Aquí y Ahora

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Una de las características del envejecimiento es la que nos ensimisma en los recuerdos más lejanos. La pérdida de la memoria cercana nos retrotrae entonces a lo distante. Cuando envejecemos, la mirada, sin embargo, se centra en lo inmediato, en lo que nos rodea. Apenas si vemos el conjunto. Es peculiar que lleguemos a un sitio y no reconozcamos a nadie. Algunas veces porque no hay a quien reconocer o porque no vemos a nadie más, centrados sólo en el desplazamiento de nuestra dolida humanidad.

Es natural que al envejecer vivamos aferrados al pasado, siendo la única certidumbre para asirnos al presente. El hoy trocado en perplejidad certifica, no obstante, la certeza de un ciclo que prescinde de nosotros sin solicitar licencia, pese a las ostensibles señales que va dejando. Cuando somos jóvenes vivimos el presente con la certidumbre de que existe un futuro. Carecemos entonces de “memoria histórica, experiencia, pasado”, hecho sustituido continuamente por las ideas y el parecer del mundo en que vivimos. El peso de la cultura y  lo “digerido” es alojado a través del lenguaje y sus sistemas, al joven integrante que vive la ilusión de estar pensando por sí mismo.

Pese a las contradicciones y los antagonismos sociales, las ideas que van a prevalecer en un mundo caduco son las mismas ideas envejecidas que lo reproducen, justifican y salvaguardan. La presunta autonomía del pensamiento y de la individualidad, obedece a un complejo discurso que amalgama a todo, pese a la fragmentación que también cercena su totalidad. El viejo añorando empecinadamente el pasado y el joven anhelando futuro, comparten actitudes similares. El extrañamiento es equivalente. La percepción condicionada del presente en ambos sujetos es ostensible. Los extremos de la negación y de la credulidad impregnados de sentimientos y emociones, perturban la comprensión del momento único e irrepetible de la vida a secas, sin proyecto, de cada uno de ellos.

Sin embargo, no hay que ser viejo para sentir nostalgia. Ni es imprescindible ser joven para tener esperanza. Continuamente asumimos ambas tendencias sin que una excluya totalmente a la otra, y pese a que se señalen campos antagónicos, para decirlo de alguna manera, entre el llamado nihilismo y los anhelantes. El problema sin embargo, no es la hipotética o real contradicción entre esas actitudes, que por demás ha permitido una discusión plena de hallazgos y de lucidez intelectual. No es entonces filosófico lo que intento plantear ahora. En primer lugar porque ese es un campo demasiado fecundo para asumirlo desde el puro estatuto del decir y de la licencia poética que otorga. Tampoco es el tema de un modesto artículo de opinión sobre lo cultural. La contradicción que señala es la imposibilidad de percibir correctamente la realidad enfocados en el pasado o intentar vivir el presente desde la ilusión del porvenir.

La realidad venezolana, por ejemplo, no puede ser avistada de manera significativa por quienes todavía están procesando el pasado desde la nostalgia, los prejuicios y las aspiraciones que prefiguran el incierto futuro. Ciertamente “el país” reclama de sus intelectuales a que se le piense, pero desde luego, también reclama a sus lectores, conocer y reconocerse en quienes lo hacen. Estudiar y ver al país desde esa perspectiva debe tornarse en presencia, actualidad y no mera nostalgia y justificación para encubrir la somnolencia, el desgano y la esterilidad. La negación pura es una forma de caducidad, pero la afirmación del puro optimismo se muta en desvarío. “Ver las cosas como son, aquí y ahora”, es superar los condicionamientos que conducen a los extremos de la  ilusión.

Los restauradores, que plantean el retorno del país hasta donde lo dejaron cuando perdieron el control político del mismo, están en el extremo que les conduce a negar la realidad y entrabarse en una ineptitud sin precedente. La “enfermedad infantil”, según un revolucionario sin fronteras, asentada en el otro extremo, es otro peso muerto que termina beneficiando a quienes pretende combatir. Un efecto inesperado que, desde luego, también acompaña a los primeros. En medio de esos extremos existe una otra realidad, posiblemente la realidad, que al no ser reconocida como tal hace que todos se despedacen contra ella.  

Hay que leer mejor y discutir a Picón Salas, también a otros “aceptados” como: Rengifo, Briceño Guerrero, Araujo, Miliani, Mosonyi, Mosca, Nazoa, Ludovico, Prieto, Acosta Saignes, Brito Figueroa Malavé Mata, Bernardo Núñez, Pardo, Otero Silva, Domingo Alberto, Uslar Pietri, Liscano, Adriani, Díaz Solís, Briceño Iragorry, Díaz Sánchez, Cabrujas, Febres Cordero, Fombona Pachano, Gabaldón Márquez, García Bacca, Maiz Valenilla, Ramón y Rivera, Argenis Rodríguez, Lanz, viajeros hacia el amanecer.

 

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