Disturbios hacen descarrilar el tranvía de Jerusalén, símbolo de convivencia

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Jerusalén, 21 septiembre 2014.- Cuando se inauguró hace tres años, el tranvía de Jerusalén prometía convertirse en símbolo de convivencia o al menos, de coexistencia pacífica entre judíos y palestinos, pero recientes disturbios han echado por tierra ese sueño. 

Unos 140.000 pasajeros se subían al tranvía cada día desde que echó a rodar en el otoño de 201 y en el mismo vagón se podía ver a judíos ortodoxos y seculares junto a palestinos, turistas o sacerdotes cristianos, en fin, una representación del diverso mosaico cultural que puebla la ciudad tres veces santa. 

Hoy, el tranvía sigue siendo un popular medio de transporte, pero cuando atraviesa zonas palestinas parece más bien un tren fantasma, pues el recelo muto ha encontrado su lugar. 

Desde julio pasado, cuando se inició la ofensiva militar israelí en Gaza, los incidentes violentos protagonizados por jóvenes palestinos contra vagones, paradas y mobiliario urbano se han incrementado de manera exponencial, al igual que las agresiones, insultos y pintadas racistas, escupitajos o miradas de sospecha por parte de judíos hacia los árabes. 

"En los últimos dos meses se han registrado al menos 95 ataques con piedras, cada uno de los cuales provoca destrozos a ventanas, puertas, catenaria o máquinas expendedoras de billetes por valor de medio millón de shékels (106.275 euros)", explicó a Efe Ozel Vatick, portavoz de la empresa que opera el tren, CityPass. 

El responsable señala que los disturbios han reducido en un 20 por ciento el número de viajeros y que, a partir de las paradas en barrios árabes como Shuafat o Beit Hanina, los vagones van prácticamente vacíos. 

Su trazado cubre los 13,8 kilómetros que separan el Monte Herzl, en el oeste de Jerusalén, del asentamiento judío de Pisgat Zeev, en la parte oriental palestina. 

Un recorrido en línea con la política israelí de considerar a Jerusalén capital "eterna e indivisible" y a los asentamientos judíos "barrios", que contraviene el derecho internacional y aleja la aspiración palestina de establecer la capital de su Estado en la parte oriental, ocupada por Israel desde 1967. 

Los 45.000 vecinos de Pisgat Zeev se desplazaban al centro de la urbe y regresaban de ella en el tranvía, pero a raíz de los ataques suelen bajarse de los vagones antes de aproximarse a las áreas palestinas y toman un autobús, refiere Vatick. 

"Desde julio pasado se han registrado decenas y decenas de ataques como lanzamientos de piedras, cócteles molotov, quema de estaciones, y no sólo contra el tranvía, sino severas violaciones del orden", confirma la portavoz de la Policía israelí Luba Samri. 

La agente habla de que estos actos de vandalismo han conducido a decenas de arrestos y consiguientes imputaciones de residentes. 

Muhamad Abu Jedeir, vecino de Shuafat y primo del adolescente capturado y asesinado el 2 de julio por radicales judíos, detonante del actual clima de tensión, cree la Policía lleva a cabo una campaña de intimidación para impedir que se produzcan altercados. 

"La Policía nos está acosando, esto es ridículo. Cada día hay algo nuevo, arrinconan a la gente, paran a los jóvenes, miran qué llevas en las bolsas de la compra", se queja observando el lugar donde antes había una parada y hoy queda un aislado poste que señala el emplazamiento. 

Abu Jedeir describe que tras el fallecimiento de un joven de 16 años hace dos semanas, numerosos agentes acudieron al barrio "para asegurarse de que no íbamos a empezar nada". 

Junto él, una losa sobre un pedestal de piedra recuerda el asesinato de su primo, una estructura que mira al tren y se encuentra a pocos metros del lugar donde fue secuestrado. 

"Todavía hay 25 personas de mi familia detenidas sin cargos. La gente está muy enfada", arguye aludiendo al sentir popular en este barrio palestino. 

Los residentes que cogen el tren, tampoco lo hacen como antes y muchos dicen sentir miedo y extreman las precauciones como no hablar entre ellos en árabe o mantenerse juntos. 

De momento, la empresa que opera el ligero no tiene planes de reparar el inmobiliario destrozado o quemado, sino que espera a que se reduzca la tensión para garantizar la supervivencia del mismo. 

"Nadie sabe qué pasará, pero sería mejor si lo quitaran de aquí. Nos quitaron toda esta tierra y nos están confiscando más para construir una nueva carretera. Si no reconstruyen la parada y se la llevan a otra parte a nosotros nos da igual", concluye con desdén Abu Jedeir. 

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