Albersidades

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Peters Albers
Peters Albers

SAIME

Hoy es un lóbrego edificio en la Avenida Bolívar, al norte de la ciudad. Frente a él, una de las abandonadas estaciones del Metro, más allá un centro comercial con edificio de oficinas que una vez tuvo su época, digamos, dorada. Hoy es un conglomerado de locales comerciales regentados por chinos, donde aún persevera un automercado. Como nuestro depauperado país, el edificio donde nos disponíamos a entrar está en franco deterioro. En la planta baja, una agencia bancaria y el vestíbulo de acceso a los ascensores para alcanzar los pisos que componen la medianamente alta torre. Puertas de vidrio laminado protegen el oscuro vestíbulo, pero el vidrio de una de las dos hojas está roto, y por tanto la puerta inservible, como también está fuera de servicio uno de los dos ascensores; concretamente el que va a los pisos impares. Íbamos al primer piso, así que no quedaba sino tomar las escaleras, pero resulta que ir de la planta baja a ese primer piso no es subir un piso sino tres: entre la planta baja y ese nivel se interponen dos de las llamadas “mezzaninas”. El ascenso es inseguro y tenebroso, pues la escalera está, en esos dos primeros tramos, totalmente a oscuras. Cualquier traspié es probable, con riesgo de grave caída, tanto de subida como de bajada, pues no se ve absolutamente nada, mucho menos los bordes de los escalones; y ni pensar en la posibilidad de un atraco en un tan lúgubre trayecto.

Por fin llegamos a la oficina buscada. Abierta al público, se puede llegar fácilmente hasta cualquiera de los escritorios de los funcionarios que allí atienden a los solicitantes de cédulas de identidad o pasaportes. Una amable empleada nos explicó que el trámite que deseábamos hacer no es en esa dependencia, sino en la principal, ubicada en el hace tiempo colapsado edificio de Los Colorados, y que hay que ir por la tarde.

Luego del modesto almuerzo, propio de estos tiempos, nos dispusimos a concurrir a la oficina de Los Colorados. Llovía cuando llegamos, las puertas estaban cerradas, mucha gente afuera trataba de alguna manera de protegerse de las finas gotas que, sin darse cuenta, empapan al desprevenido. Moja-pendejos, la llaman. Adentro, según pude ver, mucha gente ocupaba todos los espacios; no cabía más nadie. Insistimos y se asomó un vigilante; enterado de nuestro requerimiento nos informó que eso no se tramita por la tarde, sino por la mañana, y que debíamos adquirir una planilla de “solicitud de cambio de correo electrónico” (que es nuestro interés) en un local al cruzar la calle. Y este detalle merece un párrafo aparte.

Para nuestra sorpresa, la tal planilla no se le facilita sin costo al contribuyente, sino que hay que comprarla en otro lugar, no gubernamental sino comercial, a pocos metros de allí. Uno, que vive en este país, no deja de sospechar algo doloso (el “cuántoaypaeso”): cada planilla cuesta ocho mil bolívares.

En la mañana del día siguiente regresamos con las planillas debidamente rellenadas con los datos personales y la nueva dirección de correo. Como el día anterior, lloviznaba; pero esta vez había poca gente y no la aglomeración usual en los alrededores del edificio. Dentro de las oficinas a oscuras, varios funcionarios conversaban displicentemente. Una, echada sobre una silla, se entretenía con el teléfono. A través de un vidrio faltante en la puerta pude preguntar si podían recibirnos las solicitudes, a lo cual un empleado se dignó a responderme que no estaban recibiendo ninguna solicitud de nada, pues “no hay luz”.

Vuelva mañana…

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@peterkalbers

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