El caso de los homicidios del Fracking (2286646)

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    A finales de junio, entrado el verano, los cadáveres de los dos corpulentos hombres, aparecieron tirados a orillas de la carretera N-644 que discurría hacia el sur partiendo desde el puerto de Bilbao en el Golfo de Vizcaya, País Vasco, España. Uno de ellos estaba boca abajo sobre la maleza al pie de los cerros a la entrada del túnel de Santurce y el otro, estaba macabramente  tendido al sol sobre las defensas de metal de la vía, con los brazos y pies tocando el suelo.

    Los agentes de la Ertzaintza (policía autonómica del País Vasco) que llegaron al sitio, quedaron con las bocas abiertas al ver aquel espectáculo tan deprimente e inhumano. Aquel sitio se llenó en pocos minutos de decenas de Erzainas con o sin uniforme, pero los que se hicieron cargo directo del dramático caso fueron los Ertzainas adscritos directamente a la División de Policía Científica, célebres por haber resuelto importantes casos como el asesinato de Joseba Pagazaurtundua, ex jefe de policía de la localidad de Andoáin, Guipuzcoa, a quien un miembro de la ETA ultimó de cuatro demoledores tiros en la cabeza en un bar en el año 2003.

    Los análisis preliminares y la recolección de indicios y evidencias en el presunto sitio de liberación de los cadáveres, sugirió que las víctimas habían sido liquidadas hacía unas 12 horas, de acuerdo a lo que indicaba la rigidez cadavérica. Eso fue confirmado más tarde por patología forense.

    Se identificó a las víctimas como Karlos Aguirre (34) y Alexandro Bilbao (35), rudos trabajadores de plataformas petrolíferas para varias empresas nacionales e internacionales. Se supo que estos hombres habían estado a bordo de una plataforma petrolera a unos 75 kilómetros de la costa en el Mar Cantábrico, donde supuestamente les habían dado trabajo. Esa versión, confirmada por la compañía norteamericana operadora de la plataforma de prospección, indicaba que ambos comenzarían a trabajar en pocos días, por lo que según la reconstrucción de los hechos, se pensaba que Aguirre y Bilbao, pudieron haber sido asesinados y robados por el mismo taxista que los cogió en el puerto de Bilbao, la capital de Vizcaya, para trasladarlos hacia el hotel Ibis Bilbao Centro, situado a 10 minutos a pie del famosos Museo Guggenheim y aún más cerca de la estación del metro de Indautxu.

    Lo malo con esta versión, era que los, o el asesino, pudieron haber muy bien simulado el robo, pues luego, las pertenencias completas (incluido el poco dinero en las billeteras) de las víctimas, fueron lanzadas en un pequeño barranco a orilla de carretera más al sur. Este detalle se conoció gracias a que el subcomisario de la escala ejecutiva de Ertzaintza, de nombre Francisco Catalán, no se comió el cuento del móvil del robo y pasó al menos unos 15 días siguiendo la trayectoria que habrían usado los asesinos en su ruta de escape hacia el sur, más allá del túnel de Santurce.

    Este preclaro policía, había previsto que unos sujetos tan arrogantes como para arrojar dos cadáveres en plena carretera, también lo sería como para arrojar las pertenencias de sus víctimas luego de haberlas revisado todas. Era un perfil psicopático de superioridad y en verdad este cretino se estaba burlando de la policía, pues estaba harto seguro que nunca lo descubrirían.

    Fue así que luego de buscar pacientemente por la carretera, el instinto y la tenacidad del comisario Catalán lo llevaron a dar con las pertenencias de las víctimas. En este punto, el caso estaba estancado, pues ni en la escena donde se consiguieron los cadáveres, ni en el sitio donde el comisario Catalán halló los documentos de identidad, las billeteras, cadenas y otras pertenencias, había material genético de los victimarios que pudiera servir a la averiguación. Era evidente que los asesinos eran muy cuidadosos en eso de usar guantes y ropas que no dejaran nada de sus rastros biológicos. Todo indicaba que se estaba tratando con profesionales.

    Un oscuro asunto petrolero

    Pasó casi un mes sin lograrse avances en la resolución del misterioso caso. Fue así que la jefatura de Ertzaintza, pidió ayuda a especialistas de la Interpol, quienes a su vez, asignaron al caso a dos agentes de la Policía Científica venezolana adscritos a ese organismo y que estaban tratando asuntos de cooperación internacional en la sede de Interpol en España.

    Los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto, se vieron entonces envueltos en un apasionante caso europeo de dimensiones colosales. El comisario de Ertzaintza, Francisco Catalán, fue asignado para trabajar junto a los investigadores venezolanos y compartió con ellos todos los detalles del desconcertante caso.

    Catalán, nacido en Madrid, pero quien aparte de hablar su perfecto castellano, también hablaba correctamente inglés, francés y Euskera, era conocido en los círculos policiales de toda España como uno de los más brillantes detectives de todos los tiempos. Pero lo más impresionante, era que pese a su ego tendente a mostrarse  sobrao , como decían los agentes venezolanos, lo controlaba muy bien y era tan profesional que no le molestaba pedir ayuda o demostrar que la necesitaba. Este comisario peninsular cuadró muy bien con los agentes venezolanos y entre los tres, descubrirían algo realmente impactante.

    Entre los elementos de interés criminalístico que poseía Ertzaintza estaba el informe forense completo que detallaba cómo las víctimas habían sido golpeadas con una barra de metal en las costillas y en las piernas, posiblemente para derribarlas y luego, torturarlos haciéndoles cortes en el abdomen con un objeto muy filoso y curvo, según demostraban las macabras formas de las heridas. El Comisario Catalán había descubierto que el arma homicida era un alfanje, e hizo que el forense, corroborara eso con el análisis de microscópicas virutas de metal halladas en las heridas de las víctimas. Esto arrojó que en efecto el arma homicida era un alfanje antiguo, un tipo de sable corto de ascendencia musulmano  oriental, muy usado en la edad media en la península ibérica y otras partes de Europa. Se determinó que este alfanje, pudo ser uno de los hurtados del museo o armería de San Telmo, ubicado en San Sebastián, en Guipúzcoa durante los trabajos de remodelación que culminaron en 2010.

    Sobre el arma usada para golpear brutalmente a los desdichados, el mismo comisario, basado en la información del forense que indicaba que las fracturas en los fémures de las víctimas y en sus costillas rotas, denotaban que era una barra de metal de unos 4 kilos y que para usarla con efectividad contra las dos corpulentas víctimas sin que uno de ellos le cayera encima a golpes al agresor, estas debieron de estar apuntadas por un arma de fuego, así que de ahí, Catalán dedujo que había más de un implicado en el hecho. Hasta ahí todo estaba más o menos claro. Pero faltaba ubicar el alfanje, la barra de metal y por supuesto a los asesinos para poder esclarecer el doble homicidio.

    Estando al tanto de todos los pormenores de la investigación, Carlos Salinas y Mario Pinto, ayudaron entonces a Catalán. Estos agentes de mentes acuciosas, deductivas, científicas y hasta imaginativas, se empeñaron en analizar las ropas que llevaban las víctimas al momento de ser halladas. Al llevarse a cabo el análisis, se dieron cuenta que lo que sospechaban era cierto. Estos hombres no fueron asesinados al salir de la plataforma petrolera& ¡habían sido asesinados mientras estaban en ella!

    Este descubrimiento lo hicieron porque, reconstruyendo el hecho, descubrieron que la ropa  de salir , estaba impregnada de mucho petróleo y que a menos que estos hombres (quienes supuestamente no estaban trabajando en la plataforma todavía), se hubieran puesto a faenar con esta inapropiada vestimenta, esta no debía estar tan impregnada del hidrocarburo.

    Carlos y Mario llegaron a la conclusión de que a Karlos Aguirre y Alexandro Bilbao los asesinaron en la misma plataforma petrolera y que luego, los trasladaron al sitio donde abandonaron los cadáveres. Con una orden de los tribunales, se ordenó la investigación en la plataforma petrolera y la  todopoderosa compañía transnacional , al ver el rumbo de los acontecimientos, decidió negar conocer el incidente, pero hubo de suministrar los datos de los tres sospechosos de asesinato, que  casualmente eran un ingeniero petrolero rumano y dos  obreros de la misma nacionalidad que habían sido despedidos el mismo día del crimen.

    Con ese argumento insostenible, la compañía se lavó las manos y la justicia ordenó la búsqueda de los presuntos asesinos, quienes seguramente ya habrían cambiado sus identidades y estaban disfrutando muy lejos de ahí la suma cobrada por el doble homicidio.

    Aunque la justicia ordenó el cierre de caso, Carlos Salinas, Mario Pinto y mismo comisario Catalán, comprendieron que lo que ocultaba aquellos homicidios era más negro que el oro negro. Dedujeron sin errores, que Karlos Aguirre y Alexandro Bilbao, no habían sido contratados aquel día, sino que llevaban al menos una semana de labores en la plataforma cuando descubrieron que con la supuesta ignorancia del gobierno Vasco y del Ministerio de Industria, Energía y Turismo de España, los operadores de la plataforma se proponían a llevar a cabo nuevos y peligroso procedimientos de Fracking que supuestamente incluía hasta cargas de profundidad (fracturación hidráulica para la explotación de petróleo y gas) en el subsuelo submarino del mar cantábrico. Estos valerosos hombres, habían decidido informar sobre lo descubierto a la prensa española, pero antes, los habían asesinado a sangre fría. Estas escalofriantes conclusiones del caso nunca salieron a la luz pública, pero el que esos hombres ofrendaran sus vidas, quizás impidió un desastre ecológico de dimensiones apocalípticas en las costas atlánticas españolas. Los agentes Carlos y Mario volvieron a su país, y el comisario Catalán, hubo de abandonar la investigación para poder seguir en la fuerza, desde donde prometió a sus amigos latinoamericanos, seguir luchando contra los oscuros intereses que algún día podrían causar una tragedia planetaria. Caso resuelto.

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