La adequidad (2233662)

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Acción Democrática ha arribado a 73 años de existencia. Sin lugar a dudas, un largo recorrido. Trazado por sus éxitos y fracasos. Innegablemente, en muchos sentidos, esta organización política ha marcado fuertemente la historia política del país. Vale la pena, pues, dedicar este breve escrito a indagar sobre lo positivo y negativo que pudiera arrojar un balance de tan larga trayectoria.

Comencemos con esta observación sustantiva. En sus inicios, este partido se constituyó como algo más que una maquinaria electoral y política. Su larga existencia, es una prueba de esta afirmación. Confrontó, durante ese periplo, las más variadas vicisitudes, (gobierno y oposición; partido legal e ilegal; unas veces en el poder y otro perseguido). Pero además, debemos añadir, que Acción Democrática inauguró un inédito esquema de narración política. Aquí reside, a mi juicio, su gran contribución a la cultura política del país.

A esta altura se hace necesario formular algunas preguntas: ¿Qué queremos decir con esta última afirmación? ¿A qué se debe el éxito de esa “gramática política”? Y, finalmente, ¿este campo discursivo sirvió de referente a las otras organizaciones de ese período histórico? ¿Sería plausible sostener, entonces, la existencia de un dispositivo simbólico bajo el nombre de la adequidad?

Sin duda son preguntas complejas. Vamos a intentar responderlas de la forma más sencilla posible. Veamos. En primer lugar, el discurso adeco fue exitoso porque supo articular los símbolos populares que proporcionaban, en aquella época, la materia prima para la construcción de identidades políticas estables en el tiempo. De hecho, para grandes sectores de la población, adeco y venezolano se connotaban mutuamente.

En fin, este movimiento político logró, por un lado, satisfacer las demandas populares y democráticas y, por el otro, otorgó al movimiento popular una nueva y unitaria imagen de sí mismo. Su narrativa articuló los temas industrialistas, distribucionistas, asistencialistas, participacionistas, antiimperialistas y los condenso en la figura simbólica de “Juan Bimba” quien entró en el escenario político de la mano de esta organización política. Delimitó, igualmente, lo que los semiólogos denominan un “campo de enunciación”. Vale decir, un conjunto de reglas que definían el marco cognitivo para poder aproximarse a la política. Es por ello que es posible postular que las agrupaciones políticas de la época, más allá de sus diferencias inmediatas, compartieron estas pautas lo cual les permitía “hablar” dentro de un mismo género discursivo: la adequidad.

Desde luego, esta narrativa se agotó a finales de la década de los setenta. El espejismo petrolero entró en crisis y con ello la institucionalidad que lo soportaba. La dirigencia política de la época no pudo y, aún no ha podido, elaborar una nueva narrativa que suplanté la ya agotada adequidad. Paradójicamente, el chavismo ha reciclado estas agotadas estructuras narrativas. Las ha radicalizado sustituyendo, por ejemplo, el policlasismo de la versión democrática por una invocación clasista; el imaginario civilista democrático por uno de carácter cívico militar; las tesis estatistas ya agotadas están siendo practicadas en su versión socialista cubana. En fin, estamos retrocediendo históricamente.

Los partidos políticos tienen delante de si un enorme compromiso histórico. Por un lado, descifrar el sujeto histórico de una nueva hegemonía y, por el otro, producir la narrativa con capacidad de interpelarlo. Este nuevo discurso debería significar y sintetizar, por ejemplo, los temas urbanos. Para ello sería necesario saber transmitir “lo que se va a decir para ser escuchado y lo que hay que escuchar para poder hablar.”

Tengo confianza. Esta nueva gramática ha comenzado a elaborarse.

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