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martes, 03 de octubre de 2017

Los Biógrafos del Bosque / Los de Imborrable Huella

Bellermann tras la ruta de Humboldt (Dos)

(Especial/Notitarde)

Bellermann tras la ruta de Humboldt (Dos)

Asdrúbal González

Los cuadros que pinta frente a la costa de Puerto Cabello tienen cual telón de fondo la imponente cordillera que remata en el pico Hilaria. Los paisajes de San Esteban confluyen en su perspectiva hacia ese guardián del valle, que es la mole granítica del “Burro sin Cabeza”.

Pero no será siempre un copista servil, un reproductor mimético de la naturaleza. Quien mereciera el sobrenombre de “Pintor de Selvas Vírgenes” no conserva un ligamen obligado con el tema que plasmará su visión. En sus dibujos el claroscuro establece una científica precisión del objeto copiado; mas algunos de sus óleos y témperas tendrán libertad creadora. Un atardecer a orillas del río Manzanares en Cumaná o el contraluz enceguecedor que diluye las imágenes hasta convertirlas en color etéreo, tal el cuadro que representa un “Atardecer en el Orinoco”, evidentemente son frutos de un pincel prodigioso, de una visión pictórica profunda, capaz de innovar en el arte. Los venezolanos de entonces verían con asombro a este artista empeñado en copiar el rostro de la madre tierra con maestría y audacia, mientras nuestros pintores permanecían en la onda de reproducir la fisonomía de los amos de siempre o las escenas heroicas de la pasada epopeya libertadora.

Este viajero recorrerá nuestra geografía para dejar el testimonio de un tiempo y un espacio. Venezuela cuando regresa a recordarse en la quinta década del Siglo XIX se mira en los lienzos y cartones de Bellermann como en un espejo olvidado.

Puerto Cabello y San Esteban fueron biografiados por la mano prodigio de Ferdinand Bellermann. Sus pinceles y carboncillos, sus plumillas y lápices, recogieron en un haz de color y claroscuro el rumor del río cristalino poblado de bañistas y reflejos, la masa vegetal donde el silencio se siembra como la última voz, la mole ciclópea del Hilaria haciendo de murallón al valle sembrado de cafetos, cacaoteros y cañamelares; o la huella del viejo trapiche sembrado en la última curva que ciñe a Pitiguao; o la casa del comerciante alemán que conservó la capilla más antigua de toda la comarca… Y si copió a San Esteban, fue también un testimonio del camino que conducía a Valencia. Y así quedó sobre el lienzo el campanario de una iglesia que nunca llegó a concluirse, pero que estaba sembrada exactamente donde tenía su inicio la ruta; y la vegetación costanera de cujíes, agaves y cocoteros enmarcando la pared cal y canto del fortín coronado de almenas y cañones; y la plumilla que recoge el paisaje donde una silueta terrosa como de lagarto se sube al Sur, con la visión salina del puerto como un fondo a su espalda. Y en todos, la luz ambiental, el bosque inmerso en un mundo de humedad y silencio; el aire sofocado, la vegetación en actitud queda, ausente el viento como en espera de la tempestad; o en el instante mismo en que el alisio retrocede y abandona su espacio al terral inminente, que bajará desde la cumbre cargado de frescor en el atardecer.

Los trabajos fueron en su mayoría bocetos de pequeñas medidas, susceptibles de ser transportados por lugares donde escaseaban los caminos fáciles. A su regreso a Europa sirvieron para desarrollar pinturas de gran tamaño y asombrar por su sol detenido esos motivos. En museos y palacios berlineses cuelgan retazos de la naturaleza venezolana, trasladados al viejo continente por la mano maravillosa de este pintor biógrafo del bosque.

Ha pasado siglo y medio desde que el valle sanestebano impresionara los ojos cultos de los sabios. Cinco años después de la muerte de Bellermann (acaecida en Berlín en 1889), otro emocionado huésped del bosque, Hermann Karsten, publicó veinticuatro láminas que recogían la obra del pintor desde el punto de vista botánico: “Cuadros de Paisajes y Vegetación Tropical de la América del Sur”, que así se titula el libro de Karsten, clasifica las plantas reproducidas por Bellermann, cuyos trabajos sirven no sólo de motivo referencial, sino también de calificado muestrario de un empeño trascendente. “Botánico doblado en pintor”, lo definió un tratadista de su obra.

Bellermann escribió durante su travesía venezolana un libro de viajes. Allí anotó en palabras, lo que sus cuadros recogían. Enfrentó el paisaje de San Esteban, pero sus escritos sólo parcialmente han llegado a nosotros. Podrían servir entonces para redondear su función de biógrafo de la naturaleza, lo que escribiera sobre otro bosque cordillerano: “Una vez más - escribió Bellerann - disfruté de la vegetación tropical en toda su magnificencia. Secciones de bosques, como sólo las puede inventar un Claude o un Salvador Rosa, se ofrecen a la vista en gran diversidad. Y también aquel maravilloso contraste que forman palmeras, helechos arborescentes y bambúes contra los enormes cedros, higueras y cujíes. Lentamente gozando cada paso, cabalgué en silencio en medio del fresco aire matinal. La primera parte del camino más debajo de la hacienda  me llevó a través de la última y más interesante zona del bosque, cuyas frondas con frecuencia se unían sobre el camino como bóveda. Debido a lianas colgantes y bambúes, así como por las delicadas copas de las palmeras, las masas vuelven a alcanzar aquella deliciosa y casi grácil ligereza, por lo que no se puede ver un equilibrio de formas más hermoso”.

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