Agresión continua

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El ejercicio presidencial de Nicolás Maduro iniciado el año pasado ha sido una literal prueba de fuego para el chavismo y de manera especial para el otrora presidente del parlamento nacional, canciller, vicepresidente y presidente encargado de la República. El comandante Hugo Chávez, líder internacional del bolivarianismo, enfrentado al inminente desenlace aciago de su enfermedad, depositó en su camarada la confianza de asumir la conducción política del Estado. Crudo decir el del llanero que entró y salió de la escena pública con frases inolvidables; el “Por ahora” y el  “Como la luna”, ambas de momentos asumidos con ardor, desprendimiento, lucidez y absoluta sinceridad. Actitudes escabrosas todas ellas en la esfera política habitual que exaltan su figura en un antes y un después de carácter histórico.  

Los meses previos a la nueva elección presidencial -impregnados emocionalmente por la ausencia del líder-, estuvieron azuzados de intrigas urdidas para fracturar al chavismo. La propuesta de la oposición para que Diosdado Cabello abandonara la presidencia del Parlamento y asumiera la transición fue intensa. No le ha sido fácil en verdad al “chofer” lidiar con las comparaciones y las conspiraciones, con el desánimo, las ambiciones y las guerras de cuarta (de) generación. Obtuvo el triunfo electoral que lo hizo presidente luchando centímetro a centímetro cada voto. Sólo el prestigio dejado por Chávez y el conocimiento de la política internacional ensanchado como Canciller, lograron el aval necesario para asumir constitucionalmente su mandato frente al mundo. El líder no se equivocó en su escogencia, el carácter internacional del bolivarianismo ha sido y continúa siendo fundamental. 

El triunfo electoral irrebatible en las elecciones de alcaldes, logrado poco después, sorprendió a muchos. La lectura general fue que tal victoria le pertenecía. La esperanza entonces se agotó en sectores de las filas opositoras que contaban con otro desenlace. El ala radical renovó sus planes insurreccionales con apoyo de los centros de poder del llamado Nuevo Orden Mundial.  El “golpe blando”, “la revolución de colores”, “la guarimba”, “la guerra económica”, “el bachaqueo”, “los paracos”, “la media luna”, “la transición”, no se hicieron esperar. Una tras otra las acciones implosivas como plagas bíblicas han penetrado en la psiquis y el corazón de miles de personas  produciendo daños incalculables de todo tipo en la sociedad. Sin embargo, la terrible fuerza de esas actividades ha generado una reacción también imprevista a favor del fortalecimiento del gobierno y el visible revelamiento del plan macabro del golpe de estado injerencista. Ante el fracaso de no lograr deponer a Maduro, es decir, de no sacar al chavismo del gobierno, el mismísimo Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, la potencia bélica, industrial, financiera, técnica y científica más grande del mundo, bajo la premisa de la incompetencia de sus aliados internos, y posiblemente aconsejado por la frustrada dirigencia intolerante, ha declarado a la República Bolivariana de Venezuela “como un peligro para su seguridad”. Un argumento que de no tener las implicaciones terribles que el mundo contemporáneo conoce, pudiera ser risible, pero que le aumenta la angustia a cualquier observador atento al recordar la cínica justificación de un mandatario de la Casa Blanca que destrozó un país porque “su inteligencia lo había engañado”. Ojalá que la agudeza del presidente Barack Obama, considerado con un alto coeficiente intelectual, no lo traicione.

Desde mi humilde condición de ciudadano de a pie, hago votos para que no se produzca una situación que nos enfrente al destructivo poder bélico de una potencia como la que nos amenaza, o que los designios de un imperio logre contraponer bélicamente a ciudadanos del mismo país. En medio de tanta miseria de sentido, algunas noticias nos alientan, así la solidaridad internacional expresada es el instinto mismo de supervivencia. Encuestas recientes señalan el rechazo de los venezolanos a la agresión terrorista. No deja de sorprender que un 8% de la población encuestada esté de acuerdo con la política injerencista. Es algo que puede significar muchas cosas y que deben ocupar a quienes corresponde.  Concluyo con unas palabras publicadas en México del cronista Armando Amanaú: “La imposición de un gobierno tutelado por la hermandad mayor tendría un efecto catastrófico para el continente suramericano y para el corazón mismo de la humanidad. El precio humano a pagar por ello es impensable, incalculable. Que la Guadalupe y la Coromoto nos protejan”.

Poeta y escritor.

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