El torbellino de zamuros sobre la carne humana (2373366)

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Si algún otro observador inquieto hubiera levantado la vista al cielo ennegrecido, habría visto el torbellino de zamuros espectrales revoloteando, haciendo sombra a los plateados rayos de la luna, describiendo círculos concéntricos en la noche mientras esperaban con paciencia que su ama, la muerte, con rostro cadavérico, guadaña en mano y mortaja ondeando al aire, desatara la riada de sangre que estaba por inundar aquel sitio.

Sin percatarse de la presencia de esas entidades invisibles y fatídicas, en el mundo de los vivos se desarrollaban los acontecimientos que finalmente terminarían en la espantosa tragedia que a continuación relatamos. En mi mente se agolpan los sucesos de esa noche como destellos atronadores, gritos horrísonos, brutales, que se mezclaban con el olor a pólvora y el peculiar olor de la sangre humana.

Hasta hoy, no he podido pegar un ojo después de que, desgraciadamente para mí, me convirtiera en un testigo de excepción de la masacre. Por supuesto que ni por todas las cajas de cerveza del mundo les voy a decir dónde vivo ni cómo me llamo, no sea que a causa de eso, un día la muerte venga a tocar a mi puerta.

Solo les diré que con lo que vi, y con los sangrientos titulares de la prensa al día siguiente, pude comprender perfectamente todo lo que había sucedido. Es lo que me dispongo a contarles, para ver si así, mi alma atribulada se cura de aquella maldición de ver la muerte cara a cara y espanto de mi atormentada mente los malditos buitres putrefactos, hechos jirones de piel y hueso.

Una trampa perfecta

Todo comenzó la aciaga noche del pasado domingo 11 de enero, en algún lugar del barrio Las Parcelas del Socorro de Valencia, estado Carabobo. Cuatro hombres armados y congregados alrededor de una envejecida mesa de madera conversaban al amparo de la luz mortecina que inundaba la derruida habitación.

Habían convenido allí perpetrar una terrible venganza contra sus enemigos, que al parecer, habían sido los culpables del asesinato a balazos de uno de sus panas. Mientras más conversaban, el odio feroz hacía presa de ellos. La brutalidad se apoderaba de sus rostros e inyectaba los ojos de sangre, convirtiéndolos en demoledoras máquinas asesinas.

Esa noche era la oportunidad. Hacía pocos segundos que un servil y rastrero informante les había dicho que los 5 mortales enemigos que querían  quebrar estaban tragando moscas en una fiesta que se llevaba a cabo en el barrio Bella Vista de Valencia. Eso lo decidía todo.

Lamentablemente para  los vengadores , el plan concebido tenía una grave deficiencia. En términos militares, podría decirse que  el servicio de información de inteligencia ¡era una porquería!, y eso les acarrearía graves consecuencias. No se les pasó por la mente que aquella sabandija de ojos legañosos, cuerpo destruido por la piedra y el cerebro seco como un higo, pudiera ser un infiltrado en sus filas.

Sin pérdida de tiempo, se montaron en un carro Aveo y se  lanzaron pa l sitio . Al cruzar el puente  Jacinto Lara , que se eleva sobre el putrefacto y valenciano caño La Yuca que separa Lomas de Funval de Bella Vista (que por cierto de bella vista no tiene un carajo), los tipos bajaron del carro y se dirigieron con paso firme hacia la casa donde se celebraba la fiesta y donde supuestamente estaban sus futuras víctimas  tragando moscas .

Claro que el embasurado y fétido caño La Yuca no era precisamente el río Rubicón que cruzó el emperador Julio César cuando exclamó:  ¡La suerte está echada! , pero igual para ellos tampoco había regreso. ¡De verdad!, era como si la muerte expectante y los buitres en el cielo esperaran el desenlace para hacerse con la carroña.

Desde sus escondites camuflados en la oscuridad, los hombres a los que ellos habían ido a liquidar aguardaban. Salivaban como bestias a punto de caer sobre sus presas. Con el silencio tenso que precede a la tormenta más feroz, los pasos de los cuatro  vengadores resonaban, magnificando el ruido que hacían las suelas sobre el asfalto.

¿Qué se iban a imaginar que caminaban inexorablemente a un acantilado de muerte y que en vez de ser los  cazadores se convertirían en los cazados? Lo que pasó a continuación fue una verdadera masacre. Parecía que podía oírse a todas las almas martirizadas del infierno en lo que aquellos desprevenidos seres cayeron en la celada y comenzaron a gritar.

Se desencadenó una feroz tormenta de balas

La fuerza demoledora de la tormenta de balas fue tan monstruosa que desde todos los ángulos cruzaban de parte a parte a aquellos desdichados y hacían saltar nubes rosas, huesos, jirones de piel y ropa. Sólo dos de ellos, aunque heridos, pudieron romper el cerco y salir corriendo pegando chillidos.

Se internaron por la callejuela  Aroa . Chorreaban sangre y dejaban un rastro macabro. Mientras avanzaban, uno tuvo la desventura de voltear y sufrió la suerte de la mujer de Lot. La diferencia fue que no se volvió estatua de sal, sino que vio venir la cara cruda de la muerte que se le fue encima y lo destrozó a plomazos.

Con más pánico que nunca, el otro desdichado que corría como Speedy González dejaba la silueta perfecta de las suelas marcadas en el asfalto. No se daba cuenta, pero la sangre salía a borbotones de sus heridas, destilaba por el pantalón y llegaba al calzado para dejar semejantes huellas de muerte.

A pesar de su vertiginosa carrera, este superviviente se desplomó justo encima del puente sobre el caño La Yuca. Estaba casi desangrado. Jadeaba, lloraba e imploraba al verse rodeado por los perseguidores. En vez de moverse a compasión, aquellos seres infrahumanos se gozaron la agonía de su enemigo por un buen rato, hasta que finalmente le metieron un certero tiro en la frente. Luego, patearon el cuerpo hasta que se cansaron para después arrojarlo por el borde del puente hasta el putrefacto curso de agua. Así terminó aquel horroroso drama, que aún hoy al pensarlo, me pone la piel de gallina, pues parece salido de una película siniestra de muerte y destrucción. Aun en mis pesadillas, me persigue insistentemente el torbellino de zamuros hambrientos que quería hacer festín con la carne humana.

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