las orillas de las playas como en las principales avenidas de La Asunción la adoración a la protectora neoespartana es factor de unión y querencias.

Lo idílico, desde luego, tiene el rudo contraste de un frenazo, no vamos a engañar a nadie. La fe y la dulzura de corazón pelean con las dificultades y esa sensación de carencias exacerbadas que se autoproclaman vencedoras ante la inoportuna circunstancia de depender de territorio firme.

Margarita es también para mí la reminiscencia de Chepina, una mujer cautiva de inocencia pura, que todos los días reza rosarios infinitos a los muertos, y camina rapidito como quien sabe que el espacio puede enredar sus planes de intentar vencerlo todo, con amor.

E-mail: mpradass@gmail.com