El malévolo caso del tiburón surfista (2243217)

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    Parecía una escena de Kubrick. Una tabla de surf clavada en las arenas de un lugar apartado de la playa de Choroní, al pie de la cordillera de la costa en el estado Aragua. La madrugada apenas comenzaba a inclinarse ante los bostezos tímidos del sol que se asomaba por el este.

    La sombra de la tabla de surf, como un monolito extraterrestre, iba alargándose, cayendo sobre el surfista sentado ante ella con las piernas y brazos cruzados, meditando, embriagado por el rumor de las olas y azotado su rostro por la fría brisa marina de esa hora de día domingo.

    Tiempo después, Jack, el surfista de 22 años, contaría que cuando entraba en ese tipo de trances ante su tabla, la cual idolatraba como si fuera un tótem hawaiano o una poderosa cabeza de la isla de Pascua (Rapa Nui), se transportaba a sitios remotos de su mente, donde un imaginario y sangriento dios polinesio lo hacía cruzar islas volcánicas caminando sobre lava ardiente, para luego darle el premio mayor, que era, nada más y nada menos, ¡surfear en gigantescas olas de sangre humana!

    Por lo menos era lo que este demente habría de confesar con los ojos en blanco a los psicólogos tras ser detenido en la playa El Rincón del Pirata de Puerto Cabello, estado Carabobo, por el crimen de al menos dos turistas, a quienes supuestamente “sacrificó para la diosa Pele”, entidad mitológica de la antigua religión hawaiana.

    Más loco que una

    cabra o que un tiburón

    Los expertos en la mente humana explicaron a los investigadores para casos especiales del Cicpc que habían logrado capturar al surfista asesino, que éste sencillamente se había vuelto loco de tanto leer y creer en la religión polinesia y que teniendo desde mucho tiempo atrás una subyacente inclinación a desarrollarse como un psicópata, desvió su amor por el surf, las olas, los cocos, las islas y por las playas, hasta desarrollar su severo trauma emocional y convertirse en un asesino. El origen de todo es que cuando Jack tenía 18 años, su padre murió tragado por un enorme tiburón cuando surfeaba en una playa de Australia. “Los laberintos de la mente humana son muy complicados”, habría dicho el psiquiatra.

    Seguro que este Jack quiere vengar la muerte de su padre y “la pelazón” en la que quedaron él y su familia desde esa espantosa tragedia, así que asumió que el espíritu del tiburón blanco que se comió a su padre había tomado su cuerpo y ahora él era el depredador por excelencia.

    Ante tan complicadas explicaciones, los agentes comprendieron que Jack verdaderamente estaba “más loco que una cabra”, pero que la cabra, tiburón o lo que fuera, se había convertido en un peligro para la sociedad hasta que ellos la capturaron.

    Ahora, con la explicación del psiquiatra, los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto realizaban el informe y rememoraban la manera en que capturaron al “tiburón surfista asesino” y cómo dieron por resuelto policialmente el caso.

    Recordando lo ocurrido

    En el informe que debían entregar a los jefes cada vez que culminaban un caso, Carlos y Mario siempre revivían las impresiones y acciones de lo ocurrido. Podría decirse que esas páginas técnicas para efectos legales eran ricas en elementos que podrían usarse en asombrosas novelas policiales, aunque a ellos la literatura no les importaba mucho.

    Lo cierto es que en este caso, recordaban cómo un domingo en la mañana de abril de 2013, consiguieron al sur de Valencia, estado Carabobo, el cadáver de un hombre metido en un vehículo Volkswagen escarabajo. La víctima, vestida con bermudas, franelilla y alohas playeras, tenía una hilera de puñaladas en su costado izquierdo y lo habían dejado en el asiento trasero.

    A la semana siguiente, un caso similar ocurrió, pero esta vez a la víctima la habían dejado en la maleta de un automóvil Toyota Corolla en la carretera Panamericana Valencia–Bejuma. En ambos casos, era evidente que las víctimas viajaban solas y que provenían de la playa.

    Se supo que la única relación entre sí que tenían era que ambos eran surfistas a quienes les habían quitado sus tablas. Analizando las evidencias encontradas en los vehículos, se determinó que uno había estado en Choroní y otro en Cuyagua, pues así lo determinó el análisis químico de la arena.

    En el Toyota Corolla no se consiguieron ni huellas dactilares ni nada que pudiera identificar al asesino, quien evidentemente había ultimado a sus víctimas en la playa y las había “paseado” hasta abandonarlas con sus carros en los sitios donde seguro hizo un transbordo y llevándose las tablas de surf como trofeos.

    Pero en el Volkswagen se consiguió un trozo de un traje de neopreno o de aislamiento térmico que fue rasgado cuando seguramente en su apuro el asesino quiso bajarse del viejo automóvil sin percatarse de que la manilla de bajar el vidrio no tenía perilla, sino solo la punta amenazante de metal. Por tanto, ahora estaban buscando a un asesino surfista que tuviera un arañazo considerable a la altura de su muslo izquierdo.

    Armados con el trozo de neopreno y con el análisis de la sangre encontrada en la punta de la mencionada manilla, podrían hacer comparaciones, pero primero deberían conseguir al sospechoso sobre el cual basar las mismas.

    Un equipo de agentes liderado por Carlos Salinas fue desplegado de incógnito en Choroní, y el otro, liderado por Mario Pinto, fue desplegado en Cuyagua; las dos playas donde creían operaba el asesino. Desgraciadamente, pasaron los días y los agentes no tuvieron éxito de encontrar al sujeto desconocido al que le dieron el apodo de “El tiburón surfista”, por lo sangriento de sus ataques.

    Quiso la casualidad (aliada de la justicia para resolver casos alrededor del mundo) que un funcionario franco de servicio que fue con su familia a la playa de El Rincón del Pirata, en Puerto Cabello, estado Carabobo, viera a “un tipo raro” con una tabla de surf sembrada en la arena y que parecía estar “como rezándole”. Pese a estar libre, este agente notificó de inmediato a la jefatura sobre aquel sospechoso.

    En menos de una hora, los agentes para casos especiales y un equipo de la subdelegación Valencia llegaron al sitio. No más con verle, los agentes supieron que aquél era su hombre. Como no había cargos en su contra y como cabía la posibilidad de que no fuera quien buscaban, se le fotografió desde lejos por si acaso y luego lo abordaron.

    Hubo que gritarle para que saliera del trance en el que estaba. El sujeto abrió los ojos y dirigió una escalofriante mirada a los funcionarios, al tiempo que esgrimía una torva sonrisa. Era un tipo de cabellos amarillos, ondulados y largos hasta el hombro. De tez blanca, pero bronceada, ojos azules que reinaban sobre el campo ahusado de su rostro y una voz cavernosa, que no coincidía con la delgadez de su cuerpo. ¡Aquél era el asesino!

    Lo que más sorprendió a los investigadores fue que el sujeto les saludó cortésmente y con frialdad les dijo: “sí, yo soy el asesino. Mucho gusto”, al tiempo que les extendía la mano. Los agentes se estremecieron. Aquel “tiburón surfista” era un verdadero psicópata, capaz de las más grandes aberraciones. Parecía no importarle que lo llevaran a prisión, parecía no importarle un cuerno nada.

    Fue esposado de inmediato y en el camino de regreso a Valencia, fue relatando serenamente cómo había asesinado a sus dos víctimas y cómo, con esos “sacrificios humanos” para la diosa Pele, lo habían liberado del mundo para marchar a las playas de la eternidad. Dijo con evidente locura que adonde fuera que lo llevaran preso, se haría matar por “tiburones de dos patas” para ganar el derecho de unirse con su padre en el vientre del grande y acechante monstruo marino. Exámenes posteriores determinaron que su pretendida locura era fingida, por lo que fue internado en el Penal de Tocuyito, donde aún permanece pagando sus crímenes, esperando que alguien lo asesine. Caso resuelto.

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