Ética triunfal del ocio

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.La vieja ética del trabajo  -en estos  días y sin caer en las especificidades de nuestro país-  en el nivel mundial,  ha caído en  el descrédito para verse suplantada por la nueva ética triunfal del ocio consumista y hedonista.  

La reducción de la jornada laboral, ocurrida a lo largo del siglo pasado y que amenaza a éste, es uno de los cambios más drásticos que ha afectado nuestra vida cotidiana; pues, ha liberado crecientes disponibilidades de tiempo de ocio. Este cambio está causado  por el desarrollo tecnológico de la productividad y catalizado por la el nuevo modelo de la especialización flexible y  por el advenimiento de la sociedad postindustrial, basada en la tercerización, la globalización, la economía de los servicios y la revolución de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. 

Así, los días laborables se reducen a cuatro o cinco semanales y aumenta exponencialmente el tiempo dedicado a la velada y los largos fines de semana al recreo, la cultura, los espectáculos, las relaciones sociales o el consumo audiovisual. Es la apoteosis de la sociedad del espectáculo sometida al imperialismo mediático del denominado “show business”, donde el ciudadano se transmuta en miembro coral de un público de espectadores. 

De ahí que proliferen toda clase de ritos y rituales comunicativos y espectaculares, basados en los juegos de rol, la escenografía de los efectos especiales y la tecnología del “gadget”. Las industrias de belleza y moda; de joyería cosmética y perfumería; de sexo, futbol y música; o de adelgazamiento, fitness y deportes, proporcionan un ingente muestrario donde adquirir modelos conductuales de referencia, que generan identidad mimética y permiten ejecutar representaciones escénicas. Así es como los nuevos estilos de vida se difunden y contagian por toda la red mediática y audiovisual a la misma velocidad que se inventan o improvisan, cruzándose entre sí mediante fórmulas mixtas hechas de promiscuidad, hibridación y mestizaje que convierten a los nuevos paisajes urbanos en un espectacular rito de carnaval.

Ahora bien, todos estos rituales amenazan siempre con convertirse en compulsiones voraces, induciendo en sus víctimas una adicción invencible. Ante todo se presentan como las sirenas a Ulises, convertidas en atractivas tentaciones que seducen con su promesa de transgresiones liberadoras. Pero una vez saboreado su encanto, te atrapan sin remedio al modo de los juguetes que abrazan los niños para suplir a sus mamas; a modo de juguetes refinados o espejismos sensuales que subyugan por sorpresa a sus desprevenidos espectadores. Así es como se crea primero y se refuerza después una dependencia emocional de los rituales compulsivos, que se convierten en ventajosos sustitutos de los cordones umbilicales que vinculan a los fetos con sus madres.  

Ya no se trata sólo del tabaco, el alcohol y las drogas; puesto que, a todas estas sustancias tan mágicas como peligrosas, hay que añadir ahora las demás conductas adictivas inventadas por la permisiva civilización del ocio. 

Director del C.U.A.M. Sede Puerto Cabello

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