La tolerancia, camino a la paz

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La historia de    la humanidad transcurre entre numerosos ejemplos de intolerancia, en los que se resalta el egoísmo, la rivalidad y la lucha por imponerse sobre los demás. Estas actitudes del hombre, en su naturaleza básica, desapegada de Dios, ha ocasionado episodios dramáticos en esa historia, que advierten sobre la necesidad, no solo de reflexionar sino de dar una vuelco completo a nuestra actitud de imponernos por la fuerza sobre las ideas y prácticas de los demás, haciendo énfasis en las diferencias y no en los aspectos comunes que nos convocan a la unidad de propósito y de acción hacia un mejor y más excelente futuro.

Si hacemos depender de la fuerza y violencia los cambios que queremos gestar, las buenas intenciones, una vez más, solo se convertirán en acciones prejuiciadas y dañinas sobre nuestro entorno, bien sea familiar o nacional. 

Es así, cuando al observar matrimonios hundidos en el fracaso, familias disfuncionales, sociedades en conflicto, evidenciamos un origen común: la falta de tolerancia para conciliar las diferencias y poder enrumbar por caminos de éxito, amor, justicia y verdad cada área de nuestra vida, no solo esperando recibir, sino dándolo todo por amor, para caminar juntos hacia un nivel supremamente mejor.

La tolerancia, entonces, procede del respeto, dos valores fundamentales, que junto al amor y la renuncia a nuestro egoísmo, posibilitan el camino de la convivencia pacífica entre personas y grupos. Ello hace que las diferencias se diriman en paz, entendiendo que, aunque seamos diferentes, nos necesitamos en una relación recíproca para alcanzar propósitos comunes, bien sea como familia o país. Es imposible pensar en una sociedad que prosiga hacia su desarrollo integral, cuando alguna de sus partes queda rezagada a causa de la intolerancia de la otra. Por ello, superar las dificultades y aceptar las diferencias, en amor, para impulsar juntos un mejor futuro para el país se hace necesario hoy por hoy.

Este valor parte del reconocimiento y respeto de las diferencias, no como aspectos irreconciliables del complejo de relaciones que existen en nuestras vidas, sino como la más valiosa oportunidad de que esas diferencias nos puedan potenciar como personas y sociedad, haciendo que cada cualidad, aunque sea diametralmente opuesta a la mía, sea una expresión que ayude a levantar un mejor futuro, de manera unánime, para ese entorno en el que cada uno se desenvuelve. 

Jesús, su mensaje y conducta son el mayor ejemplo de tolerancia que podemos levantar como referente. Jesús nunca impuso sus ideales y aunque fue fiel hasta la muerte a cada uno de ellos, nunca le impuso a nadie, ni a sus más cercanos seguidores, su forma de pensar ni conducta. Aun en medio del más hostil escenario, como fue el de su muerte, rodeado de injusticia y contradicciones, nunca usó de violencia o agresividad para demostrar la validez de sus palabras o forma de obrar. Por ello, desde la cruz, pudo rogar a Dios con amor respecto a sus verdugos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. ¡Qué gran ejemplo de tolerancia!

Jesús rompió todo esquema, hasta el punto de dividir en dos el sistema cronológico de nuestros tiempos. Él vino a hacer ver la igualdad de un pueblo sin distingos, a rescatar al mundo del desamor. Y allí tenemos que poner la mirada, se trata de rescatar a través de Él el respeto los unos por los otros y entender que unidos somos más fuertes que separados, y que es mejor hacerlo con Jesús, que sin Él.

El asunto no es qué tan diferentes seamos, sino de cuánto amamos lo que nos une. A una familia le une el futuro de su matrimonio y el de sus hijos; a cada ciudadano de este país, le une el futuro de su nación, por ende, de toda su vida, familia y comunidad. ¿Cuánto amamos a nuestra familia? ¿Cuánto amamos a nuestra nación y qué futuro queremos construir para ella? En la medida de ese amor, será nuestra renuncia a todo egoísmo, y en la misma dimensión será nuestra capacidad de tolerarnos. 

Jesús y su mensaje están vigentes hoy más que nunca, para llegar a nuestros corazones y producir los cambios que ameritamos, llenarnos de paz y amor, para llevarnos por el camino de la tolerancia, y con ello, a una convivencia de paz, en la que las diferencias no sean excusas para vivir en conflicto, sino que sean medios para propiciar un genuino desarrollo, al que todos estamos convocados a construir.

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