El cadáver que el fotógrafo quería (2307992)

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    Hay una poderosa ley de atracción universal que dice que si alguien se concentra en algo fijo, puede terminar por tener lo que merece& aunque nadie le garantiza que lo obtenido sea necesariamente bueno.  Cuidado con lo que deseas, pues es posible que lo obtengas , reza una frase que vaya usted a saber quién la dijo, aunque algunos se la atribuyen al escritor norteamericano Ralph Waldo Emerson.

    Un ejemplo muy contundente y doloroso fue el caso de un fotógrafo de un reconocido diario, quien trabajaba en la fuente de sucesos y que a diario pedía que hubiera  un muertico para tomarle fotos, y él poder  salvar el día de trabajo .

    Diremos que se llamaba  Frank , aunque ése no sea su verdadero nombre. Este reportero gráfico llevaba tanto tiempo en su profesión, que había perdido la sensibilidad; y no solo es que veía la muerte, la sangre, las tragedias y desgracias ajenas como una mera oportunidad para fotografiar o una gracia grotesca, sino que además las deseaba para poder destacarse por encima de sus compañeros de otros diarios y del mismo periódico donde laboraba.

    Para Frank, aquello no era más que trabajo y hasta llegaba a burlarse del dolor ajeno. Era precisamente por eso que los otros fotógrafos le despreciaban y aunque ellos también tenían ciertos niveles de  bloqueo ante el dolor ajeno como un mecanismo de defensa natural para poder ejercer el trabajo de informar las malas nuevas sin volverse locos, les escandalizaba la forma impúdica en que Frank hablaba de los muertos cuando cubría noticias de asesinatos o siniestros viales.

    La mortadela

    o el fiambre

    Cada vez que el fotógrafo Frank llegaba a la morgue zuliana con su periodista de turno y su chofer, importunaba a los demás comunicadores sociales con frases como: ¿Cuántas mortadelas hay hoy? o ¿cuántos fiambres tenemos? Era como si estuviera hablando de batazos o carreras en un partido de béisbol.

    Ante esa indignante desfachatez, ofensiva para la humanidad entera, los periodistas de los otros medios solo tenían palabras duras y exigían respeto para los muertos y sus familias; cosa que a Frank le entraba por un oído y le salía por el otro.

    Muchas veces sus propios compañeros le dijeron que a veces era inevitable perder la sensibilidad en cierto grado, dado el trabajo al que estaban habituados, pero que de ahí a mofarse abiertamente del dolor de los demás, había un largo trecho y que  se pusiera las pilas , porque un día podía pagar eso con sangre.

    Riéndose

    de un decapitado

    Otra de tantas mañanas en la que Frank y su equipo llegaron como siempre al departamento de patología forense, casi le arrancó la libreta de anotaciones a su periodista delante de los demás compañeros y se echó a reír descaradamente. Era el colmo de la miseria. Frank se estaba riendo del caso de un anciano que en una carretera viajaba en la parte trasera de un camión 350 de plataforma y que fue decapitado por un alambre tendido en la vía. Esta impiedad sacó de sus casillas a los otros fotógrafos y a los periodistas, quienes le reclamaron furibundos su falta de respeto y humanidad.

    Lo peor de todo fue que al escuchar de qué iba la cosa entre los comunicadores, el hijo de la víctima de la que hablaban, loco de rabia y de dolor, quiso liquidar a Frank, quien hubo de huir de la morgue a toda velocidad para que el resto de los familiares no lo lincharan por pasa o.

     Ojalá haya un muerto

    Por un tiempo Frank fue cambiado de fuente, pero al cabo de 6 meses le permitieron que volviera a sucesos. En ese tiempo, se dejó de la bajeza de estar burlándose de la tragedia ajena, aunque sus pares le escuchaban repetir una y otra vez:  Ojalá que salga un muerto . En su grotesco argot, deseaba que asesinaran a alguien (inocente o no) para él poder ir a tomarle la foto en la escena del crimen y llevar la imagen a su periódico.

    Un día de agosto, como siempre Frank llegó a la morgue de Maracaibo, estado Zulia, y comenzó a hacer fotografías de las personas que se abrazaban llorosas u otras que eran presa de espasmos mientras lloraban aisladas la pérdida de algún ser querido.

    La noche anterior, Frank había estado tomando y esa mañana tenía  rolo e ratón . Casi ni hablaba. Así que se sentó en un sitio apartado de sus demás colegas y deudos. Pronto, como salida de la nada, apareció una mujer de rostro prematuramente ajado, de cabellos plateados y ojos  puyúos .

    Se le presentó como Altagracia, una  vidente . Esta Altagracia le dijo a Frank que se cuidara, que aunque no lo conocía se vio en la necesidad de alertarle, porque ella podía ver lo que los demás no veían y en aquel instante había visto que la muerte en persona, como siempre, caminando encorvada, andrajosa, esquelética e indiferente, pasó entre los dolientes de los difuntos, y se había sentado justo al lado de Frank, mirándolo fijamente con sus ojos muertos a un palmo de la cara, sin que el fotógrafo pudiera verla a ella.

    Según esta vidente, a Frank estaba por pasarle algo muy malo, aunque podía evitarlo si cambiaba su conducta. Como ella no lo conocía, no podía decirle qué era lo que debía cambiar. Solo estaba ahí para darle ese mensaje.

    Frank, al principio asustado, pronto se apartó de esa misteriosa mujer viéndola con desprecio por querer asustarlo. Ese día Frank siguió en todo el recorrido de la fuente de sucesos, pidiendo que hubiera un muerto para lucirse. Y al final& el muerto llegó.

    El muerto que no esperaba

    Desesperado por llegar al muerto en el sitio antes que los demás equipos de prensa, Frank parecía loco diciéndole al chofer que lo llevaba junto a la periodista de guardia, que le  metiera la chancleta a fondo para tubearlos (para ganarles la noticia) a todos.

    Sin embargo, él y su reportera llegaron al sitio al mismo tiempo que los demás periodistas a la escena del macabro crimen, donde ya se encontraban agentes de la policía del Zulia, quienes resguardaban la zona ante la llegada de los investigadores de la Policía Científica.

    Desaforado como si el muerto fuera a levantarse y marcharse antes de que él pudiera tomar sus sádicas fotos, Frank se acercó lo más que pudo al cadáver de un joven que para el momento del deceso tendría unos 18 o 19 años. Pero antes de que pudiera fijar bien la espantosa imagen en la pantalla de su cámara, sintió un escalofrío mortal a lo largo de su espina dorsal.

    Frank se acomodó mejor, tratando de distinguir el rostro del cadáver y al ver su perfil contra la maleza, el horror aplastante le dobló las rodillas y soltó la cámara& ¡el muerto era su hermano menor! Frank se volvió como loco. Corría, regresaba, trataba de abrazar el cuerpo inerte mientras lloraba desconsoladamente y gritaba  noooooo mi hermano noooo .

    Los otros fotógrafos, periodistas y policías que le veían, sabían que estaba sintiendo en carne viva lo que sentían los familiares de los difuntos de quién él se burlaba en la morgue y en las escenas del crimen. Era realmente escalofriante y desgarrador.

    Solo así, Frank sintió que era vulnerable, que no era superior a nadie. Que solo era un minúsculo ser humano cuya arrogancia y faltas contra la vida, moriría con su hermano.

    Temblando como una hoja seca en otoño, Frank caminó hasta el vehículo y vio pasar la muerte ante sus ojos y que ésta, le hacía una mueca siniestra desde la profundidad oscura de la capucha de su roída túnica. Comprendió entonces que el universo le había mandado lo que él había pedido: un muerto.

    Comprendió que cuando alguien es asesinado, gran parte de la humanidad muere con esa víctima. Comprendió entonces que cuando alguien sufre, toda la humanidad sufre.

    Recordó las palabras de las cuales se burlaba cuando leyó el libro de Ernest Hemingway y lloró profundamente arrepentido:  Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra (& ) La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti , John Donne.

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