Cronicando

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A veces, verdaderamente, le provoca a uno meterse, como dice la gente, a “rajuñar” papeles y ponerse a escribir historias, o crónicas, o poemas, o lo que sea, pero  no es tan sencillo.  Recuerda uno a amigos como  Efraín Inaudy Bolívar,  Eduardo Arroyo Alvarez,   Guaramato   (Oscar, el de “La Niña Vegetal”, que realmente existe y es una belllísima doctora),  Aníbal  Nazoa, , Felipe Herrera Vial, José León Tapia, el “Chino” Valera Mora, Servando Garcés   y otros cuantos ya idos, y se da cuenta de que es algo muy hermoso, pero en honor a la verdad, muy difícil.  A algunos (como los mencionados, por cierto)  en su vida  la poesía y la crónica les florecían  como el mastranto  en  el llano, y  tal vez hasta sin darse cuenta de ello,  hablaban en poesía, en crónica, en filosofía o sabrá Dios en qué idioma.  Y además de ello, ¡gracias a Dios! eran tan humildes que ni siquiera se daban cuenta de ello o simplemente no le daban importancia por considerarlo una tontería.   Yo recuerdo, por ejemplo, que una vez en  el  Ateneo de Guanare,,  Pedro León Zapata y Aníbal Nazoa dictaban una conferencia sobre un tema de historia y  un  señor  bien intencionado por la forma como actuó, les preguntó muy sincera y seriamente:  “¿Cómo creen ustedes , realmente, que debe escribirse la historia?”  y Aníbal,  con toda seriedad, le respondió: “En mi caso, yo sinceramente, prefiero usar una máquina de escribir”, lo que remató Zapata diciendo: “Y si es eléctrica, mejor”. No había mala intención ni en la pregunta ni en las respuestas, y los escritores también celebraron la salida como algo normal, agradable… porque, déjenme decirlo, también hay “intelectuales” (así, entre comillas) que son muy delicados y se sienten en un trono, como intocables… y eso, sinceramente, además del  miedo que  produce, también da piquiña.

Recordaba eso, precisamente,  en días pasados, cuando Tomás Cabrera me invitó a escribir un pequeño texto para celebrar a esta Valencia tan mía y tan de mi familia como de Dios, y entonces, emocionado,  le expresé mi  gratitud y le ofrecí  hacerlo complacido y por mandato del  corazón.  Digo yo,  como dicen mis nietas  Blay y  María Laura.  

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