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Albersidades

Peters Albers

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Peters Albers

Dale, que sí va…

“La cátedra”, “mi caballo”, “cucarachón”, “pepito”, “¡ipanola!”, “fú”, “pachuco”. Palabras caídas en desuso por las generaciones nacidas de mitad del siglo pasado para acá. Son términos desconocidos para los jóvenes de hoy, en ningún modo vulgares, aceptables hace sesenta o más años en cualquier ambiente, sin distingos de clases o condición social (Los jóvenes que quieran conocer el significado de esas palabras, pregúntenle a sus familiares longevos).

Hoy, las nuevas generaciones utilizan otro lenguaje, y lo han vulgarizado. Muchos muestran una lamentable pobreza de vocabulario. Palabras, antes proscritas en una conversación entre hombres y mujeres decentes, son hoy pronunciadas a la velocidad de treinta por minuto en una charla cualquiera entre jóvenes de hoy. La más popular es la que se refiere a la condición homosexual de un hombre o una mujer, que comienza por “m” y tiene seis letras. O la que indica la afición de una persona por succionar miembros viriles, y que muchos jóvenes abrevian con tres letras: “mmg” al escribir en las redes. Hace sesenta o más años, el que un joven calificara a otro con esas expresiones era considerado un insulto, y por ende motivo suficiente para caerse a golpes a la salida del liceo.

Es ya alarmante la imagen que de nuestros jóvenes se tiene en los países que los acogen como refugiados de este catastrófico régimen, especialmente en los de habla hispana, donde sus vulgares expresiones son comprendidas, y además tenidas por impronunciables en cualquier otro lugar que no sea un burdel o un bar de mala calaña. Es un fenómeno progresivo, donde tienen su cuota de responsabilidad nuestro régimen educativo, más ocupado en infundir cucarachas en los cerebros infantiles y juveniles, y la mala educación de los mayores, a su vez parte de un sistema más ocupado en copiar modelos extranjerizantes que en modelar ciudadanos respetuosos de los derechos de los demás. Exceptuemos a aquellas becas “Ayacucho” y al “Sistema”.

Entre esos derechos está, por cierto, el de no escuchar la música que a uno no le gusta. Y es ese otro ejemplo de la vulgaridad y ramplonería de muchos venezolanos de hoy. El hacer sonar los reproductores de sus vehículos a todo volumen, ofendiendo los oídos de los que tienen la desgracia de estar cerca de ellos, con un estruendo donde predomina la percusión que hace temblar vidrios y barrigas, es cosa común hoy en nuestras calles, y no faltan tampoco los vecinos desconsiderados que perturban el sueño del vecindario con ruidos ensordecedores que ellos llaman “música”.

Los ánimos de los venezolanos están ya bastante exacerbados con la situación de hambre y miseria al estilo cubano que ha invadido nuestro territorio. La violencia de ladrones, secuestradores y organismos represores nos mantiene a todos con los nervios alterados. El temor a los previsibles saqueos y asaltos mantiene a los vecinos de cualquier sector en alerta constante, y la conducta agresiva, grosera y desconsiderada de la gente que nos encontramos en nuestro diario quehacer no ayuda en nada a la paz y a la convivencia.

Una vez escuché sobre cierto diplomático extranjero que, al momento de su jubilación, escogió a Venezuela como residencia donde viviría lo que le quedara de vida. Explicó su extraña escogencia, señalando que, de todos los países donde había transcurrido su carrera diplomática, el nuestro era el único donde los hombres le decían “hermano” y las mujeres “mi amor”, sin distingo de clases o jerarquías.

¿Volveremos algún día a ser así?

peterkalbers@yahoo.com

@peterkalbers

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