El "mayo" venezolano

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El Día Internacional de los Trabajadores o Primero de Mayo es la fiesta del movimiento obrero mundial, que se ha ido transformando en conmemoración para los trabajadores de distinto nivel. Se celebra en casi todos los países, menos en los anglosajones (cuyo “Labor Day” es el primer lunes de septiembre), como homenaje a los llamados mártires de Chicago, unos sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados por su participación en la lucha por lograr un recorte a 8 las horas laborables.

Desde 1889, por acuerdo del Congreso Obrero Socialista celebrado en París, el 1º de mayo se ha convertido en una jornada reivindicativa donde los movimientos sociales exponen las mejoras a las cuales aspiran.

Primera huelga, primera Ley        

La primera gran huelga de trabajadores en la historia de Venezuela fue en 1936, en los campos petroleros de Cabimas, San Lorenzo, Mene Grande, Bachaquero, Mene Mauroa y Cumarebo. El 14 de diciembre se paralizaron más de diez mil obreros y trabajadores de la industria petrolera, que protestaban por las condiciones laborales de las transnacionales.

Duró 47 días y en su apoyo se movilizaron fuerzas políticas, estudiantes e incipientes organizaciones sindicales de todo el país. La huelga culminó con escasos logros: un aumento de Bs. 1 en el salario y obligatoriedad de suministrar agua potable a los obreros y también con una violenta represión. Pero fue un gran avance en la solidaridad obrera nacional. A fines de 1936 se reúne en Caracas el Primer Congreso de los Trabajadores, con 219 delegados de todo el país. Allí nace la Confederación de Trabajadores de Venezuela, CTV, que sería por muchas décadas el movimiento sindical que aglutinó a la inmensa mayoría de los sindicatos venezolanos.

Aunque ya había una Ley del Trabajo, promulgada por Juan Vicente Gómez en 1928, es en 1936 cuando una Ley del Trabajo, cuyo coautor fue el joven abogado y político Rafael Caldera, establece un conjunto sustantivo de normas para regular los derechos y obligaciones derivados del hecho social del trabajo. El análisis histórico demuestra que a partir de ese momento inicial, la evolución de la legislación laboral venezolana ha caminado en paralelo con las luchas sociales por lograr mejores condiciones de trabajo. 

La Ley de 1936 se mantuvo vigente por casi 55 años, durante los cuales fue reformada parcialmente en 1945, 1947, 1966, 1974, 1975 y 1983. En 1991 una reforma la elevó a Ley Orgánica.

Amenazas laborales

La situación del empleo en el país durante las décadas subsiguientes ha variado al son de medidas políticas y económicas que han determinado los índices. Según el Instituto Nacional de Estadística, para febrero de este año, 1.124.799 venezolanos hábiles para trabajar, se encontraban sin empleo. De acuerdo a esa cifra, el desempleo se ubicó en 7,9%.

Pero el INE también registra números que revelan el real estado del empleo en el país: 41,1% está en el sector informal. En enero de 2015 se incorporaron 455.935 personas al sector informal, según el INE. La merma en el empleo formal ha venido ascendiendo a cifras que el sector privado considera mucho más altas, superando incluso el número de trabajadores formales.

Las causas están a la vista: según Fedecámaras, más de 4.000 industrias han cerrado en los últimos 10 años, y más de 205.000 comercios, emprendimientos y pequeños negocios han quebrado. La mayoría de las que quedan, están trabajando a 50% de su capacidad instalada. Esto tiene un obvio significado para los trabajadores: quedan sin empleo. Las pésimas políticas económicas ahorcan cualquier negocio, con sistemáticas inspecciones, multas, cierres, impuestos, cargas laborales, obligaciones legales, tramitaciones costosas y agotadoras, imposiciones de inamovilidad por 13 años, también 13 años de un estricto control de cambio que ha desembocado en negación absoluta de divisas para las empresas productoras. 

Si a esto agregamos el hostigamiento verbal, la amenaza pública y la inseguridad legal y hamponil, pocas empresas quedan que se atrevan a hacer inversiones, a ampliar su nómina o incluso a mantenerse abiertas. Para muestra un botón: Empresas Polar, la única grande que sigue a tope de producción, es amenazada permanentemente como si se tratase de enemiga pública. 

Las políticas erradas han producido un colapso en la producción y el abastecimiento. Por primera vez en diez años, el orden de los problemas que declaran los venezolanos ha cambiado: la inseguridad ha pasado a segundo lugar y el desempleo ha bajado al tercero, mientras el desabastecimiento escala rápidamente al primer lugar de las preocupaciones. Y estas preocupaciones, cualquiera su orden, sumadas a las carencias de servicios, al desprecio por la preparación académica y a un desánimo colectivo, son las causas por las cuales venezolanos productivos, mayormente profesionales, han emigrado. Éste es un gravísimo daño al desarrollo del país, a la unión de la familia, al futuro. Y también al empleo, que se ve ocupado por personas no capacitadas o de inferior preparación, impactando así el resultado final de las empresas públicas y privadas. 

En 15 años se han expropiado 1.100 empresas y más de 6 millones de hectáreas de áreas cultivables. Sólo un ciego puede negar el origen del desabastecimiento y el desempleo. Las sucesivas devaluaciones han colocado el salario mínimo en poco menos de dos dólares diarios, un nivel que la ONU declara como de “pobreza”. En 15 años se han hecho 29 ajustes al salario mínimo, incluyendo el anunciado para el día de hoy. Pero la inflación se los come a todos,  alentada por una catastrófica política financiera y por la ausencia de producción nacional. 

Novedosos “trabajadores”

Sin duda los niveles de desempleo se ven disfrazados por la gran habilidad de los venezolanos en inventar oficios que les produzcan dividendos: cuida carros, guarda puestos en colas, gestores de trámites, cargadores de bolsas y un sinfín de ocupaciones que compensan con picardía (por llamarlo de alguna manera) la ausencia de preparación o de trabajo fijo.

Al tradicional buhonero lo ha venido desplazando en las calles el “bachaquero”, persona que  va todos los días a los automercados y tiendas de electrodomésticos  a hacer interminables colas para adquirir productos regulados que después vende en varias veces su valor.  Muchos han dejado trabajos fijos por este rentable oficio, que perturba no sólo la economía fomentando la inflación, sino a los consumidores que no bachaquean y se ven impedidos de entrar al sitio donde habitualmente compran, ante la horda de “bachacos”.

El bachaquero vive de la reventa y la especulación. Su empleo es un mientras tanto, producto del inmenso desequilibrio económico que castiga a los venezolanos. Y con los bachaqueros también actúan los que los trasladan, los que alquilan sillas en la cola, los que venden el puesto más salidor.

Se estima en 7.695.649 el número de personas que trabajan en la informalidad. Sin seguro social, sin beneficios laborales, sin protección presente ni futura, sin que los afecte los incrementos del salario mínimo.

El presidente ha debido dormir anoche en La Habana. “¡Me han invitado, yo voy a ir!. Esta noche voy, duermo allá, tempranito estoy y le doy un saludo al pueblo cubano e inmediatamente me vengo para acá y al mediodía nos vemos en la plaza O´Leary, donde voy hacer grandes anuncios para la clase obrera venezolana”, ofreció ayer.

Mientras tanto, hoy los trabajadores marchan por las reivindicaciones que les interesan. La CTV y las federaciones sindicales nacidas en democracia, declararon que van a marchar para exigir un 100% de aumento en el salario mínimo. Los sindicatos oficialistas, acompañados por su sector patronal (el gobierno) marcharán “contra el imperialismo y la guerra económica”.

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Twitter:@charitorojas

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