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Columnistas del día

domingo, 01 de octubre de 2017

Doble play (125554)

(Notitarde/Raul Galindo Galian)

Doble play (125554)

Julio Castillo

En los primeros meses del año, cuando las calles de Venezuela se llenaron de compatriotas hastiados del gobierno de Maduro y, cuando pensábamos que con nuestra fuerza sobre el asfalto, con el heroísmo, la sangre y el sacrificio de tantos muchachos íbamos a desalojar la satrapía del poder, tuvimos que lidiar con muchos criticones de poltrona, guerreros del teclado que exponían los más variados argumentos para no estar en las calles protestando.

Había unos que decían que eso no llegaría a nada. Otros que los que marchábamos éramos come nabos, que dictadura sale es con plomo y no con marchitas. Otros, la gran mayoría, eran indiferentes, se paraban en la acera y veían las protestas como gallina que mira sal.

Hoy, ocurre una asombrosa coincidencia estadística. La gran mayoría de estos indiferentes, lo siguen siendo. Los que menos lucharon son los que más pregonan el     abstencionismo en este proceso electoral regional.

En aquellos días escribía que la única manera de entender por qué se protestaba en la calle, era asistiendo a una marcha. Contaba que participar en una de esas protestas era como atravesar el espejo de Alicia y entrar a un mundo desconocido. Uno donde la solidaridad, el desprendimiento, la hermandad, las ganas de luchar y de transformar la realidad, eran cosa diaria. Vimos lo mejor de la gente dando todo de sí para esta aventura maravillosa. Desgraciadamente también vimos lo peor: La represión, la crueldad de otros jóvenes a quienes el Estado puso en sus manos armas para la seguridad de todos, disparando a los corazones de nuestros chamos. Vimos los saqueos y al hambre haciendo bestias a nuestros hermanos. No había manera de explicar aquello más que involucrándose. Desde el sillón, desde la indiferencia, era imposible entenderlo.

Como dije antes, casi la misma gente (con sus excepciones lógicamente) está hoy apoltronada en la abstención. Viendo los toros desde lejos. Algunos elaboran teorías con cierta enjundia sobre legitimaciones del régimen, sobre traiciones a la causa. Démosle a algunos de ellos el beneficio de la buena fe. Lo que no podremos darle nunca es el beneficio de estar de acuerdo con ellos.

Disparates hemos también leído para todos los gustos, incluyendo alguno que pregona que lo mejor para el país es que ganen los candidatos del gobierno porque eso nos hará luchar de nuevo.

El denominador común de los achantados de ayer y de hoy es, no obstante, el mismo. A la mayoría de ellos les tiene sin cuidado lo que pase al país. A la mayoría les conviene ver los toros de la barrera. Ser mánager de tribuna es más cómodo y no genera compromisos.

No es fácil explicar a un ser humano que se ha constituido en espectador profesional lo que se siente cuando un compatriota de nuestros más humildes estrecha la mano de quien cree que puede ayudarlo.

Solo en la cara de alguien que ve cuando Alejandro Feo la Cruz es la única delgada cuerda que lo une a una vida mejor, se      encuentra la explicación de por qué hay que votar.

La esperanza se siente, pero hay que ir a verla en carne y hueso. Es muy difícil explicarlo en este papel. Quien les escribe ha estado los últimos 50 años en la calle luchando y también pidiendo el único cambio que quiero, el que nace de la democracia y del voto que es el arma del hombre libre.

Aún tenemos 15 días para estar en esta nueva batalla contra la satrapía que nos gobierna. El dilema es simple. O votamos contra ella o nos abstenemos en su favor.
 

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