Circo

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Son un grupo pequeño. Impresionante, cada uno, por su tamaño, su musculatura, su naturaleza salvaje y,  aunque estén ya  sometidos al poder como si fueran simples gatos domésticos o de peluche, no deja uno de pensar en lo terrible que sería un ataque suyo en cualquier momento. Son seis tigres de verdad, con sus rugidos silenciados por el chasquido del látigo y la presencia del inmutable domador, que seguramente tiene una larga y bien lograda  experiencia en su oficio. Impresiona  con la naturalidad de sus movimientos. Y  al final se escucha un rumor de simpatía que crece y se expande entre el público cuando la voz del locutor del circo nombra a cada uno de los tigres y éstos atienen y obedecen al llamado y se retiran de escena con elegante mansedumbre. Una experiencia maravillosa.

Fue en el Circo de los Valentinos, adonde nos invitó y llevaron Laura y sus hijos, nuestros nietos. Una experiencia inolvidable que nos hizo (a los vejucos, por supuesto) regresar a tiempos inolvidables. Sentir la nostalgia de aquellos payasos que antes despertaban nuestras ganas locas de reírnos y que después retoñaron, como flores marchitas y serenas en su nostalgia, en aquellas Candilejas de Chaplin y  en el cine francés, y en Cantinflas y el miedo por la osadía casi sideral de los trapecistas y la risa multiplicada del público y el saberse, por un momento, niño viejo entre mayores que se comportan como niños cotufas, alegría, carcajadas a borbotones. El mundo era, en esos instantes, una cosa tan hermosa como estar de nuevo en aquel pozo del arcoíris que una vez dibujamos en sueños. Tanto así, que por un instante acariciamos la idea de pedir una ley que obligue a los gobiernos de todos los países del mundo a disponer de una partida especialmente para ofrecer gratis funciones de circo, durante todo el año, para los viejos que ya con el correr de los años nos vamos poniendo tristes y apenas recordamos, algunas veces, pedazos de sueño que se volvieron barcos rotos por la soledad si es tan fácil, sencillamente, ir al circo, comer cotufas, perros calientes, gritar y reírse como un niño. Y soñar, esa noche, con elefantes, magos, ancianos echadores de cuentos y dormir felices, felices, felices como el príncipe feliz que sale en todos los cuentos.

Gracias, Laura, por regresarnos un instante al espejo inolvidable de Alicia en el país de las maravillas. 

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