Cien años de soledad carabobeños

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Cuando vine a vivir a Valencia, a raíz de haber egresado de la Universidad del Zulia y entrar en la búsqueda de trabajo como nueva profesional, con esa sensación de salir de una Escuela de Letras y un taller de titiriteros, emprendiendo camino por predios desconocidos sin mucha visión de lo que encontraría, mi padre era el más preocupado por mi destino y tan pronto me empujaba a avanzar en lo desconocido, como intentaba llenarme de previsiones, que denotaban su natural angustia de cabeza de familia.

Llegué a vivir a San Blas, de donde papá tenía algunos recuerdos de su propia infancia; luego me mudé a El Trigal, y por mil vicisitudes de allí pasé a Naguanagua, donde el destino me ha llevado a ocupar dos ubicaciones distintas. Indudable es considerar que entre el Zulia y Carabobo, la idiosincrasia del venezolano enfrenta dos caracterizaciones radicalmente diferentes. Ya cuando la familia se trasladó de Caracas a Maracaibo vivimos una confrontación parecida, en cuanto a padecer de lo que algunos regionalismos aplican como conductas obligadas entre vecinos, para señalar algo parecido a la posesión de un retazo “avinagrado” de conductas, que sencillamente definen marcadas de territorio, semejantes a las de otros mamíferos del planeta tierra, y de las que los humanos no se escapan.

Cuando le hablé a papá de Naguanagua, a él le parecía insólito porque la recordaba como un lugar para temperar o pasar vacaciones. Yo tengo aún el recuerdo de los dos autobuses que tenía que tomar para llegar a la Universidad a dictar mis clases (dado que ya había ganado el concurso de rigor). Como iniciaba a las 7.00 am, venia casi dormida (y con miedo a estarlo) en ese asiento, sin percatarme demasiado ni de la distancia ni de la variedad del territorio.

Solía comer en el comedor de los universitarios, y pasar todo el día en Bárbula me conectaba profundamente con la vida de lo que la universidad significaba. Esa circunstancia crea nexos y afecto, y tengo recuerdos, algunos muy gratos de aquel tiempo de construcción de lo que entonces era escuela y pasó a ser la Facultad de Ciencias de la Educación.

Fueron tiempos en los que conocí a mucha gente que ya no está entre nosotros, como el profesor Ascander Contreras (de cuyo fallecimiento supimos hace poco) quien nos dictaba seminarios y charlas con muy buenos propósitos en términos de mejorar el sistema de convivencia universitaria. Recuerdo que inventamos unas jornadas de trabajo voluntario con los estudiantes ,con el propósito de mejorar el ambiente físico. Hacíamos bonitas convivencias con música y poesía, donde participaba mucha gente (me viene la imagen de Harry Almela, quien tampoco existe ahora, el querido Luis Díaz, a quien homenajeamos recién para recordar y brindar honores), recuerdo los intentos de comenzar con talleres literarios, por allí andaba Ramiro Meneses, cuya hija. Orimar, ahora también es alumna de esos grupos que coordino. Y ese larguísimo trayecto donde solo había monte, con muy pocas construcciones de Valencia a Naguanagua se fue transformando. Nacieron El Naranjal, La Campiña, y muchas otras posteriores. Naguanagua pasó a Municipio.

Son muchos los recuerdos en la construcción de una historia donde espacios, tiempo, personajes, circunstancias, emociones, encuentros y desencuentros se han producido.

Pero lo indudable es que ya todo ello forma parte irreductible del ser humano que hay en cada uno de los que aquí hemos vivido por tan largas estadías. Lo que nos involucra profundamente con su presente y su destino. Así se forman las afinidades, los afectos y los rechazos también. ¿Se podría escribir una historia al modo de Cien años de soledad En esta Naguanagua…? Es posible.

Laura Antillano

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