Elogio reticular del libro y sus alrededores

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A la amada dupla doctoral de Pedro Téllez Carrasco y Teresa Pacheco Miranda. 

 

La obra ensayística de Pedro Téllez Pacheco se goza en la consideración sensual, objetual y conceptual del libro. Por supuesto, dista de una apología fetichista de la literatura, pues el oficio de los escritores de raza se sustenta en su vinculación dialógica con las letras que lo anteceden y la vida misma que acarrea sus objetos voluptuosos, manjares y bebidas. Hoy nos corresponde presentar su más reciente colección de ensayos, Elogio en cursiva del Libro de Bolsillo (2014), bajo el sello amigo de Ediciones Protagoni, C.A. de Luis García. Valga mi entusiasmo como lector y comentarista, nos parece que este título no sólo confirma la recapitulación obsesiva de los temas que siempre han ocupado a Pedro Téllez, amén del afilado instrumental de disección crítica y expresiva, sino también la evolución y consolidación de una de las voces más interesantes y comprometidas del momento literario en Venezuela.

El ensayista es entomólogo, bibliotecario y reportero del mundo que lo embarga en sacudidas que colindan entre la revelación poética y el malabarismo intelectual que despotrica de los convencionalismos academicistas. Los trece comensales de la cena del ensayo, paradójicamente, se trasladan a la carnadura de las trece especies animales que se desplazan con suma vivacidad por el jardín que alude, a su vez, al Paraíso y el Infierno del cual nos habló Malcolm Lowry en sus desquiciantes novelas. Las ratas que no leen pero sí orinan, defecan y habitan los bloques de la biblioteca, nos remiten al poema objeto que es el ensayo homónimo de este libro. El culto al libro como objeto y texto cobra suma vitalidad en un discurso harto amoroso: No nos sorprende la inmediatez y la oralidad picante de una conferencia como Biblioteca Personal del Diablo: Su texto vivo, afín a un espíritu sedicioso y charlatán, centra su desnudez en el cambio frenético de la vestimenta, desde el retruécano hasta la sátira y la carnavalización de su discurso: El Diablo se excita con los místicos del Siglo de Oro español, con las traducciones del Cantar de los Cantares de Fray Luis de León, y con la tercera redacción del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y con la Séptima Morada de Santa Teresa. 

No podemos pasar por debajo de la mesa un libro carnal, callejero y desternillante: Conversaciones con Taxistas que complace y se conduele del morbo de todo lector que se precie de serlo y vivirlo. Persiste la mirada entomológica que excede la del psiquiatra y el sociólogo, pues no sólo aprisiona los testimonios contra el papel como coleópteros clavados con chinches, sino clasifica a los taxistas además de incorporar categorías como “taxear” y “ruletear”. Incluso nos podríamos topar con un pastiche que involucra los géneros de la crónica urbana, el cuento breve o la fábula que troca en bestiario envilecido. Se mixtura lo académico con lo popular, no obstante lo que le dice el taxista As a su colega Travis Bickle en el film “Taxi Driver” de Martin Scorsese: No soy Bertrand Russell, tan sólo soy un taxista. El taxista pareciera pues falsificar la voz poética y revulsiva de Juan Calzadilla: A mí no me gusta mujer con perro, porque al perro le encanta lamer cuca. Otro conductor explotado se redime estrellándose contra las grandes tetas de una mujer: ¡esto es una maravilla!  

Otro de los hallazgos notables de este conjunto ensayístico es el fabuloso Mapa Temporal del Ensayo en la Venezuela del Siglo XX. ¿Persiste entonces el tono entomológico  o  epidemiológico? Por fortuna, Téllez construye una cartografía crítica invaluable del género en el país nacional y contemporáneo que, junto al Paisaje del ensayo venezolano (1999) de Oscar Rodríguez Ortiz, han de tenerse en cuenta como aproximaciones que se oponen al clima insulso de las Universidades venezolanas, bonapartistas o no. Coexisten en un sancocho cruzado, diverso y disímil el conservadurismo sociológico de Laureano Vallenilla Lanz, la escritura clasicista de Arturo Uslar Pietri, el egotismo de Rufino Blanco Fombona adosado a su comentarista Ángel Rama, y la heterodoxia marxista de Ludovico Silva, por supuesto, en la multiplicidad factorial de sus afectos y repulsiones en el campo político, cultural y estético. En un futuro, a corto o mediano plazo, nos tocará incluir este magnífico mural ensayístico en un Canon nacional flexible, problematizador y dialéctico.

     He aquí otro salto en la discontinuidad reticular de este elogio al libro en rústica: Amistad y Sabiduría, homenaje que festeja a su padre, el Doctor Téllez Carrasco, y a sus amigos Humberto Giugni, Roman Prypchan y Rafael Carías. La relación con la figura paterna no es para nada kafkiana, por el contrario, nos remite a una visión plena de ternura y de muy buen humor, tal como lo celebran y lo poetizan los cuentos del escritor y dibujante polaco Bruno Schulz [como si ocurriese en la pista humilde y dionisíaca de un circo latinoamericano].  

Leer y revisitar este estupendo libro no es un desangrar del corazón, sino un abrazo fraternal y solidario con el lector de a pie. No nos queda duda, es uno de los mejores libros publicados en los últimos treinta años por los valencianos de San Simeón el estilita, San Desiderio o Rasputín el monje bonchón. Si no lo creen así, sugerimos cruzar y contrastar su lectura con títulos tales como Antología del Decir de Luis Alberto Angulo, La luna no es de pan de horno de Laura Antillano, Acento de Cabalgadura de Enrique Mujica, Círculo Croata de Slavko Zupcic, Matadero de Reynaldo Pérez Só y Última luna en la piel de Orlando Chirinos. Este libro objeto de Pedro Téllez muestra impúdicamente su carnadura, sus coyunturas y cartílagos. No nos interesa, pues, el discurso terrorista de la valencianidad proferido por un ex burgomaestre y sibarita sin alma.

Docente y escritor

e-mail: [email protected]

Blog: www.salmoscompulsivos.blogspot.com

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