Cómo el país más rico del mundo se convirtió en el más infeliz

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Redacción especial, 03 mayo 2014.- Gracias a su gas y su petróleo, Qatar se convirtió en el país más rico del mundo, pero esa riqueza quizá no haya alcanzado para alegrar a loa cataríes.

“Nos hemos vuelto urbanos. Nuestra vida social y económica ha cambiado, las familias se han separado y la cultura del consumo ha ganado terreno”, dice Kaltham Al Ghanim, profesor de sociología de la Universidad de Qatar.

La web BBC Mundo afirma que, la que fuera una nación extremadamente pobre hace un siglo, se ha vuelto el país más rico del mundo, con un ingreso per cápita de nada menos u$s100.000.

Doha, la capital de Qatar, es un sitio en construcción. El país dispone de u$s200.000 millones para gastar en estadios e infraestructura de cara al Mundial de Fútbol de 2022.

Lo que fuera una costa totalmente plana, hoy en día se encuentra en plena obra o a mitad del proceso de demolición.
Según los medios locales, el 40% de los matrimonios llegan al divorcio. Más de dos terceras partes de la población -niños y adultos-son obesas.

Educación y medicina gratuitas, trabajo garantizado, subvenciones para la compra de viviendas, ninguna cuota por el agua o la electricidad son algunas de las ventajas de los cataríes, aunque, resalta el medio, la abundancia les trajo problemas.

“Es desconcertante para los estudiantes que se gradúan enfrentarse con 20 ofertas de trabajo. La gente se siente muy presionada para tomar la decisión correcta”, cita el medio a un académico del campus universitario de Qatar.

Además, los mejores trabajos terminan en manos de los extranjeros, indican los residentes de larga data en el país, donde los inmigrantes superan en 7 a 1 a los cataríes.

Niñeras traídas de Filipinas, Nepal o Indonesia se encargan de criar a los niños en Qatar, lo que hace que la brecha cultural cada vez sea más amplia entre las distintas generaciones.

“Es doloroso perder la intimidad familiar. Antes podías ser rico si trabajabas, y si no lo hacías, no. El gobierno está tratando de ayudar, pero las cosas están cambiando muy rápido”, dice Umm Khalaf, una mujer de unos 60 años, a BBC Mundo.

Un antropólogo estadounidense citado por el medio resume lo que pasa en el país: “Tengan un poco de solidaridad con los cataríes. Han perdido casi todo lo que les importaba”.

Bajo la mirada del mundo

En la polvorienta planicie del oeste de Doha, en Umm Al Afai -conocido como el lugar de las serpientes- Ali al Jehani me convida una taza de leche de camello recién ordeñada.

“Antes podías ser rico si trabajabas y si no lo hacías, no”, me cuenta mientas saborea un dátil. “El gobierno está tratando de ayudar, pero las cosas están cambiando muy rápido”.

Otros coinciden en que los políticos han perdido el contacto con la gente, sobre todo en temas vinculados a los esfuerzos -que algunos consideran corruptos- para que el Mundial 2022 se haga en Qatar, y se inquietan ante la atención inesperada de los medios por los escándalos en torno a la construcción de los estadios.

La periodista Mariam Dahrouj se ajusta su velo mientras me habla de los temores de la gente.

“La gente en Qatar tiene miedo”, cuenta. “De repente todo el mundo quiere vernos. Somos una comunidad cerrada, y quieren venir con sus diferencias. ¿Cómo podemos nosotros expresar nuestros valores”.

La sociedad catarí está definida por clases, asociadas generalmente a la raza. Es extremadamente desigual.

Si se restablece el equilibrio -como por ejemplo, aboliendo el sistema conocido como kafala, por el cual los inmigrantes trabajan en situación de casi esclavitud, u otorgando la ciudadanía catarí a los inmigrantes- muchos temen que se erosionen la estabilidad y los valores culturales.

Pero la estabilidad aquí ya no es tan sólida y los valores están variando.

A medida que las relaciones regionales con Arabia Saudita y otros vecinos se desmoronan y los corrosivos temores por el impacto del Mundial -para el que aún faltan ocho años- se contagian entre los cataríes, el gobierno puede verse bajo presión para iniciar reformas.

En el mercado de Souk Waqif la gente disfruta de la cálida noche. El mercado es una réplica. El original fue derribado hace una década y reconstruido para parecer antiguo.

Es el único mercado que conozco donde los hombres andan con palas y escobas: aquí la limpieza es otra obsesión.

“Tengan un poco de solidaridad con los cataríes”, me dice un antropólogo estadounidense que ha vivido por años en Doha. “Han perdido casi todo lo que les importaba”.

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