ALBERSIDADES

El dictador busca, en ese hipotético país, acallar las voces disidentes, amordazar a quienes descubren sus tropelías y robos. En otros tiempos era relativamente fácil: se mataba al mensajero.

Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.
Columnista del día, Opinión, Peter Albers
Drácula y su empresa de transporte

Notitarde.-  Odio sentarme hambriento delante de sopa hirviendo, y tener que esperar a que se enfríe un poco para no quemarme la lengua, el paladar, las encías y la garganta.

Odio meterme en la ducha y percatarme, después de haberme mojado de pies a cabeza, que he dejado la toalla colgada de las cuerdas del lavadero, secándose luego del baño de la mañana.

Odio que se vaya la luz justo cuando iba a calentar el café en el microondas.

Odio que la cajera del automercado sólo responda a mi saludo con un seco “¡cédula!”.

Odio que alguien vaya a 20 por el canal rápido, tecleando impertérrito su celular y sin importarle que detrás venga una cola de carros cuyos conductores quieren llegar a tiempo a su trabajo o a dejar a sus hijos en el colegio.

Odio que alguna autoridad me diga que estoy incitando al odio por el simple hecho de expresar que quiero ver a los ladrones presos. Es decir, odio que esa autoridad se dé por aludida.

Pero en realidad odio el hecho de que me traigan la sopa hirviendo, no al mesonero que me la trae; odio el hecho de tener que salir chorreando a buscar la toalla, no a la toalla; odio que se vaya la luz, no al responsable de la falla; odio a la situación que hace a la cajera trabajar enfurruñada, rumiando sus problemas, no a la cajera; y no sigo, porque pienso que, ya explicados suficientemente los objetos de mis odios, no hace falta seguir con los demás.

Un país donde sus habitantes han alcanzado “la mayor suma de felicidad posible” no tendría que  odiar. Todos aman al prójimo, todos viven con sus necesidades básicas cubiertas, sus aspiraciones satisfechas, alcanzadas las metas que cada uno se proponía en su vida o ve en su futuro la posibilidad de alcanzarlas, estable, próspera y floreciente la sociedad en la que viven. No haría falta una ley que castigue la “incitación al odio”: el vocablo no existiría. Sería incomprensible.

Pero el mundo no es perfecto. En una comunidad sin ley, el hombre odia a la mujer que lo engaña; la mujer al hombre que le pega; el niño a los padres que lo maltratan; el alumno al mal profesor; el empleado al mal patrono; el anciano al poderoso que lo humilla; el ciudadano al dictador que lo avasalla. No hace falta una ley que castigue la “incitación al odio”, pues no hay que incitar a nadie a odiar al prójimo: el odio nace solo, desde lo más hondo de la mente humana rebajada al servilismo y azotada por las injusticias del dictador, el mismo que ha “dictado” sus propias leyes con el fin de preservar su dominio y su afán de enriquecimiento, que es, a fin de cuentas, lo que lo incita a mantener el poder a toda costa.

El dictador busca, en ese hipotético país, acallar las voces disidentes, amordazar a quienes descubren sus tropelías y robos. En otros tiempos era relativamente fácil: se mataba al mensajero. Luego vendría la imprenta, y sus más modernas versiones, como las rotativas. Las noticias se difundían con gran rapidez, y el dictador recurría a la censura y, como último recurso ante la imposibilidad de acallar a la noticia escrita, mataba al mensajero que ahora no la voceaba; la escribía. La radio y la televisión alcanzaron mucha mayor difusión que el papel impreso, y se crearon censuras adecuadas a estos medios. Y en casos extremos no se mata al mensajero; el dictador se apropia de la emisora por la fuerza, sin reconocerle a su legítimo dueño el valor de lo arrebatado.

Ahora se pretende castigar a quien “incite al odio” por las llamadas redes sociales.

Inútil propósito. No hay tal odio. Este es un país feliz, sin odios. 

Lee también: Que se sienta la esperanza II

Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
FuentePeter Albers
Compartir