El deber de la alternativa

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“Los líderes de la oposición están en la obligación de presentar un proyecto común de país y trabajar por el bien de Venezuela, superando las tentaciones de personalismo”, dijeron los obispos en la exhortación emitida por la CEV el 12 de este mes.

Certera la afirmación y pertinente el llamado episcopal que comentamos la semana pasada. El deber primero de una alternativa es serlo, eso justifica su existencia. La unidad en torno a un propósito y un proyecto compartidos es clave y, por supuesto, poner a Venezuela por delante “superando las tentaciones de personalismo”. 

Si algún signo histórico tiene la aparición del partido en nuestro país, es precisamente lo que representa como reemplazo del personalismo político, del viejo caudillismo que ocupó tramos largos y dolorosos de nuestra vida republicana. No es que la vida partidista estuviera libre del personalismo del pasado, pero fue claramente un paso hacia la modernidad cívica. En estos años de personalismo asfixiante, el individualismo se refuerza en un paradigma de éxito que ya no es la organización democrática de masas, sino el líder fuerte que no reconoce límites a su voluntad. Retroceso al cual la oposición no ha sido ajena. 

Pero también es cierto que ese “proyecto común de país” y esa superación de “las tentaciones del personalismo” que piden válidamente los obispos, tampoco son extraños a las filas de la oposición que tras años de duro aprendizaje, supo construir en la Mesa de la Unidad Democrática, esa instancia institucional que requería, precisamente para articular un proyecto común y para dominar prisas animadas por la tentación mesiánica.

La Unidad, promotora de un cambio político pacífico, democrático, constitucional y electoral, ha sido capaz de generar consensos para unas reglas de funcionamiento, de procesamiento de diferencias naturales y logro de acuerdos necesarios, de postulación de candidatos y desarrollo de políticas. También para una visión compartida del país que queremos, explicitada en las 100 Soluciones para la Gente cuyo énfasis es democrático, libre de dogmas y con énfasis en el pueblo y su vida real, y desarrollada luego en el Compromiso para un Gobierno de Unidad Nacional, y en los Lineamientos, la Agenda parlamentaria y la Gestión Municipal para el Pueblo y el Progreso.

La Unidad es experiencia y esperanza. Sus líderes deben asumirla con convicción y promoverla con responsabilidad. Para que el pueblo la sienta, debemos sentirla primero nosotros.

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