El espanto de Allende

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“Al adoptar una posición la cobardía se pregunta: ¿Será segura? La conveniencia se pregunta: ¿Será lo político? Y la vanidad se pregunta: ¿Será popular? Pero la conciencia se pregunta: ¿Será lo correcto?  Porque la medida última del hombre no es donde se ubica en momentos de conveniencia sino donde se ubica en momentos de desafíos, crisis y controversias”. Martin Luther King (1929-1968), pastor bautista norteamericano, defensor de los derechos civiles. 

La historia es un péndulo que repite circunstancias, que asemeja personajes y que sirve para orientar el rumbo de episodios similares. La historia ha marcado el camino de muchos líderes que toman guía de experiencias del pasado… y usualmente con buenos resultados. Otros en cambio, no aprenden a valorar los vectores que la historia ofrece y la falta de estudio e interés hacen que tropiecen con la misma piedra sin escarmentar. Pongamos un ejemplo:

“El pueblo se encontró por primera vez con suficiente dinero para cubrir sus necesidades básicas y comprar algunas cosas que siempre deseó, pero no podía hacerlo, porque los almacenes estaban casi vacíos. Había comenzado el desabastecimiento, que llegó a ser una    pesadilla colectiva. Las mujeres se levantaban al amanecer para  pararse en las interminables colas donde podían adquirir un escuálido pollo, media docena de pañales o papel higiénico. El betún para lustrar zapatos, las agujas y el café pasaron a ser artículos de lujo que se regalaban envueltos en papel de fantasía para los cumpleaños. Se produjo la angustia de la escasez, el país estaba sacudido por oleadas de rumores contradictorios que alertaban a la población sobre los productos que iban a faltar y la gente compraba lo que hubiera, sin medida, para prevenir el futuro. Se paraban en las colas sin saber lo que se estaba vendiendo, sólo para no dejar pasar la oportunidad de comprar algo, aunque no lo necesitaran. Surgieron profesionales de las colas, que por una suma razonable guardaban el puesto a otros, los vendedores de golosinas que aprovechaban el tumulto para colocar sus chucherías y los que alquilaban mantas para las largas colas nocturnas. Se desató el mercado negro. La policía trató de impedirlo,  pero era como una peste que se metía por todos lados y por mucho que revisaran los carros y detuvieran a los que portaban bultos sospechosos no lo podían evitar”. 

Parece un retrato del calvario venezolano, pero no lo es. Se trata de la descripción que hace la novelista Isabel Allende en su novela de 1982 “La Casa de Los Espíritus” de la situación de Chile al momento del derrocamiento de su tío Salvador Allende. 

Y el Presidente Maduro, en una interpretación superficial de la igualdad de las circunstancias, se comparó: “La burguesía está pretendiendo hacer contra mí la misma guerra que hizo contra Salvador Allende”. Nada más inexacto. Si bien Chile vivió la misma escasez que ahora sufre Venezuela, lo cual fue el detonante que eyectó al presidente en el golpe de estado, lo cierto es que Chile tenía una situación económica muy diferente a la nuestra. 

Allende trató de cambiar la tímida economía chilena en un sistema socialista, con la misma receta asesorada por el castrismo: confiscación de tierras, expropiación de fábricas, ruina de los comercios, interpretaciones arbitrarias de la constitución que desesperaron a una oposición que no encontraba como regresar el país a cauces democráticos. La inflación en Chile fue de 350% en el último año de Allende y las protestas con cacerolazos de amas de casa y trabajadores comenzaron a sucederse, socavando las bases populares del gobierno. Con las empresas estatales en pérdida, era clara la destrucción de la economía. 

Allende estuvo sólo 3 años en el poder y no tenía respaldo económico para sustentar el inmenso costo del cambio hacia una improductiva economía comunista. Se enfrentó al Congreso, que conservó su independencia y también al poder judicial, e intentó anularlos a ambos en el rumbo que tomaba el país. La violencia callejera se instaló en las calles y grupos armados de ultra-izquierda declaraban que se preparaban para una guerra civil. Con este disgusto popular y los mecanismo constitucionales abortados, las fuerzas armadas actuaron, demostrando que Allende no tenía poder alguno sobre ellas. Pese a que teorías de conspiración señalan que Allende fue asesinado supuestamente por un agente de la CIA, todas las experticias forenses realizadas hasta hace poco demuestran un suicidio. Sus últimas palabras dejan en claro que prefirió morir antes que fracasar. 

Con los mismos caóticos resultados chilenos, lo de Venezuela es un modelo económico incalificable (una simbiosis de comunismo con personalismo, totalitarismo e ignorancia de las leyes del mercado) que ha tenido el atroz resultado de haber extinguido un país petrolero para convertirlo en un nido de bachacos.

Quince años de revolución, más de 2 millones de hectáreas confiscadas, 236 empresas expropiadas, control de cambio por 12 años, control de precios por 10, reducción drástica de producción del petróleo, primer recurso nacional. Si a eso se le suma la carga de odio, división, pésima educación, carencia total de respeto, elementos que en inyección letal han sido inoculados a un pueblo de poca preparación, tenemos en la licuadora elementos suficientes para explicar el colapso actual de Venezuela. 

Los revolucionarios han forzado la barra constitucional hasta quebrarla con tal de quedarse eternamente en el poder. Esta situación ha llegado ya a su cénit, con las mismas consecuencias económicas que en Chile, pero con el aditamento del la violación a los derechos humanos. Salvador Allende era un hombre instruido, un médico de gran educación que se debe estar revolcándose en la tumba al ver la patanería con que ha sido tratado su compatriota Sebastián Piñera, ex presidente de Chile, y a Andrés Pastrana, ex Presidente de Colombia, cuando al acudir en día de visita a Ramo Verde a ver al dirigente Leopoldo López, les impidió la entrada una trulla de guardias que alegaban que tenían órdenes “de arriba”. 

A nadie se le ocurrió que dejándoles entrar, el gobierno se quitaba el estigma de tener a López aislado y vejado como un preso político. Allende les hubiera brindado té y galletitas, aunque el preso siguiera preso.

Este increíble gesto de torpeza política, precedido por los insultos del presidente que los trató de golpistas y hasta de narcotraficantes (confundiendo cual es su costumbre, a Pastrana con Samper), ha provocado reacción de las cancillerías chilena y colombiana. En especial de esta última, cuando finaliza su comunicado expresando su deseo de que Leopoldo López “esté pronto en libertad”. La respuesta de la cancillería venezolana seguramente fue escrita por su titular, quien no se caracteriza precisamente por sus buenos modales, con la amenaza de revolcar nuevamente las relaciones diplomáticas con los vecinos. 

La torta diplomática, con consecuencias nefastas para la ya golpeada imagen del régimen madurista, ocurre en el peor momento, casi sincronizado con el bombazo de la deserción del presunto jefe de escolta de Diosdado Cabello, un militar ahora es testigo protegido de la DEA, que en su canto involucra al Presidente de la AN con el cartel de los soles, denunciado mil veces “a soto voce” desde hace por lo menos diez años.

La viajadera de Maduro tiene nerviosos a los militares, que a estas alturas no saben si estos disparatados e inoportunos tours del presidente son un ensayo para quedarse por esos mundos y que otro resuelva el problema venezolano, o es que le está cargando la mano a 

Arreaza y al resto de su gobierno para acusarles de no saber gobernar en su ausencia. Mil razones pueden esgrimirse para la insólita ausencia presidencial, pero lo alarmante es que ante la seria acusación de narcoestado, el gobierno prefiere ponerse “rodilla en tierra” con Diosdado, antes que ordenar una investigación que demuestre que no es cómplice de delincuentes y a la vez aclare definitivamente y castigue a los involucrados en el escándalo. 

Aquí hay varias cabezas en juego y las acciones en progreso pueden tornarse peligrosas no sólo para los implicados sino también para la estabilidad de un país que vive un dramático desabastecimiento en medio de feroz inflación. 

Como dice el proverbio chino: “El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él.”

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Twitter:@charitorojas

Nota: esta columna no pudo publicarse hoy miércoles en la edición impresa de Notitarde gracias al apagón que se la “tragó”.

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