El mito de Jesús

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Desde el siglo XIX, gracias a los estudios filológicos de Strauss, y en el siglo XX, con las indagaciones de Bultmann, se sabe que los evangelios sólo son un conjunto de leyendas y mitos que circularon entre el siglo II A.C. y el III D.C. en el Imperio Romano, dándole vida a cultos secretos, llamados “misterios”, en los que participaban tanto patricios como plebeyos y esclavos. Es decir, los evangelios no tienen ninguna validez como documentos históricos.

 Cuando hablamos aquí de los evangelios, incluimos a los llamados “apócrifos”, esos que fueron excluidos, censurados y hasta, sencillamente, destruidos, por orden del Concilio de Nicea, cuando ya el cristianismo se había declarado la religión oficial del Imperio Romano, por pura conveniencia política del emperador Constantino, un monstruo asesino que no tenía nada que ver con la mansedumbre y la santidad cristiana.

 Segmentos fundamentales de la narración evangélica, son igualitos a los de los mitos de Dionisos, Osiris, Horus, Eleusis y otros seres maravillosos, en cuya adoración se aplicaban los miembros de esas (los “misterios”) que proliferaron en el período histórico que referimos. Todos esos seres sobrenaturales son hijos de un dios y una virgen (incluso Hércules, por cierto), fueron visitados en su cuna por 3 o 2 o 4 sabios de tierras lejanas guiados por estrellas vagabundas, sobrevivieron a atentados mortales en su más tierna infancia, enseñaron sobre el amor, la paz y la vida, fueron aprehendidos, salvajemente torturados, para luego morir colgados de un palo o un árbol, para después resucitar a los pocos días con toda su gloria. Hay variaciones entre mito y mito, por supuesto. A Dionisos y a Wotan (el dios vikingo) los desmiembran y despedazan sus enemigos. A algunos no los clavan en el madero, sino que los cuelgan o los decapitan a la sombra de un árbol.

  Los filólogos y hermeneutas alemanes constataron, no sólo esas sorprendentes coincidencias entre las narraciones míticas y la del Cristo. Descubrieron numerosas inconsistencias y contradicciones en los textos de los supuestos evangelistas, que se presentan como testigos presenciales, cuando se ha comprobado que todo eso fue escrito 100 o 200 años después de que supuestamente hubieron ocurrido los hechos narrados. Esas debilidades textuales y lógicas no debieran sorprender. Un cuento cambia de aspecto apenas pasa de un oído a otro. Por otra parte, la inexistencia de otros documentos que corroboren los sucesos de los evangelios, así como otros descubrimientos, como el de los rollos del Mar Muerto, un conjunto de escritos de la secta judía de los esenios, que se adelantan hasta un siglo a muchas fórmulas y frases cristianas, dieron base a la conclusión de que Cristo nunca existió y que su historia es sólo un condensado incoherente de muchas leyendas y mitos de su época. 

  Por otra parte, confrontando los evangelios oficiales con los apócrifos, así como con otros documentos de los primeros siglos del cristianismo, los investigadores apuntaron a que los evangelios no se les leyó ni escribieron como registros históricos. En los inicios de la nueva religión hubo dos formas de leer y escribir evangelios: la alegórica, propia de la tendencia gnóstica, y la literalista, que fue la que asumió el emperador Constantino como oficial. La interpretación gnóstica (de gnosis=conocimiento) parte de que la vida de Jesús, incluidos por supuesto su pasión, muerte y resurrección, no es sino una suerte de fábula que simboliza la evolución del espíritu de los seres humanos, que deben atravesar momentos de dolor, hasta la muerte de una forma de existir, para resucitar a una nueva vida más pura, auténtica y profunda. Los literalistas, amigos del emperador Constantino, interpretaron y escribieron evangelios como una relación de acontecimientos, y con ello plantearon que la historia se había cortado en dos con la venida del Mesías.

 El hecho de que Cristo no haya existido realmente y que, siguiendo a los gnósticos, los evangelios sean sólo narraciones poéticas aleccionadoras, no les quita nada a su trascendencia espiritual. Así como saber que el Quijote, Hamlet o Tío Conejo son seres ficticios, no les quita su significación ejemplar y educativa, en la formación de un ser humano más justo, heroico o amable; en fin, más humano.

Doctorado Ciencias Sociales UC

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