Dalí y Gala, historia de dos matrimonios (Fotos)

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Redacción Internacional, 08 agosto 2014.- Fue un 8 de agosto, un día como hoy y se puede suponer que como todos los 8 de todos los agostos, cuando Salvador Dalí se casó católicamente con Gala, su musa y la mujer cuya presencia vincula la vida y obra del creador catalán. Fue en Vilà Torrent, Gerona, en 1958. Lo cierto es que, en la práctica, la pareja ya lo era desde otro agosto –corría 1934 y la ciudad fue París– o cuando el ayuntamiento del XIV arrondissement les administró un sí republicano, tricolor. Se habían conocido (también) en verano –Cadaqués, la Costa Brava, 1929– y aquel año de shocks bursátiles trajo así otro seísmo, esta vez sentimental, que acompañó al pintor hasta su muerte.

La pareja en una imagen de 1935

Dalí y Gala junto al matrimonio Disney en 1957

Imagen de la pareja en 1980

Ella había sido mujer de Paul Éluard, el poeta. Nacida en Kazan (Rusia) como Helena Diakonova, Gala conoció a Éluard en una muy secular clínica para tuberculosos, cerca de Davos e, inevitablemente, de sus montañas mágicas, los alpes suizos. Se casaron un año más tarde, a mediados de febrero de 1917 y cuando sólo hacía tres meses de la mayoría de edad del jovencísimo Paul. Después Éluard, que ya era poeta pero no ejercía, se ligó al dadaísmo y sus desviaciones surrealistas para impulsar una obra militante que, veinte años más tarde, bajo la ocupación y junto a la pluma de Louis Aragon, le valió la condición de autor oficial de la resistencia.

Antes, Gala se había ido. Fue amiga y luego amante del pintor alemánMax Ernst pese a todavía compartir techo con Éluard –el riguroso sentido de la libertad no sólo afectaba al lenguaje– y, en el verano de 1929, junto a su marido, Magritte y Buñuel, y durante un viaje a Cadaqués y Figueras, residencia familiar de los Dalí, Madame Éluard supo que dejaría de serlo. El pintor, que ya incubaba bigote, era virgen y –confesó a menudo– se temía homosexual.

París, Nueva York, Port Lligat

Cinco años después, el flechazo se tradujo en unión civil y la pareja se instaló en el estudio que el pintor poseía cerca del parque de Montsouris, al sur del círculo metropolitano de un París atravesado por el ya algo sordo rumor de los ismos. Dalí empujó su carrera desde los antros y subterráneos cafés de una ciudad que, en el reducto surrealista de Montparnasse, dio sentido al término mundano. Aquel primer artista, ante la permanente mirada de una Gala que pronto asumiría tareas de musa y agente y no siempre en este orden, se codeaba con la alineación titular de la vanguardia. Con Tzara y Ernst, con Ray o Breton.

Y Gala seguía allí, junto a él y junto a tantos otros. Era el principio de una tortuosa relación cuya clave reposaba sobre la fascinación que ejercía Gala sobre el de Figueras y la fascinación que los demás ejercían sobre Gala, que coleccionó amantes mientras el pintor comenzaba a parecerse a su obra –y su obra a Dalí. Diez años mayor que él, la rusa era el producto de una educación esmerada; y recitaba con soltura a Baudelaire, a Apollinaire, para a menudo jactarse de un explosivo talento sexual: fue la novia de una vanguardia. Entretanto, devorado por el éxito del catalán, el matrimonio inauguró un puente aéreo entre París y Nueva York, donde la Norteamérica del asombro dedicó su ovación a Dalí. Y en el ínterin la huida, la Guerra de España y la oscura marejada política de un continente sombrío que sólo inquietó al pintor –se deprimió brevemente– cuando aGarcía Lorca lo mataron en Granada.

Fueron ocho años en Nueva York, y luego y de nuevo París, el regreso a la España franquista, a la cabaña que se transformó en villa con piscina cerca de Port Lligat –la pareja se hizo con ella durante el precario despegue del pintor– o la sosegada madurez catalana junto a la enigmática Gala, resuelta a no envejecer. A finales de los sesenta, Dalí, que fue muchas cosas y siempre excesivo, le prometió a ella un castillo. Y Gala tuvo así el suyo, el de Púbol, sobre la planicie del Bajo Ampurdán, del valle del Ter. Allí, al otro lado de las almenas, sería enterrada ella, en una cripta excavada bajo los húmedos pilares de la fortaleza. Dalí, serigrafiado en icono pop y carne del primer marketing, se refugió de la tramontana entre los muros de Púbol hasta 1986. Murió en Figueras tres años más tarde, casi un fantasma de su propio museo.

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