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Sábado, 25 de Mayo de 2013
18/07/2012 10:54:00 p.m.

La Venezuela que heredamos

“A mi hija la puse en un colegio en el Este de Caracas, para ver si la salvaba de los vicios” le comentaba un señor a mi yerno mientras le prestaba un servicio, “igual terminó consumiendo de vez en cuando drogas con las amigas, solo que empezó mas tarde”. En Caucaguita todo el mundo sabe como corre la droga y comentan que hay mujeres jóvenes que las meten temprano a las drogas, en ocasiones a cambio o como para que efectúen favores sexuales, las utilizan y abandonan cuando no sirven ya para nada, pasan a ser “las gorilas”, unas mujeres destruidas, adictas, despreciadas. Esta historia no es diferente de la que se vive en otras partes del país. Es una microhistoria que muestra una vez más la epidemia de descomposición social que lentamente ha tomado el país. ¿Cuál es la política social que necesita Venezuela para que este señor pueda dormir tranquilo pensando que su hija va a correr mejor suerte? Muchos opositores sostienen que probablemente entre las pocas virtudes de estos años es el haber puesto el tema social en primer plano. Puede ser. Sin embargo, lo cierto es que por más verborrea sobre la problemática social, la situación es anárquica y destructiva. Ante estas realidades no bastan las intervenciones tradicionales como son: la inclusión de acido fólico y el hierro en la nutrición, la calidad de la educación para enfrentar la deserción escolar, dar servicios de salud en buenos hospitales públicos o la “casa equipada”. No nos engañemos: la violencia diaria generalizada, la situación de las cárceles, la drogadicción epidémica de nuestros jóvenes, la desconfianza ante todas las instituciones y la descomposición social ciudadana, exigirán novedosos y audaces enfoques sociales. Por ejemplo, Simon Baron-Cohen, Profesor de Psicopatología social en Cambridge Inglaterra, sugiere en su reciente libro “La Ciencia de la Maldad”, la necesidad de entender que los criminales adolecen en muchas ocasiones de ausencia de empatía, es decir, sus circuitos cerebrales se conectan de forma tal que les es imposible ponerse en los zapatos de los demás, por ende no hay apreciación del dolor y la crueldad y por ello la mejor manera de tratar de rehabilitar a los delincuentes es a través de programas e iniciativas que faciliten el entendimiento de lo que sienten los demás, que aprendan a reconocer las emociones propias y ajenas para ejercer un juicio ético al discernir el bien del mal, insertarlos en vivencias comunitarias diferentes que les permitan comparar alternativas. Esto no es fácil, pero es posible.

Una intervención en el área social pasará por el reconocimiento de una sociedad muy deteriorada, abandonada, “usada” que cree que se la está comiendo. Esto requerirá añadir a las respuestas tradicionales en política social una dosis creativa utilizando el aporte a las políticas públicas de los últimos aportes en psicología social y neurobiología. Las “gorilas” necesitan esperanza.


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