El último adiós a mi padre

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Finalmente el 24 de diciembre del año 2013, a las 6:00 p.m., aproximadamente, concluye en medio de la esperanza que todo grupo familiar tiene, cuando un  miembro de la familia presenta quebrantos de salud, y que todos unidos al lado de los médicos esperan por su recuperación, pero que en medio del dolor y el llanto que causa la desgarradora noticia de su desaparición física, nos dejaba para siempre ese viejo roble de nombre Manuel Páez Arteaga, mi padre, quien durante 95 años de vida nos brindó tanto amor y nos conmovió con su ternura.
Viejo, mucha gente te recuerda por lo dulce de tu carácter, y que pese a tu pequeña estatura fuiste el gigante de la humildad; eso demostraste cuando te separaste de mi madre quedándote a mi lado, junto a tu padre Simón Páez y tu hermana Juana Páez; esta última, mi tía Juana Páez, fue quien amorosamente me dio la mano en mi crecimiento físico, de manera que gracias a ella pude de nuevo tener una gran madre, quien hoy con 90 años de edad permanece de pie, haciendo lo que toda persona con su edad debe hacer, dándole gracias a nuestro Señor Jesús por tanta dicha otorgada en su larga vida.
Padre, quiero rendirte este merecido y sencillo homenaje, no solo como taita, también como ejemplo de tu honradez que nos llena de orgullo, donde yo particularmente hago grandes esfuerzos por imitarte, pero no seré yo el que lance la primera piedra. Padre, antes de irte recuerdo que por este mismo diario logré escribir unas interesantes anécdotas, que revivían las bondades y curiosidades de tu larga y maravillosa vida; los muchos que tuvieron la dicha de conocerte saben que digo la verdad, como es verdad también decir que como viniste, te fuiste, rodeado siempre de la grande pobreza económica, solo 600 Bs. tenías en tu cartera para el momento de tu deceso, pero para todos tus familiares, tu legado lo representó siempre tu presencia, con aquella sonrisa que a menudo nos regalabas, lo que sin duda representaba para nosotros tu gran fortuna.
Quisiera hacer mención de todos tus deudos, que te quisieron y recordarán por siempre, pero temo que al dejar de mencionar alguno produzca un malestar no deseado. Por cierto, padre, me conmovió que te fuiste a las últimas horas del día, de manera que tengo la presunción de que para ese último momento de tu partida anhelabas ese encuentro con Dios para llegar al cielo todavía con la luz del sol, astro luminoso centro de nuestro sistema planetario; quizás a eso se debe que en algunas ocasiones escuché decir cuando se referían a ti: "Manuel, eres un sol, desde el anochecer hasta el anochecer".
Por eso de verdad en tu nombre agradecemos todas las muestras de cariño a quienes para el último momento de tu despedida quisieron solidarizarse con todos nosotros. Gracias, muchas gracias, por todo ese apoyo cuando de verdad se necesita, porque son momentos muy duros a la hora de darle un adiós a un ser amado, pero que a su favor, dondequiera que te encuentres como buen magallanero estarás disfrutando de sus triunfos. Paz a sus restos.

 

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