Aconsejado por la muerte, asesinó a su propia madre (2392437)

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El muchacho se paseaba por todas las habitaciones de aquel apartamento ubicado en la urbanización Prebo del norte de Valencia. La atmósfera espesa y lóbrega era capaz de aplastar corazones, cerebros, riñones, huesos y alma. El humo gris azulado pendía sobre los suelos de granito como si fueran gases venenosos sobre las trincheras de Verdún en la Primera Guerra Mundial o fantasmas a la espera de tomar posesión de un cuerpo maldito.

En aquella estancia, el muchacho caminaba como embrutecido. Tan desorientado estaba, que las paredes se contraían y se dilataban sobre él, convirtiéndose a veces en una esfera inconmensurable a su alrededor y otras, en linderos transparentes y tan infinitos como los espacios interestelares que no podía tocar.

La dimensión extraña pronto desaparecía y regresaba a la normalidad para ser de nuevo el apartamento oscuro, el pozo sin fondo donde yacía como un cadáver. El muchacho empezaba a conversar con alguien que para cualquier persona normal sería invisible. ¡Era la muerte la que estaba con él!

Una lengua descomunal

con gusanos

Ella extendía sus brazos esqueléticos de donde colgaban jirones de carne putrefacta, llamándolo sin hablar. El desequilibrado joven veía cómo de la boca de la parca brotaba una lengua desmesuradamente grande, donde se enrollaban gusanos, líquidos verdes y blancos que chorreaban por su sucia túnica.

La muerte seguía sacando la lengua larga como de serpiente, pero muy carnosa, putrefacta, y lo besaba en la boca. Lo arrullaba contra su regazo, acariciaba su cabello y se filtraba hasta sus huesos y espíritu.

Miraba indiferente las amplias vestiduras pardas y roídas que arrastraban por el suelo salpicado de miles de puntitos negros, grises y líneas veteadas, no era suficiente para ocultar los huesos, los jirones de carne podrida y que aun la caperuza puntiaguda de la túnica o mortaja dejaba observar claramente las cuencas oculares negras e inconmensurablemente profundas.

Camino de sangre a la nevera

Los días pasaban lentos, rastreros y en ayunas. Las toxinas que había comprado con lo que le robó a la madre lo mantenían en un estado al que los psiquiatras llamarían de psicosis neurótica alternados con esquizofrenias severas.

A veces se levantaba de la cama sucia, vomitaba e iba a la nevera a hablar con su madre. Abría la puerta y observaba el cadáver macabramente contorsionado de aquella mujer que le había dado la vida hacía más de 20 años.

El cuerpo estaba frío, lívido. Sus cabellos revueltos por una tempestad oprobiosa que, tanto como la sangre que ya no salía y que ahora yacía espesa y casi congelada en el fondo del refrigerador, daba cuenta de lo terrible de sus últimos momentos. Observando detenidamente el cadáver de la progenitora, algo  explotaba en la mente de aquel ser atormentado y en su locura asesina& ¡la vio abrir los ojos!

Como un poseso aullaba.  ¡Yo noo queríaaaa, perdónameee! . Después del berrinche, más calmado, seguía viendo los ojos abiertos del cadáver de su madre. Pero extrañamente, la mirada no era de reproche por haberla matado. Aun después de muerta, ella sentía compasión por su hijo, por su maldición y por el camino que lo succionaría para llevar irremisiblemente su alma hasta las regiones abisales del infierno donde eternamente escucharía el crujir de dientes y el coro de lamentos de los condenados.

Sufrimiento de madre

Parecía que habían pasado siglos, pero en el mundo real, solo cuatro días habían transcurrido. El olor putrefacto se colaba por debajo de la puerta y llegaba hasta los demás apartamentos, alertando a los vecinos de la tragedia que se habían estado sospechando.

Quienes conocían a la señora Martha sabían perfectamente que su karma era su hijo malaconducta, drogadicto y bueno para nada. Muchas veces le advirtieron que debía buscar ayuda, pues viviendo sola con ese individuo errático y violento, no podría reportarle nada bueno, por más hijo suyo que éste fuera.

Con el empeño a veces irracional del corazón de madre, la señora Martha creía que su vástago tenía salvación y quiso rescatarlo, ¡pero qué va!; él no quería ser rescatado. Una noche en que él había estado en la calle buscando infructuosamente las porquerías que se metía en el organismo, llegó extremadamente alterado al apartamento y comenzó a romper platos y todo lo que se le cruzaba en el camino.

Martha, llorando, le pidió que por favor la ayudara a sacarlo de aquella fatalidad y que con su amor ambos lograrían salir adelante. Por toda respuesta la sufrida mujer obtuvo un sonoro bofetón que le partió los labios. Aferrada a las ropas de su malévolo hijo, suplicó, clamó y argumentó, pero la muerte y su amiga la tragedia ya se habían detenido a la puerta y lo observaban todo con una mordaz sonrisa en sus etéreos rostros.

Empujando lejos de sí a Martha, el enfurecido muchacho agarró un cuchillo filoso. Sin compasión, se lo encajó hasta la empuñadura en el estómago a su madre. La filosa hoja del puñal se abrió paso, cortando fácilmente piel, vasos, intestinos y otros órganos vitales. La macabra escena se congeló en el tiempo mientras la madre, sabiéndose muerta, seguía cogida a las ropas de su hijo y le miraba postreramente con los ojos muy abiertos.

El asesino le sostuvo la mirada con frialdad maldita. Pareció brillar en sus ojos el destello del placer al contemplar impertérrito cómo un hilo de sangre salía por la comisura de los labios de su madre antes de que finalmente cerrara los ojos y él la lanzara como un saco lejos de su cuerpo manchado hasta el fin de los tiempos.

Viendo a la pobre mujer en el suelo alfombrado de sangre, el hijo maldito recostó la espalda a la pared y se  chorreó hasta el suelo donde permaneció sentado por horas emitiendo terroríficas carcajadas. Lo de meter el cadáver a congelar en la nevera se le ocurrió después.

Pasados cuatro días, cuando el cadáver en avanzado estado de descomposición comenzó a emitir más potente el olor de los tejidos y las células muertas, los vecinos alarmados llamaron a la Policía del estado que, a su vez, informó a la Policía Científica. Hubo que conseguir la orden de allanamiento de morada y los agentes reventaron la puerta del acceso cuando a pesar de las insistentes llamadas, solo el impenetrable silencio respondía.

No hay palabras para describir lo que sintieron los funcionarios que entraron en aquel lugar convertido en sucursal del infierno. No hay palabras para expresar la pasmosa tranquilidad del hijo asesino sentado en el rojo piso cuando extendió las manos para ser esposado. Parecía saber que cualquier pena que se le impusiera aquí en la tierra, solo sería una antesala a la verdadera condenación que sufriría en las mazmorras del infierno cuando se fuera con su amiga la muerte, que (invisible para los demás) lo esperaba para acompañarlo hasta el Penal de Tocuyito y mucho más allá del sufrimiento.

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