A 72 años del Principito

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Redacción Internacional, 6 abril 2015.- Quienes hayan tenido la oportunidad de leer este gran libro deberían en primera instancia recordarlo y en segunda, recomendarlo. Leer es un hábito para muchos costoso, pero El Principito no se caracteriza por ser largo ni de léxico complejo.

Por el contrario, la obra de Antoine de Saint-Exupéry es simple en sus trazos. Destacando las características más puras de la infancia este autor, por siempre niño, nos lleva a recorrer siete planetas de la mano de uno de los protagonistas más misteriosos y encantadores que se hayan relatado.

Basta con leer la primera página para entender que el mundo que se nos presenta le escapa a lo lógico, a los porqués y a la razón. Entendemos al finalizar el primer capítulo que las matemáticas no son muy útiles a la hora de explicar el amor, la amistad o la decepción.

Considero que  uno de los encantos de este libro es el tratamiento de temas críticos de la cuestión humana tales como la soledad, el compañerismo y los padres, entre otros, abordados desde una perspectiva crítica, pero a la vez esperanzadora.

El viaje del piloto junto al Principito resulta atrapante desde que sus dos personalidades deciden ir al mismo ritmo. Con sus asperezas y diferencias, estos dos, serán amigos, padres e hijos en un camino que sin dudas les cambiaría la vida a ellos y a quienes hayan leído sus andanzas.

Como todo buen relato, el lector se puede identificar muy fácil. Sea con la inocencia, con el temor a la soledad o con la lucha hacia a los baobabs. Es que Saint-Exupéry trata cicatrices que puede tener cualquiera de una forma tan desnuda y honesta que resulta imposible no  llegar al punto de reflexionar las cuestiones particulares de nuestra vida.

En la historia vemos reflejado el miedo con los venenosos baobabs, las roturas de corazón con las rosas espinosas, el esfuerzo con los dibujos de cordero y la magia del detalle con las puestas de sol: “…Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar…”.      

Quien  lee este libro suele desconocer el hecho de que su autor era piloto y que también tuvo un accidente en el desierto del Sahara. Rondaba el año 1935 cuando él y su navegador Andre Prevot se vieron obligados a realizar un aterrizaje forzoso en la parte de Libia del desierto. Los dos franceses fueron rescatados aunque reconocieron haber sufrido serios problemas de deshidratación lo que los llevó a perder recuerdos del hecho y el sentido de la ubicación.

Este último dato nos permite entender a la historia como algo que, sin dudas, va más allá de “un cuento infantil”. Se podría suponer que estamos ante una reflexión de carácter filosófico y claramente personal.

El Principito analiza las cuestiones más radicales y controversiales de la humanidad. La amistad, la religión y la voluntad resultan pilares fundamentales que, a lo largo del relato, giran en torno a un eje central: la importancia de la niñez.

Este autor ve con ojos de niño aventurero y nos los presta al correr de cada página. Algunos críticos lo han llamado utópico e idealista, pero ¿qué sería de la literatura sin escritores soñadores?

La cuestión de este libro no radica en su “grado de realidad” en principio porque no es una noticia, ni es información dura sino que es literatura. En segundo lugar, si este fuese el principal cuestionamiento, resultaría demasiado prudente para una obra que le escapa a las estructuras.

La búsqueda de sentido de Saint-Exupéry es la búsqueda del sentido de todos los hombres quienes intentamos aferrarnos a algo para intentar comprender nuestra propia existencia. Al finalizar el libro comprendemos que resulta esencial recordar  la causa de nuestra búsqueda y dicha se aliviana en la compañía de este piloto y este príncipe niño. Estos dos personajes advierten sobre lo fundamental que resulta admitir un poco de locura, de insensatez y rebeldía. Dotan de sentido al sinsentido y quiebran la lógica en menos de 200 páginas.

Luego de 72 años de la primera publicación de El Principito, este libro no deja de ser radical, pero sobre todo fundamental para quien disfrute leer y del indescifrable proceso que significa vivir.

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