Anticoncepción, sexo y familia (I)

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Charles Baudelaire (1821-1867), el “poeta maldito” por excelencia, el vidente, iconoclasta y pionero tuvo una forma originalísima de ilustrar el vértigo que provoca la celeridad del cambio social, cuando escribió hace poco más de cien años que “las ciudades cambian más deprisa que el corazón de los hombres”. Pues bien, algo similar puede decirse  hoy de los impactos que las transformaciones científicas y tecnológicas han originado sobre la vida de las personas. A principios del siglo IXX,  cuando la biografía del hombre promedio era “corta”, pobre, mezquina y muchas veces cruel, los humanos duraban menos que las cosas materiales que usaban, como pailas, equipajes o camas, que se atesoraban para transmitirlas en inestimable legado de una generación a otra. Hoy, en cambio, la vida se ha hecho longeva, segura, aventajada y “civilizada”, por lo que todas las personas cambian de utensilios y pertenencias muchas veces a lo largo de sus vidas, reduciéndolos a la categoría de material desechable sólo apta para usar y desechar. Y nada mejor que esta imagen baudelairiana para expresar la metamorfosis radical que están experimentando las biografías humanas: ahora, en efecto, los estilos de vida cambian con mayor rapidez que la identidad de las personas. 

En el contexto de lo anterior, debemos subrayar que no es de interés del artículo señalar intensivamente el posible repertorio de innovaciones médicas y farmacéuticas que han estabilizado la salud, reforzando las defensas inmunológicas y prolongado la vida; pero si es de interés resaltar ciertos avances técnicos que han evolucionado los estilos de vida como por ejemplo: los anticonceptivos. 

Esos famosísimos anticonceptivos, han reestructurado por completo nuestra vida sexual, familiar, emocional y afectiva. Ello, dado que ha permitido desvincular sexualidad y reproducción, separando radicalmente dos actividades que antes se confundían e identificaban pero que ahora dan lugar a relaciones sociales completamente distintas. Y probablemente, su mayor efecto no haya sido el directo de reducir la natalidad impidiendo la concepción, sino el indirecto de redefinir cognitivamente la sexualidad. 

Hasta no hace mucho tiempo atrás, sexo era igual a hijos, lo que implicaba el riesgo de soportar una “costosa” carga familiar: de ahí que la sexualidad se identificase con miedo, peligro, vergüenza, deshonra y culpabilidad. Pero ahora ya no es así. Después de los anticonceptivos, sexo ya no es igual a hijos, y esto ha permitido no solo la separación entre sexualidad y reproducción, como hemos expresado,  sino que también, en consecuencia, la separación entre sexualidad y familia y, por supuesto, la  redefinición social de la sexualidad en términos lúdicos y positivos: placer, juego, aventura, seducción, erotismo; apareciendo así, lo que psicólogos y sociólogos denominan una “sexualidad plástica”, que tolera la promiscuidad, permite exhibir en público actitudes antes reprimidas y admite lo que ha dado por llamarse la diversidad sexual y de géneros.  

Director del C.U.A.M. Sede Puerto Cabello

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