Albersidades

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Los nuevos sudacas

Hace trece años estuvimos, por primera y única vez, recorriendo España. En Córdoba, caminando sus calles entre aromas de azahares y claveles, nos topamos con una pequeña plaza donde unos tarantines presentaban sus ofertas culturales: libros, pinturas callejeras, fotografías antiguas. Y propaganda política. En uno de ellos un joven “pabloiglesias” cualquiera mostraba sus afiches del Ché Guevara y Chávez, con sus banderitas y las mismas consignas de siempre, idiotas pero hipnóticas. No faltaban Marx, Lenin, Gramsci y el resto del anticuario comunista. Algunos intercambios de palabras nos convencieron de que el pobre, que aguantaba los primeros calores de aquel verano de 2005 entre tanta baratija roja, no tenía la menor idea de lo que defendía, ni mucho menos estaba informado de las barbaridades que nuestro Pablo Iglesias particular estaba haciendo con nuestro todavía próspero país. Lo dejamos con su ilusión, ojalá haya madurado, tal vez ya tenga mujer e hijos.

Semanas más tarde llegamos a Madrid. Ferias de San Isidro. Mi profesión me obligó una vez a aprender los vericuetos de la tauromaquia, y me aficioné a la llamadas “fiestas de toros”. En realidad, el ambiente que gira alrededor de este espectáculo es único, con un sabor muy particular. No entraremos a discutir sobre lo que algunos califican de crueldad contra esos animales, ni las razones que tienen quienes se “hacen los locos” ante el sangriento espectáculo, y defienden las corridas de toros a capa y espada. Literalmente.

Lo cierto es que, estando en Madrid, y en plena Feria de San Isidro, no quise perder la oportunidad de ver unas corridas, nada menos que en Las Ventas, como lo había hecho semanas antes en Sevilla y Córdoba, entre otras plazas de toros españolas. No fue fácil conseguir las entradas fuera de la especulativa reventa, pero pude asistir a un par de corridas. Las demás las veía cómodamente sentado en la barra de una tasca cualquiera, reducidas las imágenes al tamaño del televisor. No tardó en acercarse un madrileño castizo, más entrado en años que yo, tal vez extrañado de ese parroquiano con pinta de alemán tan interesado en ver corridas de toros, sin hacer gestos de asco. Se extrañó aún más al oírme hablar en español, con un acento que no lograba identificar. Le expliqué mi procedencia y le añadí “sudaca”, como solían o suelen llamar a los suramericanos.

“¡Hombre, usted no es sudaca, sudaca es ese!” señalando, con cierto desprecio, al joven que atendía la barra, con rasgos andinos. Hasta ahí llegó lo que puso ser una amistad de barra. Entonces recordé que en la Plaza Mayor habíamos encontrado una gran cantidad de “sudacas” esperando por la expedición de un certificado que les permitiría permanecer en Madrid, pues no tenían visas ni permisos de permanencia. Algunos pasaron la noche durmiendo en el suelo de la amplia plaza. Ahora debo decir que no me imaginé que algún día los venezolanos nos veríamos en una situación semejante, sometidos al desprecio y la humillación, como lo hizo una comediante peruana hace pocos días. Aunque debo aclarar, en justicia, que dichas vejaciones y humillaciones son casos aislados. Tal vez los naturales de esos países, a los cuales acuden hoy los venezolanos desesperados por el hambre, la inseguridad y la falta de atención médica eficaz, recuerden que alguna vez algún progenitor, abuelo, o ellos mismos, estuvieron aquí en las mismas condiciones de miseria y angustia. Tal vez quienes vejan y humillan tienen mala memoria, o desconocen su historia.

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@peterkalbers

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