El submundo en el que se han convertido las camioneticas de pasajeros

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Valencia, 18 enero 2015.- La parada. ¡Por favor la parada!, ¡SEÑOR LA PARADA! Grita el pasajero abriéndose paso entre las personas que van amalgamadas en el pasillo de la camionetica, con la intención de descender de ella, no sin antes dirigir al chofer que desoye su llamado una serie de improperios.

-¿Me vas a llevar para tu casa? Le suelta con ira el usuario del transporte público mientras le lanza el billete correspondiente al pasaje. Hay quienes dejan la situación así y se bajan, otros se enganchan en dimes y diretes con el conductor. Mientras el resto, unos sentados, otros apretujados de pie, ven con naturalidad la escena.

Mientras unos bajan, otros suben, adentrándose al submundo de las camioneticas, de los charleros y de los colectores que en lugar de solicitar el pasaje, te encajan el dedo índice en el brazo o simplemente te extienden la mano antes de que hayas alcanzado lograr el equilibro dentro de la buseta, como la llaman en algunos estados del país.

Quienes salen de sus hogares en horas de la mañana, a estudiar o trabajar, deben agarrar, al menos tres camionetas para llegar a su destino, durante cuyas travesías tanto sus olfatos como sus oídos son sometidos a pruebas constantes. O son los fuertes olores a colonia, cremas y splash que le revuelven el estómago a más de uno, o bien, la estridencia de la música que hace vibrar desde las ventanas hasta los tímpanos de los viajeros.

¡Buscando la puerta, buscando la puerta! Ordena el colector guindado en la entrada mientras golpea con fuerza la lata para anunciar al chófer una parada. ¡Déjalo, déjalo! ¡Arranca, ya cayó!, dice, en referencia al pasajero que acaba de bajarse. Ese es el código entre quienes dedican su vida a recorrer las agitadas calles de Valencia dentro de una unidad colectiva, de las más variadas y pintorescas.

Aquellos que recurren al transporte público, saben que deben tener el pasaje en mano, el celular en silencio y nada de valor a la vista de quien pudiera subirse en cualquier semáforo a pedir dinero para un amigo que acaban de matar y para el que requieren recursos para su entierro, o el señor que fue asaltado cinco minutos antes en el terminal de pasajeros y está reuniendo para irse de vuelta a casa, aunque lo veas narrando los mismos hechos durante un año. La mujer que aborda la unidad con un koala y con una carpeta que contiene el informe médico, récipes y fotos de un familiar enfermo. El que vende caramelos, regala tarjeticas a cambio “de lo que salga de su corazón”, porque “una ayudita no empobrece ni enriquece a nadie”. El muchacho bohemio con una guitarra pegada a su pecho entonando incontables veces la misma canción. La mujer que se monta a predicar, el señor de siempre con el gel mentolado, la crema con poderes curativos que desmancha, sana el acné, borra cicatrices y evita el cáncer de piel. El niño que recoge el dinero en una gorra mientras su representante habla de su imposibilidad física, entre otras vicisitudes, inverosímiles para habitantes del primer mundo.

La competencia entre los camioneteros, de quién cubre primero la ruta, hace que los choferes vayan dejando a la gente en las paradas con la mano extendida, una ráfaga de humo que enturbia la visión a los transeúntes y se impregna de la ropa , el tema de los tickets estudiantiles, que es arrebatado de la mano del estudiante con un recelo incontrolable, el carnet de los adultos mayores que es revisado con detenimiento, la negativa de subir a mujeres con niños y menos si tienen bultos escolares a sus espaldas. El “hagan doble fila en el pasillo”, “ruédense más atrás”, “por favor colaboren, todos nos queremos ir”, entre frases que hacen sangrar el oído cada vez que las escuchas mezcladas con salsa mal ecualizada o en medio de un vallenato que el chofer canta a todo pulmón.

El reggaetón y el merengue que tarareas inconscientemente mientras le das espacio a la persona que va saliendo y con la que tienes más contacto físico del que deberías, forman parte del día a día, de cada segundo que transcurre dentro de un bus.

El pasajero, además, es partícipe de las largas conversaciones o algarabía -más bien- que escuchas, casi siempre, al caer la tarde rumbo a casa en las que, debido al excedente de pasajeros, vas de pie sostenido del pasamano mientras el chofer se refriega con la yema de los dedos  la grasa acumulada en el rostro tras  un extenuante día de trabajo, donde las normas de urbanidad te invitan a ceder el puesto a las embarazadas, o a la señora mayor, o la mujer con un bebé en brazos, mientras a tu alrededor los 25 hombres que van a bordo se les antoja ver por las ventanas justo en ese momento, o hacerse los locos, que es lo mismo. No siempre ocurre así, hay excepciones.

El billete roto, el vuelto incompleto, el doble cobro del pasaje, el colector que introduce medio cuerpo por la ventana para gritarte ¡tú, la de camisa verde, por favor córrete para atrás!, ¡Ey mami, flaca, es contigo, da chance para que la gente suba! Y frases que seguramente el lector me ayudará a completar, son infalibles durante una vuelta dentro de una camionetica, en la que seguramente ha sido pisado, aruñado y hasta insultado en una parada repleta de pasajeros donde sólo un bus cubre la ruta.

Por otra parte, la inseguridad ensombrece el panorama. El hombre tatuado que arriba a la unidad en una parada en la Av. Bolívar alegando ser un paciente psiquiátrico que amerita un tratamiento urgente porque si no se pone violento. Los tres muchachos medios vestidos que se ubican estratégicamente a lo largo del pasillo para pedir cualquier “obligatoria” colaboración que tengas por bien darle. A veces coincide también el que vende el agua, el papelón con limón o el jugo de naranja, con la mujer que pide dinero para instituciones benéficas y el hombre que necesita urgente una prótesis.
La misma historia se repite, todos los días, un déjà vu permanente, olores, música a todo lo que da el aparato y acercamientos indecorosos debido al hacinamiento andante al que la gente se acostumbra

Aproximadamente 70 atracos diarios se registran dentro de unidades colectivas en la gran Valencia, de acuerdo a estadísticas del Sindicato Único de Transporte del estado Carabobo, presidida por Adolfo Alfonso.

Quienes salen de sus hogares bien tempranito, se persignan y aprietan el billete del pasaje, muy pocos, para no decir ninguno, se imagina que dentro de una camionetica se puedan vivir las peores experiencias de la vida, como ser testigo de un homicidio, por ejemplo.

El pasado 30 de diciembre, un hombre de 64 años de edad fue baleado dentro de una unidad de transporte camino a su residencia en Guacara. Unos días antes, el 22 de diciembre, otro sexagenario resultó herido en Puerto Cabello al lanzarse de una camionetica para evitar ser víctima de la delincuencia. Pero amarga fue la mañana para los pasajeros que subieron a un autobús en Central Tacarigua camino a Valencia, al escuchar una fuerte detonación ocasionada por un hombre que entró a la unidad de transporte y sin pronunciar ni una palabra, le disparó -presuntamente- en el rostro a una mujer identificada por las autoridades como María Teresa Coronado Ibarra.

Muy bien reflejó Aquiles Nazoa tal realidad en su poema titulado “Infierno Rodante” en la que escribió:

Unas descalabradas ventanillas
Con el vidrio atascado o vuelto astillas;
Una lámina entera despegada
Que causa, en un frenazo, una cortada.

Una puerta de atrás que no funciona
Cuando se va a bajar una persona
O que funciona tan violentamente
Que, de darle donde es, mata a una gente.

Y, sobre todo esto, una hedentina
Tan fuerte y tan tenaz a gasolina,
Que, sin echarse un palo, hasta el más macho
Si hace el viaje hasta el fin, llega borracho.

 

 

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