El misterio de la lanza sangrienta (2258320)

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    Muchos  mirones formaban un irregular y variopinto c?rculo alrededor del cad?ver de un hombre que yac?a tirado boca arriba en la tierra amarilla al lado de la autopista Valencia Campo de Carabobo, no lejos del sector Las Manzanas, municipio Libertador. Ya todo mundo sab?a que la v?ctima hab?a sido herida y atravesada al menos una vez con una especie de p?rtiga o palo, o con una cabilla u otro objeto de metal. En suma, lo hab?an asesinado como si fuera a lanzazos.

    Los agentes para casos especiales, Carlos Salinas y Mario Pinto, estaban montados en una loma medio calva de grama. Parec?an generales dirigiendo la batalla en aquellos campos inmortales. No se molestaban en ver hacia el centro de atenci?n de todos, donde otros de sus compa?eros investigadores comenzaban a delimitar la escena del crimen con las cintas amarillas y proteger indicios y evidencias, sino que, mientras Mario tomaba fotograf?as de la concurrencia de curiosos (otro agente hac?a la fijaci?n fotogr?fica de la escena del crimen en si), Carlos miraba detalladamente los rostros m?s llamativos de aquel bizarro p?blico, donde muchos se re?an del cad?ver, otros lo lloraban desgarradamente, otros lo ve?an en silencio sepulcral y otros, fumaban o beb?an cerveza como si se tratara de un Caracas Magallanes.

    Mario baj? la c?mara cuando vio que su compa?ero Carlos avanzaba hacia la multitud; ah? supo que ?ste ya ten?a un objetivo. Carlos camin? pausadamente y con las esposas centelleantes en la mano a causa del sol de las 10:00 a.m., se dirigi? resueltamente hacia uno de los curiosos. Delante de todo mundo se le plant? al frente, dici?ndole secamente:  Est?s arrestado por averiguaciones del asesinato del se?or Jos? Casta?o .

    El rostro del hombre, hasta ese momento inexpresivo, se contrajo, se puso l?vido, surgiendo en el mismo l?neas de terror y culpa; pero no de remordimiento. Al principio se repuso y trat? de defenderse, pero las palabras chocaban como carritos de feria al ir m?s all? del vallar de sus dientes y en un momento de extremo p?nico, su instinto de supervivencia le hizo salir corriendo como un caballo desbocado.

    Vuelto loco, el sujeto cruz? la autopista sin reparar en las gandolas u otros autom?viles que pudieron haberlo convertido en una sangrienta papilla de sospechoso, y enfil? con direcci?n al barrio de donde hab?a llegado con todos esos vecinos. Fue cuesti?n de unos pocos minutos para que los mismos habitantes de la zona lo acorralaran; y si no es por la acci?n r?pida de los investigadores, hasta lo habr?an linchado.

    ?C?mo co... supiste

    que era el asesino?

    El sujeto detenido, quien result? llamarse Genovevo Vargas (su mam? de origen mexicano  lo mat? con ese nombre porque quer?a venerar al general Genovevo de la O, quien combati? al lado de Emiliano Zapata en la Revoluci?n Mexicana), de 55 a?os de edad, hizo silencio absoluto, pese al alboroto generalizado de los habitantes de la zona.

    Genovevo era el herrero de la localidad y a todo mundo le sorprendi? que fuera se?alado como implicado en el caso. Incluso, muchos de sus propios vecinos, sin conocimiento de causa, ya lo hab?an sentenciado como el asesino.

    Genovevo fue montado en una patrulla y trasladado a la sede del Cicpc en Valencia. Algunos agentes se hab?an quedado atr?s en la escena del crimen realizando el levantamiento del sitio, pero quienes se fueron con Carlos Salinas y Mario Pinto, se preguntaban c?mo co& hab?an hecho para se?alar como presunto culpable a un sujeto solo con verlo entre los mirones.

    La explicaci?n del an?lisis

    y la asombrosa deducci?n

    La explicaci?n tuvo que d?rsela con  pelos y se?ales Carlos Salinas a sus superiores esa misma tarde, cuando Genovevo hab?a admitido delante de la fiscal que ?l era el ?nico asesino de la v?ctima identificada como Jos? Casta?o, de 40 a?os de edad.

    Salinas dijo que ese sujeto que hab?a entre las personas curiosas que miraban el cad?ver de Jos? Casta?o,  daba muchas se?ales inequ?vocas de estar implicado en el hecho . Primero, mientras que en el sitio hab?a  choros y rateritos que huyeron espantados de la escena cuando el agente Mario Pinto comenz? a tomar las fotograf?as de sus caras, Genovevo ni se inmut?. Eso le indic? al agente Carlos Salinas que ese tipo extra?o no ten?a ning?n antecedente penal (como fue comprobado despu?s en la base de datos integrada de la polic?a) y que le importaba un carajo correr el riesgo de que su rostro fuera pasado por los nuevos sistemas inform?ticos de reconocimiento facial del que hablaba la prensa que ten?a la polic?a cient?fica.

    Previamente el agente Salinas se hab?a concentrado en la multitud y detall? unos 80 rostros. La mayor?a eran de personas comunes, trabajadores, lavanderas, amas de casa, obreros, choferes, bodegueros y dem?s personas que uno puede conseguirse en una comunidad como Las Manzanas; pero descartando eso, tambi?n hab?a caras m?s sombr?as de delincuentes de la zona (que huyeron por miedo a las fotos) y de choros fanfarrones de poca monta que se mord?an los labios y hac?an ademanes reggaetoneros con los dedos a modo de pistolas, como indicando que eran  la maleza .

    De todos modos no dec?an nada relacionado con el caso, como pudo comprobarse con los equipos inform?ticos de escucha, amplificaci?n y purificaci?n de voces instalado en una camioneta del Cicpc estacionada prudentemente no lejos del grupo de gente. Recurso este completamente legal con el que pod?a escucharse lo que dec?an los curiosos alrededor de una escena del crimen y con el que se hab?an resuelto muchos casos.

    El ?nico rostro que le llam? poderosamente la atenci?n fue precisamente el de Genovevo, pues ?ste apenas si miraba el cad?ver. Solo ve?a a su alrededor hecho el loco como si buscara algo. Camin? por el sendero de monte trillado que comenzaba a orillas de la autopista e hizo el recorrido de regreso hasta donde se encontraba la multitud a unos metros del cad?ver. Esto lo hizo unas tres o cuatro veces. Era evidente que estaba buscando algo.

    Cuando el agente Carlos Salinas estuvo seguro de que ese sujeto era sospechoso, lo mir? directamente a los ojos. La reacci?n de Genovevo fue inmediata e instintiva. Solt? un palito de un metro y medio aproximadamente que llevaba en la mano como para que lo ayudara a buscar entre el monte lo que fuera que estaba buscando. Fue en ese instante, cuando el agente Carlos Salinas pel? por las esposas y se dirigi? a Genovevo y ?ste se lanz? a su alocada carrera. Lo dem?s, fue su confesi?n y los detalles forenses que lo inculpar?an definitivamente.

    De todas maneras, el agente Carlos explic? a sus jefes que no hab?a nada de sobrenatural ni ps?quico en su descubrimiento del sospechoso, solo mucho an?lisis y deducci?n, pues al llegar a la escena del crimen se dio cuenta de que los bolsillos del pantal?n jeans de la v?ctima hab?an sido revisados y estaban hacia afuera. Hab?a evidencia de que le hab?an desabrochado la correa y hab?an buscado algo en la pretina alrededor de su cintura, e incluso le hab?an quitado las medias y los zapatos, pero no le robaron nada.

    Era evidente que el asesino, luego de matar a Casta?o, hab?a buscado algo entre sus ropas, pero con la oscuridad reinante (la hora de muerte hab?a sido establecida a eso de las 2:00 de la madrugada), no pudo conseguir nada. Eso tambi?n lo evidenciaba el hecho de que el asesino no se llev? billetes ni nada, pese a que le hab?a quitado la cartera del bolsillo trasero, hab?a revisado con rabia y arrugado con su pu?o tarjetas y billetes que fueron arrojadas con impotencia al suelo y as? conseguidas alrededor del cad?ver. Al asesino no le importaba el dinero, le importaba otra cosa y volver?a a por ella, como dedujo Carlos acertadamente.

    Hileras de lanzas

    en la reja de una casa

    Para rematar el caso, el pat?logo forense determin? que Casta?o hab?a sido herido dos veces (en el hombro y en el pecho) la punta de una especie de lanza de hierro y luego fue atravesado de parte a parte con la misma arma, la cual hab?a dejado restos de pintura negro mate en las heridas y los huesos, seg?n pod?a constatarse con el microscopio.

    La herida que lo mat? fue la tercera. La diagonal que le atraves? el pulm?n y le separ? varios discos cervicales. Se determin? que el arma homicida era una de las varias  lanzas de hierro forjado que adornaban la reja de la fachada de la casa de Genovevo. Cada una de sus puntas fue sometida a la l?mpara ultravioleta y se consigui? restos de sangre de la v?ctima en ella.

    As? se supo finalmente que entre Casta?o y Genovevo hab?a una relaci?n amorosa y discutieron porque Genovevo quer?a terminar y Casta?o lo amenazaba con mostrar las fotos ?ntimas que ten?a en la tarjeta de memoria de su celular a la familia de ?ste. En un arranque de furia asesina, como hijo de Efesto (dios griego del fuego y la forja), el herrero Genovevo Vargas, quien hab?a estado soldando las rejas de su casa hasta como las 02:00 de la madrugada, tom? uno de los barrotes de hierro forjado con punta de lanza y persigui? a su v?ctima sin que los vecinos los vieran, perseguido y perseguidor cruzaron a la carrera la autopista, pero antes de ser alcanzado, Casta?o lanz? hacia adelante el celular y ?ste se perdi? entre el monte. Al alcanzarlo, Genovevo lo asesin?. Busc? infructuosamente el celular por el camino en que hab?an llegado, pero no se le ocurri? que su ex novio lo hubiera lanzado lejos, donde fue hallado despu?s por la polic?a. El asesino regres? y sold? la lanza homicida de su reja. Aunque trabaj? toda la madrugada con el peso aplastante de haber matado a su ex pareja, no alcanz? a pintar la lanza, as? que cuando los vecinos consiguieron el cad?ver fue con ellos como otro curioso m?s, a ver si consegu?a el celular.

    La verdad era superficial, est? ah? al alcance de la mano y el agente Carlos Salinas la vio. La culpa estaba escrita en el rostro de Genovevo, y eso, con an?lisis y astucia, condujo al investigador a las asombrosas deducciones con las que descubrieron lo sucedido. Caso resuelto.

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