¿Es cierto que la riqueza repentina nos vuelve más irracionales?

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El 80% de los ganadores de grandes cantidades en la lotería termina arruinado en un plazo aproximado de 10 años.

[finanzas riqueza monedas]

En 2002, Michael Carroll trabajaba como basurero en Gran Bretaña cuando ganó 10 millones de euros en la lotería. Se los gastó en fiestas, cocaína y coches. Volvió a ser basurero 5 años después.

En 2004, Sharon Tirabassi, una madre soltera y trabajadora canadiense, ganó 7 millones de euros. Gastó su premio en una casa, coches de lujo, ropa de diseñador, fiestas y préstamos a familia y amigos. Ahora viaja en autobús y vive alquilada.

Estas historias son sólo dos ejemplos. Podrían ser muchos más ya que, según algunos estudios, casi el 80% de los nuevos millonarios que ganan la lotería ha gastado todo antes de 10 años. En EE.UU. es aún peor, pues un75%  de los premiados lo hace antes de 5 años.

Es fácil pensar que, si nos tocase la lotería, nosotros no actuaríamos así. Que no malgastaríamos el dinero. Pero, detrás de estas actitudes derrochadoras puede existir, en parte, una razón biológica. Según diversos estudios científicos que han analizado cómo cambia nuestro comportamiento cuando nuestra situación económica mejora de forma repentina, el dinero nos vuelve más irracionales.

Sentimiento de superioridad

El dinero nos puede convertir en idiotas. De forma consciente o inconsciente, nuestras habilidades sociales se disipan cuando pensamos en grandes sumas de dinero y en una vida ostentosa.

En 2012, Paul Piff, un investigador de la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, publicó los resultados de un estudio en el que concluía que el dinero reduce la empatía que sentimos por los demás y nos hace menos propensos a ayudar a otras personas.

En el experimento, sentaron a dos personas a jugar al “Monopoly”. Uno de los jugadores no tenía ninguna posibilidad de ganar ya que los investigadores habían cambiado las reglas a favor del otro. Al ganador se le daban dos turnos por cada uno del perdedor, recaudaba el doble de dinero por las mismas jugadas y se hacía mucho más rico.

Al principio, el ganador se sentía incómodo con la desigualdad pero conforme más dinero acumulaba, el malestar iba desapareciendo, la codicia iba ganando terreno y empezaba a burlarse del perdedor, a calcular fríamente cada jugada y a actuar despiadadamente frente al adversario.

Mal comportamiento

El dinero también nubla nuestro juicio moral. Un estudio reciente reveló que sólo pensar en él nos conduce a actuar peor. Investigadores de la Universidad de Harvard y de la Escuela de Negocios Eccles David demostraron que las personas son más propensas a mentir y a tomar decisiones inmorales después de haber sido expuestos a palabras relacionadas con el dinero.

Cuando una persona es “estimulada” con términos económicos es más probable que sus intenciones y comportamientos sean poco éticos porque su cerebro empieza a pensar en términos de coste-beneficio y a perseguir los propios intereses en detrimento de la moral.

Hace dos años, investigadores de la Universidad de California en Berkeley demostraron que las personas que conducen vehículos caros son cuatro veces más propensas a obstaculizar a los conductores de vehículos de clase inferior haciendo caso omiso de las señales de preferencia en un cruce.

Una adicción

Aunque pueda resultar contradictorio, cuanto más dinero se tiene más obsesionado se está por él. Según la psicóloga Tyan Dayton, el dinero provoca una adicción parecida a la de determinadas sustancias químicas: la vida de un millonario se estructura cada vez más en torno al uso y abuso de “su sustancia”.

Existe una área de estudio llamada economía del comportamiento que se dedica a analizar los efectos que factores psicológicos, sociales y emocionales tienen sobre las decisiones de las personas. La “fundaron” a finales de la década de los 70 los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky.

Economistas clásicos como Adam Smith afirmaban que las personas tomamos decisiones en función de diversos factores, pero siempre en busca de nuestro bienestar personal. En el año 2002, Kahneman ganó el Premio Nobel de Economía por mostrar cómo el dinero puede inducir a las personas a pensar de forma emocional, dando lugar a errores terribles de juicio y toma de decisiones.

Kahneman observó que las personas respondemos de manera muy diferente a las pérdidas que a las ganancias. La sensación de dolor que nos genera una pérdida es mayor que el placer que nos provoca una ganancia. Incluso llegó a cuantificarlo. Para compensar el sentimiento que nos genera perder 100 euros, debemos ganar más de 200 euros. Los economistas conductuales bautizaron este fenómeno como “aversión a la pérdida” y se ha visto que está muy arraigado en nuestro cerebro.

El dinero en tu cerebro

Este comportamiento hacia el dinero está “codificado” en la amígdala, una parte del cerebro que registra las reacciones emocionales rápidas. En 2010, un estudio de la Universidad de Duke demostró que los pacientes con una rara enfermedad genética en la que se altera la amígdala no tenían ninguna aversión a perder dinero en comparación a un grupo control de personas sanas. El hallazgo evidencia que la amígdala es crítica para activar comportamientos de precaución cuando hacemos apuestas que podemos perder.

También se ha visto que ganar dinero activa el circuito cerebral de placer-recompensa aunque no directamente. El dinero es lo que los psicólogos conocen como una recompensa secundaria. La comida, los coches, los iPhone etc. son recompensas primarias.

Visto así, parecería que no es muy conveniente que nos toque la lotería pero también hay investigaciones que destacan aspectos positivos de tener mucho dinero.

En 2011 la psicóloga Elisabeth W. Dunn publicó un artículo titulado “Si el dinero no te hace feliz probablemente no lo estés gastando bien” donde ofrecía algunos consejos para disfrutar mejor del dinero:

Compra más experiencias y menos bienes materiales.
Ayuda a otros en lugar de beneficiarte sólo tú.
Es preferible muchos caprichos pequeños que pocos y muy costosos.
Retrasa el consumo. Evita los grandes gastos repentinos.
Compara precios antes de comprar.
Antes de comprar analiza cómo afectará ese gasto a tu vida diaria.
Presta atención a los cambios que ese dinero está realizando en tu entorno, tu familia y tus amigos.

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