Sobre el dolor de no ser

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No me referiré al “dolor de no ser santos” propia de la poesía de Ernesto Cardenal. Más bien comentaré el “dolor de no ser” anglosajón, verdadera estructura de sentimientos detrás de la fachada de lo que pudiéramos denominar “pensamiento de la derecha latinoamericana”. 

 Sostengo que la derecha criolla y, por extensión, latinoamericana, es inversa de la derecha europea, norteamericana o hasta japonesa. Mientras aquellas son exageradamente orgullosas de su gentilicio, racistamente ultranacionalistas, chauvinistas para más precisión; nuestra derecha parte del sufrimiento o la vergüenza de haber nacido por estos lados, de tener en sus genes esta mezcla sabrosona que nos caracteriza. Se entiende que las derechas europeas, norteamericanas y japonesas sean chauvinistas, porque sustentan sus designios de dominación mundial: el imperialismo inglés, francés, belga, el nazifascismo o esa vocación intervencionista de los Estados Unidos que tantas “amenazas extraordinarias e inusuales” ha inventado para soltar un chorro de bombas por todo el planeta. Por el contrario, nuestra derecha (insisto en que es nuestra para que les duela) si alguna cosa ha justificado, ha sido precisamente esos comportamientos de los imperios. Mira tú, qué complementariedad.

 Creo que el gran pensador de la derecha latinoamericana es un venezolano, Carlos Rangel; muy superior a ese segundón, muy bueno como escritor de novelas y ensayos literarios, pero que no logra perfumar con su prosa esas heces ideológicas que suelta por ahí cuando se sale de la ficción y hace política. Por supuesto que me refiero a Vargas Llosa. Después de él, varios pisos por debajo de él, hay toda una corte de escribidores, cuyos libros se consiguen en una librería con nombre de tortillas mexicanas fritas, que no pasan de glosar con dificultad las ideas ya definitivamente desarrolladas por Rangel hace unas décadas. 

 Pero ya basta de vueltas. Puntualicemos la esencia del pensamiento de derecha sistematizada y desarrollada por Carlos Rangel. Al punto, remito al lector interesado en estas ociosidades, a dos libros “Del buen salvaje al buen revolucionario” y “El tercermundismo”. Allí está todo. En primer lugar, somos pueblos fracasados; y ese fracaso es ontológico, propio de nuestro ser, porque su raíz está en los conquistadores españoles. Otro gallo cantaría si hubiésemos sido colonizados por la Inglaterra protestante. La Corona española envió a estas tierras lo peor de peor de sus hediondas prisiones: sádicos, asesinos, tramposos, psicópatas, tan bien analizados por Herrera Luque. El fracaso se confirma por la mezcla con una raza perezosa, la indígena, y otra brutal, la africana. De nuevo viene la queja y la comparación con Estados Unidos. Allá simplemente exterminaron a los indígenas, reduciéndolos a esos campos de concentración llamados “reservas”. En cuanto a los negros, todavía los están matando por ahí, aunque lleguen a ser presidentes, siempre y cuando atiendan las órdenes del complejo militar-industrial-financiero. Eso no lo dice Rangel, porque se suicidó hace años, y no vio ese prodigio de Obama.

  De esa mezcla de fracasos, surge un revoltijo de soñadores inútiles, de habladores de paja y, sobre todo, de resentidos envidiosos. Porque eso es lo que es el grueso del pensamiento latinoamericano: nuestra envidia y resentimiento por el éxito anglosajón. Ahí cabe todo: desde la desconfianza de Bolívar hacia los Estados Unidos, los gestos ridículos y siempre grandilocuentes de una partida de tiranos morbosos como Cipriano Castro, Augusto César Sandino, Perón, Allende, ese monstruo llamado Fidel, Chávez, Maduro, Evo, Correa, Lula, Ortega, los ensayos de Martí, Rodó, Rubén Darío, etc. Todos ellos son el motivo del fracaso; ocultan que nosotros tenemos la culpa de tantas invasiones, bombardeos e intervenciones; de tantos saqueos, de tanto traidor comprado, de tanto dictador (”males menores”) como Pinochet, Somoza, y otros “son of a bitch” pero “ours”. En fin, somos culpables de nuestra tragedia de no ser anglosajones.

  Lo peor es que incluso la imagen del “buen revolucionario” es europea. Para Rangel la izquierda latinoamericana ni siquiera es original en sus ídolos. El Che es lo que es, por la bendición de Sartre, de los intelectuales europeos, culpables al final de nuestra “perfecta idiotez”.

 Como Masó, ojalá ciertos escribidores de derecha leyeran a Rangel. Por lo menos subirían un poquito de nivel.

Doctorado Ciencias Sociales UC

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