El misterioso caso del muerto que no era muerto y la mujer que no era mujer (2339476)

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    Existen infinidad de casos de homicidios tristemente  normales a los que nos hemos acostumbrado y que un solo investigador de la Policía Científica sin mucha experiencia podría descubrir con los ojos cerrados, dados el descuido y suprema idiotez de los sangrientos criminales.

    Pero hay casos a los que les dicen  para el archivo , porque han sido tan excepcionalmente difíciles, que muchos de ellos han debido ser engavetados y olvidados en alguna carpeta o en un formato electrónico. Éstos son los que necesitan de una mente ágil; acuciosa; tenaz y tan deductiva como la del mismísimo Sherlock Holmes de Conan Doyle; Auguste Dupin de Allan Poe o Hércules Poirot de Agatha Christie.

    El caso que a continuación les narramos ocurrió en un humilde rancho de unas invasiones al sur de Valencia. Sus endebles y deprimentes paredes encerraban un misterio indescifrable, como si se tratara de un criptex hecho con descoloridas láminas de lata; cartón; tablas; plástico; uno que otro bloque rojo y anime…, los proverbiales materiales de construcción de la miseria.

    En esta precaria construcción fue donde los investigadores del equipo para casos especiales de la Policía Científica, al mando de los agentes Carlos Salinas y Mario Pinto, inspeccionaron el cadáver de un hombre joven, identificado como José Méndez Da Silva. Estaba tirado en el camastro, cubierto con un sudario amarillento y empapado en sangre.

    Todo estaba impregnado del olor metálico del fluido rojo que pintaba la escena. Su viuda lloraba con llanto escandaloso, sentada en una lata vacía de manteca vegetal. Evidentemente había abrazado al difunto, pues tenía sus roídas ropas y los brazos manchados de carmesí.

    ¿Un caso fácil?

    Todo el mundo en las tortuosas invasiones conocía a Méndez Da Silva. Sabían que no era precisamente una joya del Nilo. Vendía droga. Al parecer le jugó sucio a uno de sus proveedores y en la madrugada forzaron la endeble puerta, mientras que él y su mujer  se paseaban por el mundo de los sueños potenciados con el efecto narcótico de lo que habían consumido. Fue un ajuste de cuentas , aseguraban todos y así lo parecía.

    La viuda ni se molestaba en desmentir a los vecinos. Dijo que en efecto el difunto y ella se habían casado hacía dos años. La cédula y los documentos de matrimonio los tenía el muerto en la cartera.

    Los investigadores de apoyo concordaron en que todo era perfecto desde el punto de vista de criminalística. Un asesinato por drogas. Pero los investigadores de la brigada Carlos y Mario dijeron casi al unísono:  Algo no cuadra .

    Se investigó a la pareja. Resultó que la madre del difunto, María Da Silva, ciudadana de Brasil, hacía años atrás había desheredado a José Méndez Da Silva por su conducta delictiva.

    Como su padre era venezolano y él también (había nacido en Caracas y se lo llevaron a Brasil a muy temprana edad), regresaron al país, pero aquí el adolescente Méndez Da Silva se perdió más al morir el progenitor.

    En el testamento, María Da Silva (fallecida hacía apenas 3 años) dejaba una gran fortuna. Pero no para Méndez Da Silva. Fue muy explícita al asegurar que Méndez Da Silva nunca tocaría ese dinero. Todo lo legaba a los hijos o a la esposa de éste, es decir, a sus nietos y nuera si los llegaba a tener, pues no tenía más familia en el mundo.

    Así, castigaba a su hijo desheredándolo por su maldad. En Brasil, apenas con 15 años de edad, había disparado contra un muchacho y llegó a golpearla a ella en la cabeza con un tubo.

    Aun así, ella lo defendió para que no fuera a la cárcel. Luego, les dio a él y a su padre un boleto solo de ida a Venezuela. Ya no los aguantó. Ahora, muerta esta sufrida madre, y su hijo Méndez Da Silva también, sin herederos, todo le tocaría a la esposa, esa mujer que lloraba al lado del cadáver, cuyo nombre era Karla de Méndez.

    Resucitó a los 8 días

    El cadáver fue enterrado en el cementerio municipal de Valencia. Era el procedimiento normal. Todavía no podía detenerse a nadie. Pero a los 8 días fueron capturados los autores materiales del crimen, identificados por la gran cantidad de huellas y rastros que dejaron. Estos sujetos diabólicos, apodados  El Negro Mandarria ,  El Joseíto y  El David , sabían que con las pruebas que había en su contra cualquier fiscal les  metería millones de años , según la expresión de los investigadores. No les quedó de otra que  cantar que Karla, la mujer del difunto, era una de las autoras intelectuales, pero había otro… un hombre.

    Ese mismo día, Carlos y Mario explicaron el caso resuelto a los jefes de la Delegación Carabobo: ese muerto no es muerto. Es decir, Karla, la esposa, estaba muy apurada para que lo enterraran. Eso ya era muy sospechoso.

    En un caso normal, con todos los testimonios y reconocimientos, se habría sepultado sin mayores pruebas que el acta de defunción del forense. Karla habría recibido la herencia y habría pasado de la pobreza extrema a la riqueza.

    Pero como el caso era atípico, le tomaron muestras de ADN al muerto y cotejaron sus huellas dactilares con las de los documentos. Y ¡voilá! Ese cadáver que tanto se parecía al esposo de Karla (es decir a Méndez Da Silva) era el de un indigente de la avenida Lara con Ferias de Valencia, que se parecía sorprendentemente a Méndez Da Silva y la esposa lo sabía perfectamente.

    La declaración de los autores materiales del crimen describía al sujeto que los contrató con las características del difunto.

    Un parecido mortal

    Lo que pasó fue que un día, Méndez Da Silva vio a este indigente que tanto se parecía a él y se lo llevó a su rancho, ofreciéndole dinero y comida para que se lo cuidara y hasta durmiera con la esposa (ella accedió al plan). Luego, teniendo al ignorante indigente en el rancho, les pagó a los matoncitos y ellos lo liquidaron para que pareciera que el muerto era él.

    Una vez que fuera declarado muerto y la mujer recibiera la herencia, se largarían a Río de Janeiro; era improbable que la aduana tuviera conocimiento de que Méndez Da Silva había sido declarado muerto y fácilmente conseguiría boletos de avión.

    Era el plan perfecto. Lo malo fue que no contaban con la astucia de los investigadores. La mujer fue detenida, su esposo Méndez Da Silva fue detenido también en una  concha en el barrio Antonio José de Sucre de Plaza de Toros. Ambos fueron a parar al penal de Tocuyito por homicidio, concierto para delinquir y complicidad en homicidio.

    La herencia fue anulada porque Méndez Da Silva seguía vivo. En vez de irse a broncear a las hermosas playas de Brasil, ambos están prisioneros en un lóbrego calabozo.

    El caso se dio por llamar  el muerto que no era muerto y la mujer que no era mujer . El primero, por lo obvio; y la mujer, pues como dijeron extraoficialmente los mismos investigadores,  eso no es una mujer, ¡es una bestia criminal! . Caso resuelto.

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