El secuestro de Di Stéfano: tres días de ajedrez y miedo en Caracas

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Caracas, 7 jul (dpa) – Fueron tres días, pero a Alfredo Di Stéfano le pareció que el sorprendente secuestro que sufrió en Caracas duró tres años. 

En la capital venezolana ya no existe el hotel Potomac, donde se inició el drama el 24 de agosto de 1963, y los captores están convertidos en abuelos retirados o personajes anónimos, pero el capítulo nunca se olvida. 

"Por más de 40 años he cargado con esta cruz", confesó años atrás a dpa el jefe del grupo de secuestradores, Paúl del Río. "A veces me fastidio de contarlo. Lo que llamó la atención fue que no hubo violencia, él nunca se sintió amenazado, se dio cuenta que estaba frente a unos jóvenes idealistas". 

Di Stéfano, que murió hoy a los 88 años por una parada cardiorrespiratoria, no recordaba el episodio de forma tan amable. "Pensaba que en cualquier momento venía uno y me pegaba un tiro", señaló en sus memorias el ex jugador del Real Madrid, para quien la experiencia no fue precisamente una anécdota divertida. 

Aquella mañana de agosto, Del Río se hizo pasar por un agente de la policía que llevaba a cabo una investigación de narcóticos. Al ver que el futbolista, entonces de 37 años, intentó resistirse lo amenazó con esposarlo. 

Luego lo bajó de la habitación junto con un compañero y una vez dentro del coche le vendó los ojos. Hasta ese momento no le informaron que se trataba de una operación de secuestro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), la guerrilla urbana. 

Fue llevado a un refugio en Caracas y en las siguientes horas el grupo se dedicó a mantener cautivo al jugador y a eludir a más de 500 agentes que fueron desplazados por la cuidad en busca de los rebeldes. 

"Él mismo hizo el menú de la comida, jugamos dominó y ajedrez y le permitimos ver televisión", explicó Del Río, que recordó que le permitieron seguir por radio las incidencias del partido del Real Madrid y el Sao Paulo en el estadio Olímpico, desde donde sus compañeros le enviaron saludos. 

Cuando fue liberado, tras tres días de angustia, el jugador fue directo a la embajada de España, donde ofreció una rueda de prensa. "Y al fijarme en un periodista que me hace una pregunta, veo que hay dos de los secuestradores entre los periodistas. Me volvió a dar un ataque de miedo", confesó el futbolista en su libro de memorias. 

"Yo no soy político ni me interesa para nada la política de Venezuela, por lo que prefiero es no tratar siquiera de averiguar por qué me han raptado", dijo entonces Di Stéfano. "Me explicaron cuál era el propósito publicitario del secuestro. Yo les dije que no tenía que ver nada con la política de este país", agregó. 

Pero funcionó. Durante muchos días la guerrilla urbana que luchaba contra el gobierno del social demócrata Rómulo Betancourt ocupó páginas de diarios junto al nombre de Di Stéfano. 

"Así habrá sido el escándalo que más de 40 años después la gente sigue interesándose en los detalles y sigue preguntando", constató con una carcajada Del Río. 

Simpatizante del gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez, Del Río, conocido en la clandestinidad como Máximo Canales -nombre clave que adoptó del escritor ruso Maximo Gorsky-, nació en La Habana en 1943, de una familia de inmigrantes españoles republicanos. 

Los años han atemperado sus actitudes, pero no sus ideas. Convertido con los años en un artista plástico y escultor, el ex guerrillero mantiene sus posiciones políticas y no siente remordimientos. "¿Cómo voy a arrepentirme de hacer cosas buenas?", dijo en una entrevista con un diario español. 

El impacto del secuestro compitió con la magia futbolística del jugador, que había acudido a Caracas para disputar con el Real Madrid la Pequeña Copa del Mundo. A las 70 horas que Di Stéfano pasó cautivo se han dedicado libros y películas. 

La estrenada en 2005 sirvió para reunir a captor y secuestrado, quizá en otro acto propagandístico de gran calado, aunque en esa ocasión de mano del Real Madrid y sin el uso de la violencia. 

El realizador español Borja Manso dirigió un film sobre el conjunto blanco, "Real", que reunía cuatro historias cuyo hilo de unión era la pasión por el club. Una de ellas, "Mi abuelo secuestró a Di Stéfano", revivía el episodio desde el recuerdo del mismo Del Río. 

Di Stéfano siempre fue bien tratado por sus captores, que le preguntaban qué es lo que quería comer e incluso le ofrecieron comprarle una paella. "Pero el miedo me había quitado el apetito", advirtió el ex jugador. 

Quizá por eso, intranquilo, apenas era rival para sus secuestradores con los juegos de tablero, hasta el punto de que uno de los secuestradores "le dijo a Di Stéfano que sería un buen futbolista, pero un mal ajedrecista", narró el historiador y escritor Oscar Yánez, reportero de un diario caraqueño en aquellos años. 

"El trato fue siempre cordial", confesó el futbolista, que sin embargo no se llevó un buen recuerdo de Venezuela. "Los tres días me parecieron tres años y ahora, cada vez que veo un secuestro, pienso en lo que me pasó". 

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