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Fuera la nostalgia

Circulan por las llamadas “redes sociales” numerosas fotos con el tema de la Valencia de mediado el siglo pasado. Imágenes de una ciudad que parece haberse detenido dos siglos atrás, tomadas con vetustas cámaras “de rollo” en plena mitad del XX. Calles y aceras estrechas, diseñadas para cabalgaduras y carruajes tirados por caballos o mulas, casas con las típicas ventanas y portones con zaguán. Comercios que no se diferenciaban de las casas más que en el reemplazo de ventanas por portones igualmente espaciados. Las pistas para saber que las imágenes no son de 1800 son la misma fotografía, los rieles de los tranvías, el cableado eléctrico aéreo, y uno que otro automóvil, de aquellos de gran tamaño y peso, con carrocerías de lámina de acero de grueso calibre y pequeñas ventanillas y parabrisas, todos de vidrios planos. Y ruedas con cauchos “banda blanca”. Y calles limpias, sin asomo de basura alguna. Las personas que aparecen en las fotos, tal vez ya muertas hoy, se ven con caras apacibles, sin apuro que les impida posar para la lenta cámara de cajón y cortina negra. Despreocupados, sin temor a asaltantes o carteristas, o a ser secuestrados.

Es que asombra, contemplando las viejas imágenes, cuánto ha cambiado la ciudad. Salida del siglo XIX a mediados del XX, en el año cuando conmemoramos los cuatrocientos años de su supuesta fundación era ya una ciudad con un claro destino industrial. Fábricas de aceites comestibles, tenerías, embotelladoras de refrescos, fábricas de sombreros, y otros incipientes establecimientos industriales comenzaban a darle ya el carácter que luego, en los años sesenta, adquiriría con la creación de su Zona Industrial y el advenimiento de numerosas industrias, entre las cuales descollaban la de ensamblaje de automóviles y las fábricas de partes para ellos, la de alimentos concentrados para animales, y muchas otras que sería largo nombrar.

Una vigorosa fuerza obrera, con buen nivel de vida, comenzaba a surgir de las masas más pobres, con educación y capacitación laboral impartida en institutos del estado y sistemas de becas; con posibilidad de viajar a alguno de los alojamientos turísticos desarrollados a partir de los años cincuenta o, más aun, de viajar al exterior con divisas adquiridas libremente en cualquier banco o casa de cambio.

La bonanza económica resultante de una importante alza en los precios del petróleo, más la generación de bienes por las industrias antes descritas da paso a la corrupción, mal endémico de nuestro país. El derroche cambia la inclinación de la vía que nos llevaba al futuro, pasando de ascenso a descenso, y el deterioro general del país, acelerado por los desaciertos de los gobernantes que empiezan a sucederse, uno más incapaz que su antecesor, comienza a sentirse. Un aventurero con buena labia llega al poder, y lo demás es historia conocida por todos los venezolanos que sufrimos al ver la piltrafa de país que ha venido a ser Venezuela.

No hay marcha atrás. Mucho nos costará volver a tener calles limpias y seguras, la economía tardará años en recuperarse, los venezolanos seguirán por mucho tiempo sufriendo para comprar alimentos y medicinas con su mísero sueldo. Pero no hay marcha atrás. Aquellas imágenes solo nos servirán para contemplar un pasado que desconoce la mayoría de la población, joven y nacida en este siglo. Nostalgia pura que no nos provocará otra cosa que suspiros.

Es hora de enfrentar el futuro que nos espera, pero tenemos que acercarnos a él ya. No tenemos más tiempo que perder.

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@peterkalbers

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