Estribillo Matancero

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Estribillo matancero

La distorsión forma parte de lo que creemos ver. En medio de toda esta masa energética que se mueve, con el poder directriz que le concede el universo, prefiero al hombre sencillo que sabe que su oficio es hacer todos los días, por humilde que éste sea, su labor; y, ésta, no es otra, que trabajar, velar por su familia y si acaso dormir las pocas horas que le ofrece la noche, para, de nuevo, levantarse temprano, continuar la rueda que gira, el samsara, o como quiera que otros lo llamen.

De allí que sienta la sincera anormalidad que reina en estos días, en los que todo parece al revés, nada está como todos desearíamos y es básicamente porque aquí milita, un extraño tejido, donde no vive nada, pero desde intentan hacernos creer que existe.

El espejo es una realidad virtual. También lo es nuestra mente, nuestros deseos y los masivos medios de comunicación, ahora, poseídos por la real y extraña sensación de no ser parte de nosotros. Porque nunca lo han sido aun cuando hayan intentado serlo.

¿Todavía los seres humanos creen que podrán engañar a los otros? Ese es el juego diario de muchos, el eterno sobrevivir de otros muchos tantos.

Por ello confío más en el hombre que apenas enciende el televisor para hallar esos programas en los que se aleja por un rato de su realidad más próxima, el trabajo, alguna preocupación económica o de salud. El hombre que pasa anónimo por la vida sin el ruido de las muy temerarias exhortaciones que se lanzan en la siniestra vorágine comunicacional, que aunque goza de rostros sensatos, tiene lo más tendencioso y peligroso que tiene el mundo actual: el perder tiempo en todo esta vacuidad, en todo este monótono vacío, que hace que la rueda gire y gire, en la imperfecta faz, de que esto casi no sirve para nada; como, en forma muy particular, hemos sentido todos los venezolanos.

Sin ver y sin enterarse lo que a cada rato se bombardea por los medios yo veo a José o Josefina (por decir dos nombres) abrir los ojos temprano e ir  a ocuparse de un oficio que se llame trabajo, ocupación u arte.

Veo que atiende sus pequeños animales, les consigue comida diaria, sale una, dos y hasta diez veces hacia todos sus destinos: Regresa y aún le da tiempo para bromear con sus seres queridos y conquistar todo lo que necesita. Quizás no acariciará lo suficiente o no tendrá todo lo que desea porque el deseo también puede estar abolido de su realidad virtual, pero él hace todo lo posible porque sus días tengan el vaivén de la creatividad más espaciosa.

Y aunque no lo crean, ese hombre tiene una vaca, a la que llama Lucero, a la que lleva diariamente de un lugar a otro, para que pueda comer y beber agua. Lo siguen tres perros que son capaces de detectar  cualquier tipo de culebra, desde las más dóciles como las anacondas como las peligrosas. Nada lo detiene.

Todos los seres humanos deberían decir lo que él me repite, desde su alma: No hay nada en la tierra que a mí me quite las ganas de vivir.

Pasó por muchas cosas, por muchas pérdidas, por muchos fracasos; tristezas y alegrías. No es que esté conforme, es que sabe que la lucha diaria es su mejor aliada, para vencer todo lo que sueña.

El sueño es simple, nada presuntuoso. Tampoco lo podrá explicar. Sabe que está allí, alcanzable; muy cerca de sus brazos.

No ha destruido por hobbies, no ha asesinado, no ha robado. Se fue de su casa a los doce años porque no aguantaba los palos que le daba su padre y de ahí en adelante sus poros huelen al incienso del mundo.

Pese a las duras pruebas de la vida no acumuló odios ni rencores.

Fuma unos tres tabacos al día que lo relajan.

Sus manos están cansadas y así veo también a su cuerpo, hermoso. Es un hombre no muy alto, curtido por la piel, con una sonrisa que ya quisieran los medios tener, para hacernos creer que nos pertenecen.

La mentira virtual distrae tanto que hay que hacer ejercicios diarios para no quedar atrapados en el inocuo poder que intenta persuadir a todos de las que cosas que no son como ellos dicen que son. Como un estribillo matancero.

Ante los desafíos, las respuestas humanas son maravillosas.

Por eso es que frente a la energía circundante, real y virtual, que pretenda hacernos ver, exactamente lo que sabemos no existe y mucho menos queremos la respuesta es la sabiduría de mantenernos en el centro, donde pasta la serenidad y la cordura. Allí no hay desviación posible de los objetivos de ser lo que vinimos a ser. 

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