Albersidades

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Los fanatismos

Tengo un amigo exageradamente fanático del béisbol. Caraquista, por demás. Hace unos años estábamos presenciando un partido entre los llamados “eternos rivales”, y en la cuarta entrada iba ganando el equipo de los leones por paliza. Mi amigo estaba eufórico. Reía, aupaba a sus peloteros, brindaba generosamente, se burlaba de los magallaneros. Pero en la quinta entrada todo comenzó a cambiar: los leones cometieron una par de errores, el lanzador se descontroló, le batearon un jonrón y le robaron las bases a placer. El equipo carabobeño comenzó a descontar ventaja, y era evidente que pronto empatarían el juego. En la sexta se volteó la tortilla: el Magallanes se fue arriba. Desde que comenzó la debacle caraquista, a mi amigo se le fue borrando la cara de felicidad, de la euforia cayó en la depresión, y se le cerró el bolsillo con que brindaba. Cuando el equipo local anotó la carrera de irse arriba, el amigo caraquista se levantó de su asiento e informó que iba al baño. Pasó el tiempo, y no regresaba. Terminó el partido, esperamos por él un rato, y nada. Se había ido solo y tuvimos que llevar a su esposa, magallanera ella, hasta su casa. Entramos con ella, pues ya era de noche y la residencia estaba totalmente a oscuras, encendimos las luces, llamamos a nuestro amigo, y nada. Por fin lo encontramos en la cocina, botella en mano, llorando.

Nos pusimos a consolarlo entre todos, diciéndole que no era para tanto, que era un juego y nada más, un simple espectáculo donde unos profesionales, pagados por sus respectivos equipos, daban lo mejor de sí para destacarse y de esa manera lograr mejores contratos e, inclusive, ser vistos por algún agente de un equipo norteamericano que lo llevara a jugar en las llamadas “Grandes Ligas”.

“¿Tú no los ves, metidos en sus ‘cuevas’ conversando de lo más tranquilos? Si muestran algún disgusto al poncharse es porque sus numeritos bajan, no porque el equipo pierde” Y otros argumentos que buscaban banalizar la derrota del equipo del alma de nuestro amigo. Pero nada de eso servía, más bien lo enervaba más, pues pensaba que nos burlábamos de él. Olvidaba cuánto se había mofado de nosotros cuando su equipo estaba ganando.

Pero así es el fanático. Irreflexivo en todo cuanto se refiere a su pasión por el equipo que adora, los ha habido que caen en el extremo del vandalismo y destrozan cuanto encuentran a su paso si pierde un partido. O, mucho peor, un torneo o campeonato importante.

Ese fanatismo llega a lo ridículo: En estos días del Mundial de Fútbol, vemos vehículos con, por ejemplo, una banderita de Brasil o Argentina ondeando sobre el techo o adosada a una ventana. Cualquiera pensaría que el dueño es brasileño o argentino, pero solo es un venezolano que, no estando nuestra vino tinto en competencia, manifiesta así su preferencia por otro equipo cualquiera. Olvidan que esos equipos son, precisamente, los que en las rondas clasificatorias impiden que Venezuela participe en esa máxima competencia mundialista, derrotando a nuestro equipo sin misericordia alguna. En otros vehículos vemos banderitas de Alemania, España, Italia o Portugal, pero eso sólo refleja la diversidad de la inmigración de mediados del siglo pasado, y el enraizamiento de su descendencia en nuestro entonces acogedor país.

Son los tiempos que vivimos. Al régimen le cae bien este Mundial, o cualquier evento que distraiga al pueblo (pan y circo) de las calamidades que hoy vive debido a su desastrosa administración.

Que como ya lo dijo Delcy, es una venganza.

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@peterkalbers

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