Armagedón

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El poeta Hesíodo, apesadumbrado por los males que azotaban a la Grecia de su tiempo, se lamentaba por no haber nacido en una Edad de Oro del pasado o del porvenir y no en la conflictiva Edad de Hierro en la que le había tocado vivir. 

Para la mentalidad de los pueblos antiguos, el tiempo cósmico discurría cíclicamente, siguiendo una secuencia de cuatro eras o edades de esplendor decreciente: la Edad de Oro, de máxima elevación espiritual y armonía social; la Edad de Plata, donde una casta sacerdotal intentaba preservar la memoria de la perfección perdida; la Edad de Bronce, gobernada por una elite de guerreros virtuosos que intentaban contener por la fuerza las divisiones y conflictos en aumento; y por último la Edad de Hierro, caracterizada por el predominio de los mercaderes, la egolatría y la depravación moral de la humanidad.

Cada Edad de Hierro concluía con un cataclismo universal, producto de la guerra y la impiedad generalizadas. Pero el mundo no finalizaba allí, sino que renacía siempre de sus cenizas para alumbrar una nueva Edad de Oro con la que se daba inicio a otro ciclo, similar al anterior. 

El historiador de las religiones Mircea Eliade, demostró en su libro “El eterno retorno”, que casi todas las culturas y civilizaciones de la Tierra tienen en común concepciones cíclicas del tiempo cósmico, análogas a la de los antiguos griegos. Las únicas excepciones han sido las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo e islam), para las cuales la creación se desenvuelve en un solo y único ciclo, que se inicia con el Edén y culmina con el Armagedón o la batalla final entre el Bien y el Mal.

El Occidente cristiano desechó la cosmología cíclica griega y adoptó la visión lineal de la historia (o de un solo ciclo, como lo prefiere Eliade), de origen judaico. Su expresión fundamental fue la llamada “historia de la salvación”, que el erudito medieval Joaquín de Fiore imaginó conformada por tres grandes eras de creciente elevación espiritual: la Era del Padre, anunciada por los antiguos profetas de Israel; la Era del Hijo, inaugurada por la revelación de Cristo en los Evangelios; y una futura Era del Espíritu Santo, en la que la gracia de la contemplación de Dios sería concedida a todos los creyentes.      

La Ilustración en el siglo XVIII y luego el positivismo y el marxismo en el siglo XIX, combatieron incisivamente los dogmas de la fe cristiana con la guillotina de la Razón y sólo consideraron dignas de crédito las verdades comprobadas por las ciencias modernas. Sin embargo, preservaron la concepción lineal del tiempo heredada de la tradición judeo-cristiana, aunque transformada en la historia del progreso científico-técnico o la historia de los oprimidos que luchan por su liberación.   

Pero desde hace al menos cuatro décadas, la ideología del progreso que reemplazó al dogma medieval de la salvación como pensamiento hegemónico dentro de las sociedades modernas, fue sustituida por la prédica del “fin de la historia”. Si bien es cierto que este credo -difundido principalmente por Francis Fukuyama- sólo perduró hasta que, tras el ataque aéreo contra las Torres de Nueva York, se impuso en su lugar la doctrina de la “lucha contra el terrorismo”, proclamada por los líderes políticos y militares de los Estados Unidos.

Lo peculiar del imaginario de la llamada “lucha contra el terrorismo” es que se trata de una mezcla de la concepción postmoderna del fin de la historia y la mitología religiosa elaborada por las iglesias neo-protestantes de los Estados Unidos, a partir de su concepción individualista, apocalíptica y mesiánica de la salvación.

En el discurso de influyentes tele-evangelistas o de líderes políticos como el ex presidente Bush, esta confrontación adquiere el rango de un Apocalipsis en el que habrán de enfrentarse, por última vez, las fuerzas del Bien comandadas por Washington y las huestes del Anticristo representadas, durante la Guerra Fría, por la Rusia comunista y sus satélites y, tras la caída del Muro de Berlín, por el llamado “terrorismo islámico”.

Cabría preguntarse si la reciente calificación de Venezuela como “amenaza extraordinaria e inusual contra la seguridad nacional de los Estados Unidos”, por parte del presidente Barack Obama, dará pie a una nueva etapa en esta guerra escatológica en la cual las encarnaciones del Maligno pasarán a ser los gobiernos de izquierda de América Latina.

Lo paradójico de toda esta situación es que con cada nueva invasión emprendida por el Imperio en su lucha contra el Terror, la historia universal no concluye definitivamente sino que vuelve a comenzar. En el fondo, lo que parece determinar estos virajes discursivos son los ciclos económicos del capitalismo senil, que se inician con la acumulación de capital lograda mediante la apropiación rapaz de los recursos de los países ocupados. Y esta dinámica ya no se parece en nada a la expansión moderna del progreso, ni a la salvación medieval de las almas de los infieles. Se trata más bien de una especie de “eterno retorno” de las catástrofes bélicas desencadenadas para solventar las crisis periódicas del Imperio, al estilo del repetitivo tiempo circular narrado en las mitologías de los pueblos antiguos. 

Doctor en Estudios Culturales

E mail: [email protected]

Blog: culturacaribe.blogspot.com

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