Bachaquería: Capitalismo salvaje en la crisis terminal del rentismo petrolero

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De entrada admitámoslo: tenemos una grave crisis económica. Con más precisión: al chavismo le ha tocado enfrentar la crisis (Roland Denis dice que “terminal”) del rentismo petrolero venezolano. Giordani denominó “socialismo petrolero” el conjunto de políticas económicas que Chávez aplicó hasta, más o menos, 2012. Víctor Álvarez habla de rentismo socialista. La diferencia con el rentismo de la IV República, es que entonces se distribuía mediante los acuerdos entre los partidos, Fedecámaras y los sindicaleros, el conocido “sistema de conciliación de elites” que entró en crisis desde los ochenta. Con el chavismo, Chávez decidió redistribuir la renta para pagar la inmensa “deuda social” (misiones), es decir, la miseria, que habían dejado los gobiernos anteriores. El proyecto del socialismo quedó en veremos. 

  La renta petrolera, como cualquier renta, no es el resultado directo de la productividad de la fuerza de trabajo venezolana o del emprendimiento de nuestros capitalistas, sino de la productividad de los yacimientos, el volumen de las reservas. Y esa producción se paga con la plusvalía producida por los trabajadores de otros países, acumulada como capital, por los capitalistas de las naciones consumidoras. 

En Venezuela, si hay lucha de clases, es por el reparto de la renta. Primero, entre el estado venezolano, propietario de las riquezas del subsuelo por una tradición legal que viene de la Corona española, y, por otro lado, las grandes compañías petroleras. Segundo, entre las distintas fracciones de la burguesía venezolana, que creció como tal chupando de ahí: vendiendo sus terrenos (habidos por medios dudosos) para la urbanización de Caracas y otras ciudades, recibiendo créditos fáciles para “industrializar” como socio menor de las transnacionales, o simplemente robando con el mecanismo principal de acumulación de capital en este país: la corrupción. Tercero, el restico que le toca a la población, para cumplir una que otra promesa social o “democrática” que mantenía en el poder al dictador o al Partido de turno.

  El Estado venezolano ha tenido, desde el boom petrolero de los veinte, una inclinación keynessiana, como le gusta decir a mi hermano Orlando Zabaleta. O sea, el Estado interviene “naturalmente” en la economía, eso sí, enriqueciendo a algunos y distribuyendo la renta de acuerdo a ciertos dispositivos de poder que han variado en la historia contemporánea. La burguesía venezolana, por lo mismo que chupa la renta, siempre ha sido intervencionista, porque ha encontrado la manera de beneficiarse del Estado. Por ejemplo, durante la IV República tuvo agentes directos, como el infaltable Pedro Tinoco. 

 Hay un componente cultural. Coronil lo llama “el Estado mágico” que es la fantasía de TODOS los gobernantes de hacer actos de magia con ese chorro de petrodólares. Hay una propensión estructural al derroche, al saqueo y al desorden administrativo que se corresponde con elementos de masas como la “viveza criolla”, que se nota en el bachaquerismo actual. 

 El “bachaqueo” es la aplicación de todas las “virtudes” del hommo económico capitalista junto a la “viveza criolla” y algo de “discurso salvaje”: iniciativa privada, audacia, aprovechamiento de oportunidades, flexibilidad gerencial, apertura de “nichos” de mercado, juego de la oferta y la demanda. La ineficiencia en la distribución de las divisas, (aparte de la corrupción: todavía no se sabe bien de los 20 mil millones de dólares que muchos respetables ex funcionarios chavistas denunciaron, apenas murió Chávez), produce momentos de escasez y dificultades de inventarios. Eso produce compras nerviosas. El empresario del bachaqueo aprovecha para, montando redes de inteligencia con los propios empleados de los negocios, desplegar un contingente pagado que hace la cola y se apropia de los productos regulados, cuyo destino va, desde el contrabando, hasta los florecientes abasticos de barrio.

Por supuesto, hay determinantes macroeconómicos del bachaqueo. Víctor Álvarez ha apuntado al diferencial cambiario (el subsidio a los dólares preferenciales y semi-preferenciales), el ridículo precio de la gasolina y la regulación de los precios, que incentivan actividades de “capitalismo salvaje” como el bachaqueo y el contrabando. Pero hay que reconocer que el “bachaqueo” es la demostración de las habilidades y virtudes de un capitalismo salvaje criado en medio de la crisis del rentismo.

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