La muerte del fotógrafo venezolano Luis Brito

Want create site? Find Free WordPress Themes and plugins.

Caracas, 01 marzo 2015.- “Este país es la muerte de sus creadores”. La última vez que lo entrevisté, en noviembre de 2013, Luis trajo a su memoria esa frase que le había dicho Aldemaro Romero, una vez, mientras él lo retrataba. Se refería Romero a ese país que, por intereses o por envidias, le había negado por años el Premio Nacional de Música. Luis recordaba esas palabras que le hacían verse en un espejo: el fotógrafo, uno de los más grandes de Venezuela y Latinoamérica, miraba hacia atrás y se daba cuenta de que su obra no formaba parte de ninguna de las colecciones de los museos venezolanos.

No estar representado en su propio país —no por ambición de reconocimiento, que no le hacía falta a su extrema humildad, sino por amor a su país— era una herida profunda en su corazón. Caer en cuenta le hizo tomar una decisión: donar su obra a museos de cualquiera de los tres países que más amaba, después de Venezuela, claro: España, Italia o Colombia.

Así, por intermedio de una amiga común, la fotógrafa venezolana Beatriz Grau, hizo el contacto con María Elvira Ardila, curadora del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBo) y donó 90 obras. Ardila conocía a Brito como uno de los fotógrafos latinoamericanos importantes, e inmediatamente aceptó la donación.

Cuando hablé con la curadora me contó que el día que recibió las obras, quedó impactada: “Me emocioné con cada una de las series”. Luego de la conmoción, decidió que esas 90 obras, ahora parte de la colección, no debían ir a las bóvedas sin antes ser mostradas al público. “Luis Brito en un comienzo no pensó que íbamos a hacer la exposición. Él solo quería dejar legado en un sitio seguro”.

Su exposición, Fotografías. Donación a la colección, un recorrido por tres de sus más emblemáticas series, coincidió felizmente con la celebración de los 50 años del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Ardila me dijo algunas bellas palabras sobre Luis: “Brito es de los artistas íntegros, honestos, generoso con el público. Y, además, técnicamente sorprendente”. Ella estaba feliz de que la obra de Brito formara parte del MAMBo.

En esos días que estuvo en Bogotá, hizo amigos nuevos. No había quien no se rindiera ante su bondad, su sencillez, su simpatía. Todos quedaron enamorados de él. Sin reservas. Así era ese hombre.

Conocí a Luis Brito antes de conocerlo. Lo vi muchas veces en la Escuela de Nelson Garrido. Lo entrevisté una vez, luego otra y otra. Lo visité en la clínica, en uno de esos sobresaltos de salud. Nos vimos en las exposiciones, en los bautizos de libros, en charlas, en reuniones, en marchas. Comimos arepas de chicharrón en Los Ilustres. Pero no conocí a Luis Brito hasta ese mayo de 2011 que coincidimos en Roma. Le ofrecí una habitación en el apartamento donde yo vivía. Fue lo mejor que pudo pasar. Pasamos juntos una semana maravillosa: me mostró la ciudad donde vivió por ocho años, me llevó a ver el Moisés de Michelangelo, fuimos a tomar fotos a las puertas de Via Cavour, arrancó hojas de laurel –esas que usaban los emperadores romanos- de arbustos vecinos al Coliseo y después las usó para hacer unas caraotas memorables; visitamos la tumba de un amigo y en el cementerio tomamos fotos de ángeles caídos de un cielo inmensamente azul, a lo Eleanor Rigby; comimos pizza al taglio, fuimos al mercado de Portaportese con Leomary (su sobrina y luego amiga), bebimos Peroni, viajamos a Umbria, a un apiario, con uno de sus amigos; fuimos a Trastevere, y nos detuvimos en el edificio donde vivió, en el justo momento en que caía, a centímetros de él, un matero. Aquella mata que casi lo mata fue para él una señal, un revuelo del destino que reconocía su presencia luego de tanto tiempo. Visitamos a sus amigos, quienes lo adoraban con un fervor que pocas veces he visto, lo vi llorar de emoción en esos abrazos que él daba como si no hubiera mañana, lo vi convertir escenas de la realidad en obras de arte, lo vi hacer fotos con una cámara portátil, mínima: lo vi hacer magia.

Me contó por qué había empezado esa serie que luego tituló ¿Recuerdas a Eleanor Rigby? Fue el día que se enteró del asesinato a John Lennon. Estaba en el Cairo y, con la noticia, que sentía tan pesada como la muerte de un familiar, se fue al cementerio. “Miré al cielo y un ángel estaba atravesado en una construcción”, me dijo. Entonces allí, con ese duelo, nació la imagen primigenia de los cielos azules como fondo de los ángeles. Luego vinieron los ángeles en cementerios de varias ciudades.

Me mostró la serie que le había hecho al actor, coreógrafo y bailarín inglés, Lindsay Kemp. Y me contó la historia detrás de esas fotos en el camerino: Luis lo había retratado y tiempo después, en una visita de Kemp durante un Festival de Teatro de Caracas, preguntó por Brito que en ese momento estaba viviendo en Roma. Cuando fue a Roma lo contactó para pedirle que le tomara las fotos de su presentación. Así lo hizo. Lindsay Kemp escogió 57 fotos entre diapositivas y blanco y negro que le había tomado Brito. Cuando le quiso pagar, Luis no aceptó. “Yo no sirvo para que me estén pagando. A cambio le pedí algo más valioso: que me dejara entrar al camerino”. El resultado, es esta maravillosa serie de retratos donde se le ve transformarse, cambiar, maquillarse, ser otro: Una noche en el camerino.

Hoy nos levantamos con esta terrible noticia. Y yo he vuelto a ver sus fotos, las que me regaló, la de los paseos juntos, he vuelto a leer sus correos, sus chat, las entrevistas que le hice. Y no puedo dejar de pensar en esa frase: “Este país es la muerte de sus creadores”. Esa vez me preguntó, triste, “¿Dónde están la plaza Armando Reverón, Jacinto Convit o la Autopista Jesús Soto? Parece que los civiles no existen para este país”.

Su obra, tan luminosa como su alma, sobrevivirá a los desatinos de un país que parece indiferente.

Did you find apk for android? You can find new Free Android Games and apps.
Compartir