El escalofriante caso del cadáver oculto en la nevera (2100860)

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Una noche siniestra, un ser maligno se meti? en el alma, la sangre y el cerebro de un joven de 18 a?os de edad de nombre Jefferson, utilizando como veh?culo la poderosa droga denominada “piedra” o crack que este chico hab?a consumido.

Con la baba saliendo de su cavernosa boca, chorreando a raudales por la comisura de los labios, con los ojos cuarteados y la mirada de espantoso hombre lobo, Jefferson se dirigi? a su casa ubicada en uno de los antiguos callejones en la periferia de la avenida Bol?var Norte de Valencia.

Horas antes, hab?a salido de esa misma vivienda luego de tener un violento altercado con su madre, a quien hab?a insultado, injuriado y hasta maldecido por no haberle dado dinero para comprar m?s de la porquer?a que se estaba metiendo en el cuerpo desde hac?a un a?o.

Con sufrimiento infinito de la madre que ve en el abismo a su “beb?”, la dama de nombre Magdalena, de 48 a?os, quiso persuadirlo para que dejara esa vida de perdici?n que los iba a llevar a la muerte. Cargando con el peso aplastante de la culpa, la angustiada mujer le pidi? perd?n a su hijo, dici?ndole que lamentaba que su padre los hubiera abandonado antes de que ella diera a luz. Que no era su culpa que ella debiera trabajar como enfermera “parti?ndose el lomo” de sol a sol en varias cl?nicas, descuidando as? su educaci?n y su formaci?n.

Hab?an sido muchos a?os de sacrificios y privaciones para esta pobre mujer, pero ella se juzgaba y condenaba por haberse concentrado en darle a Jefferson las cosas materiales, dejando de lado las espirituales. Era su error, ?pero qui?n podr?a culparla?

Esa tarde de la discusi?n, Jefferson, a su fresca edad, estaba convertido ya en un ser ganado para la perversi?n y le jur? a su progenitora que si no le consegu?a dinero, iba a liquidarla sin piedad. Dando un portazo, el chamo se larg? en busca de “sus amigos” dejando en el aire de la sala la temible amenaza que pesaba sobre la deshecha madre que lloraba inconsolable.

Ya de regreso al filo de la medianoche, Jefferson recordaba los diab?licos consejos que le hab?a dado el sujeto que le vend?a la basura de droga. “M?tala, robas el dinero, finges que otro la mat? y hasta heredas la casa”. Esas palabras imp?as bull?an en la desvirtuada mente de Jefferson como conjuros sat?nicos que deb?a seguir al pie de la letra.

Armado con un enorme cuchillo que centelleaba a la fr?a luz de la luna que se filtraba por las cortinas de la ventana que daba a la calle, el muchacho perturbado avanz? sigiloso por la sala, que en el precario estado de sus sentidos, parec?a estar invadida por niebla que se arremolinaba a su paso.

As?, lleg? frente a la habitaci?n de su madre y con cuidado empuj? la puerta, que extra?amente no estaba cerrada con llave. El gemido lastimero de las bisagras de la pesada puerta de madera apenas si se sinti?, pese al absoluto silencio alternado con el arm?nico chirrido de los grillos anunciando ese algo espantoso que muy bien pudo haber sido descrito por el mism?simo S?focles o Eur?pides en sus tr?gicas griegas.

Con el filoso cuchillo carnicero en sus garras, el chico, transfigurado en la personificaci?n del mal, se detuvo frente al bulto en la cama donde dorm?a su madre antes de saltar sobre ?l y. ?apu?alar con bestial furia una y otra vez!

Aullidos y gritos

en la casa del terror

Los vecinos concordaron en que aquella estremecedora noche, de esa casa salieron aullidos y gritos espeluznantes, cuyos ecos corrieron de arriba abajo el callej?n como un atormentado espectro. Ninguno de los residentes se atrevi? a salir de su casa, pero con la salida del sol, notificaron lo ocurrido a la polic?a. Fuentes an?nimas insist?an en que seguramente Jefferson hab?a matado a su mam? y que nadie hab?a salido de la casa desde entonces.

Cuando los agentes para casos especiales de la Polic?a Cient?fica Carlos Salinas y Mario Pinto llegaron al ?rea, no hubo necesidad de que alguien les indicara cu?l era la casa donde se gest? la desventura. Anclado en el techo de la misma hac?a guardia un negro zamuro, que como una g?rgola de ?bano, hab?a dado con el olor de la muerte y era la avanzada de cientos de ellos que luego seguramente rondar?an el sitio.

Despu?s de tumbar la puerta para poder entrar a la vivienda, los agentes especiales sintieron que la casa exhalaba una bocanada de siniestro silencio con olor a sangre reciente. Con estupor, vieron que de la nevera sal?a un hilo de sangre que se hab?a congelado en su recorrido por el suelo y que se hab?a vuelto gelatinoso. Al abrir la portezuela, ?vieron el cad?ver de Jefferson!

Reconstruyendo lo sucedido, se dieron cuenta de que este descarriado muchacho hab?a intentado asesinar a su progenitora, pero que ella, sospech?ndolo, esa madrugada se hab?a salido de la cama dejando s?banas y almohadas amontonadas, esper? a que su hijo acometiera, para finalmente acabar con su vida apu?al?ndolo en la espalda. Luego, en un acto de locura, guard? el cad?ver en la nevera con la vana esperanza de resguardarlo de la corrupci?n post m?rtem. Posteriormente Magdalena, presa de la locura, se hizo el harakiri apu?al?ndose en el vientre donde una vez arrull? a su v?stago antes de parirlo.

El verdadero asesino

Severamente impresionados por todo aquello, los agentes especiales determinaron que el sujeto que le suministraba las drogas a Jefferson era el verdadero culpable de la tragedia. Siguieron la pista del vil individuo, y descubrieron que ?ste hab?a inducido a Jefferson a las drogas y ?ltimamente a robarle la c?dula y la tarjeta de d?bito a su madre, para as? apoderarse de unos 20 mil bol?vares sac?ndolos por partes en cajeros autom?ticos.

Una vez que se determin? que este vendedor de droga era apodado “El Muerte”, se ubic? y al ser capturado, se consigui? en su poder los documentos de la madre de Jefferson. Pero aun siendo el culpable de aquella monstruosa tragedia, las leyes de los hombres no pod?an acusarlo por doble homicidio. Solo se le imput? como microtraficante, pero su sonrisa torva pronto se borrar?a tras los muros del penal de Tocuyito, donde vivi? la antesala del infierno. Caso resuelto.

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