Almasola

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Carnaval, máscara, cruz de ceniza, cuaresma.  Palabras comunes, sencillas,  de uso tan corriente que casi nadie se detiene a pensar seriamente en ellas al oírlas o leerlas. Las palabras realmente son monedas y su valor de cambio siempre está determinado por la situación que se viva en el momento de escucharlas, leerlas, escribirlas o decirlas. Son monedas de un tesoro inagotable y el valor de cada una es inconmensurable, de verdad.  Don Andrés Bello, uno de los más universales hijos de nuestra Venezuela, manejó este criterio con su profunda sabiduría adelantada quién sabe en cuántos siglos, incluso, a los conocimientos más profundos que se manejan en materia lingüística. Consideraba él que el lenguaje es la herramienta más perfecta que tiene la humanidad para la conquista y dominación del mundo… pero esas son ya aguas más profundas, puesto que el objetivo esencial de estas “indocencias” es, simplemente, el de invitar a nuestros amigos lectores, a pensar unos minutos en la trascendencia que tienen las palabras que mencionamos al comienzo y que en estos días del año suenan a cada instante, como es natural por nuestro almanaque y nuestra rutina cristiana… pasamos ya del carnaval a la cuaresma, es decir, de las tradicionales fiestas de la carne, heredadas del imperio romano (los imperios siempre dejan herencia de su forma de vida) y, en términos de historia cristiana, (también heredada del Imperio Romano, ya decadente), de los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, frente a la inmensa soledad y asechanzas del mundo y solamente con su conciencia, su pureza, su voluntad para defenderse del miedo, del terror que esas asechanzas  provocan en el ser humano, cualquiera sea su condición, su credo, su poder, su riqueza… la simbología de la cuaresma es sencilla, pese a su  simbolismo: es el encontrarse en la propia soledad y con su propia conciencia como único testigo del diálogo de uno con su Dios, con su fe, con la fortaleza de su personal dignidad…  Es decir: es la hora de la propia verdad de uno. La hora de saber qué es realmente uno. Cuál es su valor. Cuál es su verdad.

¿Cómo será el regreso del viaje que cada quién hace a su propio desierto?

A veces, compañero, cuando pensamos en el retrato de Dorian Grey nos dan ganas de reir: otras veces lloramos.  Cada quien, créalo a no, tiene su propia cuaresma escondida en las vísceras. Es bueno, de vez en cuando, recorrerla como cuando ya en los años de la madurez  se regresa, con el corazón, por el camino de hormigas de la infancia.  

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