Cuando el inglés usurpa la riqueza léxica del español

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Redacción Internacional, 27 abril 2014.- Se avecinan tiempos muy duros para los puristas del castellano. Los tañidos de esas barbáricas generadoras de neolengua llamadas redes sociales son ya demasiado ensordecedores como para obviarlos. Hágase un «selfie». Diga no al «fracking». Disfrute de un masaje con «happy ending». Trabaje como «community manager».

¿Pero qué somos, acaso portorriqueños del Bronx? Los que, desde hace años, tuercen el rictus al escuchar frases tan pobladas de anglicismos como «el crack decidió el derby con un penalty cometido tras un corner y se pone líder» no pueden permanecer «aequo animo» ante la próxima edición -la vigésimotercera- del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), si las puertas de nuestra lengua ceden a la entrada de términos como los anunciados «dron» o «jonron».

La edición anterior, de 2001, ya dio cobijo, por primera vez en su historia, a 222 términos extranjeros, inscritos en su grafía original. Juan José Alzugaray advirtió hace unos años, en estas mismas páginas, del veneno que andábamos inoculando al castellano. Un análisis a los extranjerismos (calificados de «polizontes» por Alzugaray) añadidos entonces revela que un 71 por ciento procedía del inglés, un 18 por ciento del francés y un 6 del italiano.

Habla la Academia

Otros trabajos, como «El anglicismo en la lengua española», una tesis presentada en la Universidad de Brno (República Checa) por la doctoraMarkéta Novotná en 2007, afirma que del Gran diccionario de uso del español actual, «hemos extraído 407 anglicismos». ¡Cuatrocientos siete! Existe además otro dato perturbador. La letra del diccionario que tiene más posibilidades de incluir anglicismos es la S, que acogía 71 de los 407. La vía para introducir el aborrecible «selfie» en nuestro diccionario está, como veremos, calculadamente pavimentada.

Acudimos a la Real Academia Española preguntando si la próxima edición del DRAE seguiría con esta tendencia de sustituir las palabras que se irán del diccionario (como bajotraer o fenicar) por nuevas fatuidades bárbaras como «czarda» o «gin-fizz», incorporadas en la penúltima edición.

Nos recibe su secretario, Darío Villanueva, que confirma que «habrá un incremento, porque en estos 13 años se han ido incorporando palabras procedentes del inglés que tienen mucha presencia. El inglés ganó la Segunda Guerra Mundial y sustituyó a otras lenguas de referencia como el alemán en la ciencia o el francés en la diplomacia». La RAE, explica Villanueva, se constituyó en 1713, en parte, porque había un grupo de personas preocupadas por la influencia del francés, predominante en aquel momento por razones culturales pero también políticas y militares. «Esa preocupación también se manifiesta en lasCartas Marruecas de José Cadalso, donde se critica mucho el afrancesamiento del habla en la aristocracia. Algo parecido pasa ahora con el inglés».

Estriptis

Entre los nuevos anglicismos crudos, esto es, expresados en su pronunciación y grafía original, que la próxima edición del diccionario incluye está «parking». «Aquí, los españoles tenemos la culpa de abrirnos excesivamente al inglés, a diferencia de lo que ocurre en América», explica el secretario, «allí, en la mayoría de países se utiliza aparcamiento, aparcadero, incluso playa».

En un país donde casi todo el mundo dice «parking» e incluso los aparcaderos rotulan sus propios establecimientos como «parking», los académicos tienen que plegarse a la realidad. «La lengua es propiedad de quienes la utilizan», resume Villanueva. En la 23ª edición también habrá anglicismos adaptados, como estriptis.

Para decidir sobre la inclusión de un nuevo anglicismo en el diccionario, los académicos utilizan criterios de uso y vigencia, amparados empíricamente por la asistencia del Instituto de Lexicografía y por un programa informático, Corpus del Español del Siglo XXI (CORPES XXI), al que incorporan cada año 25 millones de formas, no de palabras, sino de realizaciones de las palabras del español, tomadas de la literatura, prensa, ciencia, política o economía y procedentes, en un 70% de América y Filipinas y un 30% de España.

«Tenemos una base de datos de 300 millones de formas, que quiere decir que cuando discutimos cualquier palabra tenemos un acopio de información sobre ella». Los académicos saben cuándo entró la forma, por dónde, con qué significado, si se mantuvo o se modificó… «Por tanto, las decisiones nunca son caprichosas, sino objetivas», dice Villanueva.

Además, antes incluso de decidir, el extranjerismo debe superar un periodo de cuarentena en nuestra lengua «que situamos en torno a cinco años, aunque tiene sus excepciones, porque a veces entran palabras y nos damos cuenta que no se van a ir porque responden a algo inexorable. Ocurre a menudo con la tecnología», dice el secretario de la RAE. Pero hay que decir que la RAE no actúa de manera mecánica, «porque entonces no sería necesaria la academia, tendríamos un programa especial que incluyera palabras al cumplir unos parámetros», dice Villanueva, «en la última valoración que se hace por parte de la academia intervienen factores decontextualización cultural o pragmática: es la parte más creativa de nuestro trabajo».

Hablante sin cosmopolitismo

Aunque esta variedad del español, basada en asimilar anglicismos, no sea académicamente prestigiosa, en la práctica, no emplearla señala al hablante como un descastado, ausente de cosmopolitismo. En realidad, todo se basa en lo que la sociolingüística llama «prestigio encubierto», algo que acompaña al hombre «ab aeterno», como constata el Antiguo Testamento, «Libro de los Jueces», capítulo doce, versículos cinco y seis:

«Y así, los galaaditas se apropiaron de los vados del Jordán que habían sido de la familia de Efraín. Y cuando los efraimitas que huían querían cruzar el vado, los de Galaad les preguntaban: “¿Eres efrateo?” Si respondían que no, les pedían que dijeran “Shibolet”. Y si el fugitivo decía “Sibolet”, porque no podía pronunciar esa palabra correctamente, le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán».

Ah, los dichosos extranjerismos. «Nihil novum sub sole».

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