El caso del asesinato del señor Miller (2334599)

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El brutal asesinato a sangre fría ocurrió a las 9:00 p.m. de un domingo de febrero de 2013. Los ojos cibernéticos y fríos de las cámaras de seguridad de la hermosa mansión, ubicada en una zona privilegiada en la costa del estado Carabobo, no daban lugar a errores sobre la hora y los hechos.

El señor Jonás Miller de 60 años, de origen británico, luego de un arduo día en las oficinas de su próspero negocio naviero llegó frente a la sólida reja de hierro forjado ornada con motivos de escudos, castillos y armas ingleses de la edad media que daba acceso a su morada. Miller no bajó del vehículo, sino que abrió a control remoto y una vez  seguro dentro, cerró y condujo unos pocos metros por el hermoso camino empedrado hasta el estacionamiento secundario frente a la majestuosa vivienda de marcado estilo victoriano.

Al echar pie a tierra en el sitio donde apuntaban algunos de los potentes reflectores y las cámaras de seguridad instalados en la fachada de la parte alta del segundo piso, Miller apenas si dio unos pasos hasta cerca de su querido árbol de encina, que todas las noches le saludaba con su místico sentido druídico de la vida, recordándole la resistencia y fuerza que caracterizaban a los hombres de trabajo como él.

Repentinamente, frente a Miller apareció un espectro de carne y hueso. Era un sujeto de unos 20 a 25 años, quien vestía jean, zapatos blancos, chaqueta de cuero negro con un parche de la organización mundial ecologista  Greenpeace en la parte frontal izquierda y otro igual, pero más grande, en la parte trasera.

Debajo de la chaqueta, el sujeto llevaba una franela blanca, con la frase  Soy verde , flanqueada por las siluetas de dos palmeras del mismo color. Toda esta vestimenta tan  buena onda estaba rematada siniestramente por un pasamontañas de color negro.

Miller se había quedado petrificado ante aquella aparición, pero luego, al cruzar unas palabras con el delincuente, se le fue encima intentando arrebatarle la máscara. Una acción verdaderamente extraña para alguien cuando está ante un criminal armado. Los vídeos seguían mostrando que ante la audacia suicida del señor Miller, el delincuente accionó con furia 6 veces su pistola y que luego, al caer Miller, lo remató con un tiro de gracia en la cabeza. No hubo compasión.

Un análisis del crimen y la conclusión de un cerebro científico

El asesino desapareció de la escena del crimen con la rapidez con la que había aparecido. Pronto, los balazos alertaron a los familiares de Miller. En pocos segundos su esposa Karen Miller y su hija Kitty Miller habían salido y se encontraron con aquella espantosa tragedia. Minutos más tarde, salió de la casa su hijo Karl Miller, quien corrió hacia el cadáver de su padre y lo abrazó llorando desconsoladamente.

A las 11:00 p.m. llegaron los funcionarios de la Policía Científica. Encabezaba el grupo contra homicidios el agente Arturo Caballero. Este magnífico investigador, de quien sus compañeros decían era una mente brillante, era además metódico, ecuánime y práctico, entre otras cualidades. Si Caballero tenía alguna flaqueza profesional, era la falta de imaginación, el rechazo a la intuición y el total apego a los hechos tangibles y a los métodos técnicos y científicos. Para él solo había blanco y negro, nada de grises.

Quienes le conocían decían con razón que esas características eran su fuerte, pero también su debilidad, y por eso era que había  perdido casos frente a sus compañeros y competidores, los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto.

Pero esta vez, el agente Arturo Caballero estaba seguro de que tenía todo claro. No había cabos sueltos. Su equipo había pasado hasta media mañana del lunes analizando las grabaciones de las cámaras de seguridad y procesando la escena del crimen. Para la tarde de ese miércoles, ya Caballero tenía su idea completamente formada de lo que había ocurrido y así se lo explicó al jefe de la delegación Carabobo.

Ése era el novio de Kitty

Mencionó que el asesino y un cómplice encapuchados habían estado rondando la mansión Miller en una moto y que hasta llegaron a detenerse frente a la reja de entrada, siendo filmados muy nítidamente por las cámaras de seguridad. Explicó también que en las entrevistas a la viuda del señor Miller y a su hija Kitty, ellas, con gran sorpresa, declararon que la ropa que vestía el asesino era la misma ropa que Ricardo Blanco, el ex novio de Kitty y amigo de Karl, estaba usando la última vez que había visitado la casa. Ella había terminado con él por presiones de su papá.

El señor Miller opinaba que ella no debía tener como novio a un  pobre veterinario y que su hija Kitty no tenía futuro con él. Hacía un mes que Ricardo Blanco estuvo en esa casa, y ese día había discutido duramente con su suegro. El inspector Caballero y su grupo fueron esa misma tarde a buscar al veterinario Ricardo Blanco en una urbanización de Puerto Cabello. En su casa consiguieron a Ricardo, estaba recuperándose de una supuesta intoxicación con algún tipo de droga y en el clóset de su cuarto hallaron la ropa usada por el asesino, el pasamontañas y el arma homicida. Las trazas de ATD indicaban que el sospechoso había disparado. Todo lo implicaba.

El móvil podría ser la venganza, porque la víctima no lo dejó cortejar a su hija, y todas las evidencias lo inculpaban. Se le detuvo en el acto, aunque mientras lo sacaban esposado de su casa, decía una y otra vez que él no había matado a nadie.

Una intuición poderosa

Pese a que todo parecía cuadrar perfectamente, el jefe de la delegación Carabobo, con tantos años de servicio a cuestas, opinaba que aquello era demasiado perfecto para ser cierto. Sugirió al inspector Arturo Caballero que hiciera una reunión con los investigadores para casos especiales Carlos Salinas y Mario Pinto.

Caballero pensaba que aquello no era necesario, que el caso estaba resuelto y que tenían a su hombre encarcelado. Salinas y Pinto le hicieron ver a Caballero que pensara en otras alternativas, que eso no haría nada mal. Y que si resultaba que todo era como él decía, estas maniobras solo ayudarían a la investigación.

-No sé por qué el jefe se empeña en que ustedes intervengan en el caso, si ya todo está resuelto. Los hechos son los hechos y ustedes no pueden hacer nada. Ricardo Blanco es el asesino.

-Y si Ricardo Blanco es el asesino, ¿por qué se empeñó tanto en mostrarse a las cámaras de seguridad? Lo único que le faltó fue ponerse un letrero y una flecha de neón en el pecho que dijera  yo soy el asesino. Vean mi ropa. Soy Ricardo Blanco -, dijo Salinas con sarcasmo ante la altanería de Caballero.

Caballero contraatacó recordando que el arma homicida había sido localizada en la casa de Blanco, pero Salinas y Pinto le habían hecho notar que el sujeto de la capucha medía aproximadamente 1,80 de estatura, según el análisis comparativo del vídeo, y que Blanco era un  enano de 1,69. Esa innegable cuestión puso a pensar también al agente Caballero, quien desde ese instante se puso a cotejar hipótesis con sus compañeros Salinas y Pinto.

Entre los tres interrogaron a Ricardo Blanco y éste les dijo que el día en que mataron al señor Miller, él, despechado, había estado bebiendo con su ex cuñado Karl y con un pana de éste apodado  El Sapo . Luego, ya no recordaba nada. Basados en eso, los agentes pensaron que si eso era verdad, ésa era la razón por la que el asesino se hubiera mostrado tanto a las cámaras de seguridad de la casa; habría tratado de implicar a Ricardo.

Confrontando a Karl, le dijeron que tenían que hacerle una prueba de ATD. Le preguntaron capciosamente por qué había tardado tanto en acudir al sitio donde asesinaron a su padre como hicieron su mamá y su hermana. Karl respondió indignado que no se haría ninguna prueba y gritaba con convicción que el asesino era Ricardo Blanco.

 Por cierto, ¿cuánto mides de estatura?-, preguntó Salinas. Karl tuvo que responder:

-Mido 1,80, ¿por qué?

-No. Por nada.

Ese arranque convenció a los investigadores de que ocultaba algo siniestro. Los agentes buscaron al  Sapo y éste, al verse implicado hasta el cuello& habló. Relató cómo Karl le dijo que drogaran con burundanga a Ricardo Blanco. Una vez drogado, usaron guantes y le pusieron el arma en la mano, haciéndole disparar. Posteriormente se llevaron la pistola y la ropa con la que el pérfido Karl se vestiría para asesinar a su padre. Las cámaras de seguridad registrarían los detalles de la vestimenta y la culpa recaería completa sobre el veterinario.

Así que Karl y su compinche rondaron la mansión para dejarse ver por las cámaras. Luego, se detuvieron en una parte  ciega de la pared perimetral donde las cámaras no enfocaban. Karl, vestido como Ricardo Blanco, saltó e ingresó al patio. Los perros ni ladraron, pues lo conocían bien. Luego avanzó hasta el sitio donde estacionó su padre y le apuntó al bajar de la camioneta.

Karl quiso cambiar la voz, pero el señor Miller lo reconoció pese al pasamontañas, y fue por eso que se le fue encima, diciéndole que era un sinvergüenza y delincuente. El pobre hombre pensó que su hijo no iba a disparar, pero no conocía todo el alcance de la maldad de éste. Terminó matándolo de 7 tiros.

Luego, Karl escapó. Se desvistió y entregó la ropa y el arma homicida a su compinche, quien la llevó a la casa de Ricardo Blanco para que la consiguiera la Policía. Él a su vez subió a su cuarto y fue por eso que tardó tanto en bajar a fingir que lloraba a su padre. Ante la exposición que hizo el trío de agentes a Karl, éste se derrumbó y confesó. Había asesinado a su padre para heredar todo el dinero que le correspondía. Se descubrió que en su vida familiar, Karl era un vago empedernido que había tocado fondo con las drogas y malas compañías. Por eso había tenido muchos encontronazos con su padre, hombre ejemplar y trabajador.

Pese a la inicial resistencia profesional del agente Arturo Caballero, él y sus compañeros Carlos Salinas y Mario Pinto pudieron resolver el sórdido caso. Fue un triunfo de los métodos científicos, pero también de las mentes preclaras, de la intuición y la imaginación. Caso resuelto.

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