"Desarticulación de ataque golpista"

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¿Por qué ya no nos alarmamos cuando oímos hablar de golpes, golpismo y golpistas? ¿Será porque llevamos dieciséis años oyendo hablar a los golpistas de los golpistas y la cantaleta ya nos fastidia? ¿Será porque ya no creemos que un golpe de estado sea posible? ¿Será porque no creemos en nada y en nadie? ¿O será porque nos resulta tan despreciable un golpe que no queremos saber de eso? Porque si de algo estamos seguros la mayoría de los venezolanos es que no existe cosa tal como “golpes buenos” y “golpes malos”. TODOS los golpes de estado son malos… cuando son reales.

¿Es normal que no nos alarmemos? Es mal síntoma no alarmarse por eso. ¡Pero es que ya no nos alarmamos por nada! Así de maltrecha está nuestra sociedad.

Lo mismo sucede con los “intentos de magnicidio”. Desde tan temprano en su mandato como 1999, Hugo Chávez denunció más de veinte conspiraciones para matarlo, y que yo sepa, nunca se supo quiénes estaban detrás de ninguna de ellas, no hubo imputados y mucho menos, presos. En un hombre que demostró ser implacable con sus enemigos, resulta curioso, por decir lo menos, que no haya destinado expertos y recursos para que llegaran al fondo de todas esas situaciones. ¿Cómo creerle entonces? Cada nuevo intento que anunciaba generaba más suspicacias y risas que preocupación, incluso entre sus seguidores. Recuerdo que un chavista rajado que conozco me dijo un día que le pregunté por qué esas denuncias no terminaban en nada, “lo que pasa es que Chávez está paranoico”.

 Siempre los implicados se escapaban (lo que deja muy, muy mal a los cuerpos de seguridad del Estado), o no había pruebas, o simplemente, el magnicidio desaparecía ante algo más escandaloso (a estas alturas, ya ni siquiera por algo escandaloso).

Esto me lleva a pensar que tales golpes de estado e intentos de magnicidio fueron potes de humo, trapos rojos, elementos distractores para desviar la opinión pública hacia otros temas. Y Nicolás Maduro ha seguido al pie de la letra la receta de su antecesor. Ya ha anunciado varios magnicidios frustrados e intentos de golpe. El último, apenas hace cuatro días. Resulta peculiar, empero, que si había un golpe de estado en marcha, Maduro hubiera estado manejando un Metrobús por La Pastora. ¿Cómo iba a estar el presidente de la república manejando un autobús mientras estaba en marcha un golpe de estado? ¿No era lógico que se hubiera ido a Miraflores y convocado un Consejo de Ministros urgente? ¿No ha debido militarizar la ciudad, acuartelar a los soldados, no sé qué, pero algo más creíble? Honestamente, me da mucha más rabia que piensen que soy tan idiota como para creerme la mentira, que en sí mismo, el que me digan mentiras.

La noche de la supuesta intentona, Maduro se reunió con unos jóvenes para inaugurar obras para la comunidad. Antes de ir, ofreció por Twitter “informar sobre el ataque golpista”. Apuesto a que no para en nada, así como no pararon en nada ninguno de los anteriores.

El supuesto y frustrado golpe se dio ¡qué casualidad! el 12 de febrero, aniversario de las trágicas protestas estudiantiles. El mismo día en que el dólar oficial SIMADI -ya no según el vituperado DólarToday, sino según el mismísimo Banco Central de Venezuela- alcanzaba los Bs. 170: la astronómica cifra de 334% de devaluación. ¡Hay que tapar la devaluación de cualquier manera! Ya no queda mucha gente que crea que el “dólar del pueblo continúa a Bs. 6,30”. Por eso hay que inventar, distraer. Circo y más circo porque ya no hay pan. El supuesto y frustrado golpe se dio también en medio de la inflación más alta en dieciocho años, para no hablar de los vaticinios que la sitúan en tres dígitos para este año. Y también en medio de las -aunque solapadas- colas, donde entre quejas, insultos, empujones y hasta pescozones, se ha perdido la cordialidad del venezolano.

De manera que aquí estoy sentadita, esperando una nueva “desarticulación” de un nuevo golpe de estado, llena de tristeza por los muertos de hace un año, por los heridos y presos de hoy y 334% más pobre que ayer.

 

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